El 24 de febrero de 1899, una multitud estimada en 150,000 habaneros se volcó a las calles para recibir a las tropas del Ejército Libertador que entraban en la capital. Era la culminación simbólica de una guerra de independencia, pero también el preludio de un desafío aún mayor para esos miles de hombres: el de convertirse, de la noche a la mañana, de soldados en ciudadanos. La disolución del ejército mambí, decretada ese mismo año, no fue un simple trámite administrativo, sino "el gran objetivo de los Estados Unidos", como señala la historiografía, y marcó el inicio de un complejo y a menudo doloroso proceso de reinserción que definiría los primeros años de la República en La Habana.
El licenciamiento y la frágil economía del veterano
Con la guerra terminada, la prioridad del gobierno interventor estadounidense fue desmovilizar la fuerza militar cubana. Entre 1899 y 1903 se llevó a cabo el licenciamiento y el pago de los haberes de guerra. Inicialmente, la vida de los mambises fue "difícil y angustiosa". Para paliar la emergencia, se estableció una paga temporal de 75 pesos mensuales, proveniente de un fondo de tres millones de pesos otorgado por el presidente McKinley. Sin embargo, esta ayuda era insuficiente y temporal, dejando a muchos veteranos a merced de especuladores y prestamistas. La imagen del veterano heroico pero empobrecido comenzó a calar en el imaginario social, aunque investigaciones recientes, como la de Elizabeth López Mir, matizan esta visión, señalando que el pago final de los haberes en 1903 permitió a muchos oficiales invertir en política, economía y ocupar un lugar en la sociedad de la naciente república.
No obstante, para el veterano común, especialmente el soldado raso que llegaba a una Habana en plena transición, el panorama era de incertidumbre. La capital, centro del nuevo poder, atraía a miles de excombatientes en busca de oportunidades laborales y del reconocimiento prometido. Se encontraban con una ciudad donde las estructuras coloniales se mezclaban con los intereses económicos norteamericanos, y donde el acceso a un empleo estable o a un puesto en la administración pública era una lucha cuesta arriba. La promesa de la República chocaba con la realidad de una reinserción socioeconómica precaria.
La brecha entre el sacrificio y el poder: el manifiesto de 1911
La frustración no tardó en cristalizar. Muchos veteranos observaron con amargura cómo, en "aquella República de Generales y Doctores", una parte significativa de los cargos públicos era ocupada por cubanos que habían sido enemigos de la independencia, los llamados "espías", "movilizados" y "guerrilleros" que combatieron bajo bandera española. Esta percepción de que la traición era recompensada mientras el mérito patriótico era ignorado alcanzó un punto de ebullición.
El 28 de octubre de 1911, el Consejo Nacional de Veteranos, presidido por el General Emilio Núñez Rodríguez —el mismo que había izado la bandera cubana en el Morro el 20 de mayo de 1902—, publicó un contundente manifiesto dirigido "Al Pueblo de Cuba". En él, los veteranos declaraban: "Basta ya de monstruosa tolerancia" y exigían la destitución de todos aquellos que hubieran combatido contra la patria de los cargos públicos. Argumentaban con vehemencia: "¿Cuándo, en qué país, ni con qué pretexto de igualdad, se ha visto premiada la traición contra la Patria?". El manifiesto era claro al afirmar que no pedían venganza, sino justicia: "Nada pedimos para los Veteranos, aunque la miseria hiera muchos hogares; sólo queremos que a los desleales sustituyan en los cargos públicos los cubanos que amaron a Cuba".
Este documento, firmado por algunas de las figuras más gloriosas de la gesta independentista, como los generales Enrique Loynaz del Castillo y Agustín Cebreco, o el coronel Cosme de la Torriente, no era solo una queja; era la evidencia de que los veteranos se habían organizado como un grupo de presión político con una voz colectiva poderosa. Finalmente, la presión surtió efecto y el presidente José Miguel Gómez aprobó un proyecto de ley para cesar a estos funcionarios.
El Consejo Nacional de Veteranos: el hogar institucional de la memoria
En este proceso, la sede del Consejo Nacional de Veteranos en La Habana se convirtió en el epicentro de esta lucha y en el símbolo de la identidad mambisa en la República. Desde su edificio en la Avenida de Bélgica, esta institución no solo gestionaba reclamos, sino que custodiaba la memoria y el honor. Otorgaba la Orden Nacional al Mérito Mambí, velaba por el reconocimiento de los veteranos y sus familias, e incluso tenía su propio panteón en el cementerio de Colón, donde rendía honores a los que partían, como a la heroína pinareña Adela Azcuy en 1914.
El Consejo fue el núcleo desde el cual los veteranos pasaron de ser individuos dispersos a una comunidad con agencia política. Su lucha logró que en 1946 se instaurara por ley el "Día del Veterano", celebrado por primera vez en 1954. Este proceso de institucionalización fue clave para su reinserción simbólica: ya no eran solo exsoldados buscando trabajo, sino los "libertadores", un estatus oficial reconocido por el Estado que otorgaba un lugar, aunque a veces más honorífico que práctico, en el nuevo orden nacional.
Conclusión: un legado de lucha más allá del campo de batalla
La reinserción de los veteranos del Ejército Libertador en La Habana entre 1898 y 1910 fue un capítulo fundacional de la República. Tras el júbilo inicial, enfrentaron la dura transición de la vida castrense a la civil, lidiando con la precariedad económica y la desilusión política. Sin embargo, lejos de desaparecer en el anonimato, se organizaron. A través del Consejo Nacional de Veteranos, transformaron su capital moral, ganado en la manigua, en una fuerza cívica que exigió y obtuvo cambios concretos, enfrentándose a lo que consideraban una distorsión de los valores por los que habían combatido.
Su historia no termina con el último disparo de 1898, sino que continúa en las calles de La Habana, en los debates políticos y en la defensa de una república que debía ser, en sus propias palabras, "con todos y para el bien de todos", pero jamás dirigida por quienes habían sido sus enemigos. El regreso a casa fue, en definitiva, una segunda batalla: la de asegurar que el sacrificio de la guerra independentista tuviera un verdadero correlato en la construcción de la nación cubana. Una batalla que libraron no con machetes, sino con manifiestos, organización y una inquebrantable reivindicación de justicia.
Por Gina Picart
SST JCDT