La Escuela de Artes y Oficios


Los proyectos más sofisticados pueden nacer en los lugares más increíbles. En una cocina, entre los olores residuales de comidas pasadas, comenzó a cocinarse el futuro técnico de Cuba. 

No es una metáfora. En 1882, la primera aula de la Escuela de Artes y Oficios de La Habana se instaló, de forma literal y provisional, en la cocina del edificio de la Diputación Provincial, en la esquina de Empedrado y Aguiar. Este humilde y simbólico inicio resume el espíritu de un proyecto que nació no de un decreto real, sino del sueño práctico de un grupo de hombres que vieron en la educación de las manos la llave maestra para la dignidad y el progreso.

Los nombres de estos fundadores deberían estar grabados en algo más durable que el papel: Fernando Aguado y Rico, licenciado en Ciencias Exactas y primer director; el naturalista Carlos de la Torre; el escultor Fidel Miró y Soler. Solo quienes conocen algo sobre estos fundadores comprenderán el altruismo con que concibieron su proyecto. Si por razones de espacio solo habláramos de Carlos de La Torre y Huerta, ya estaríamos mencionando una de las más grandes figuras científicas de la Historia de Cuba. 

Unidos por un mismo ideal de fe en la evolución de la isla, estos hombres se juntaron para redactar un reglamento con una premisa revolucionaria para la Cuba colonial de 1882: la enseñanza sería "completamente gratuita", haciéndola así "accesible a todas las clases". Su alumnado objetivo lo dejaba claro: hijos de obreros, de esclavos o libertos, y una minoría de la pequeña burguesía. No formaban caballeros; formaban ciudadanos útiles.

El plan de estudios fue una innovación absoluta. Por las mañanas, teoría: Aritmética, Geometría, Dibujo Lineal y Topográfico, Física y Mecánica aplicadas. Por las tardes, la teoría bajaba al taller y se hacía materia en las manos: Carpintería, Ebanistería, Herrería, Cerrajería artística, Fundición. No era un aprendizaje gremial; era la creación del primer "técnico medio" cubano, un profesional que comprendía la ciencia detrás de su oficio.

Pero un sueño de esa envergadura necesitaba un templo acorde. Pronto, la escuela abandonó la cocina de la Diputación para ocupar el primer edificio en la isla construido expresamente para la enseñanza técnica industrial, en Belascoaín entre Sitios y Maloja. Su estructura interna de hierro fue un alarde modernista, un mensaje en sí mismo: allí se enseñaba el mundo nuevo.

La prensa de la época pronto elogió su "material científico" y el talento de sus alumnos. Sin embargo, al fundarse la República en 1902, estos jóvenes egresados se encontraron con un país que necesitaba sus habilidades, pero una élite que miraba con desdén sus títulos. La tensión entre el taller y la academia, entre el hacer y el teorizar, estaba a punto de estallar y marcaría el destino de la escuela en su segunda vida.

Con la República naciente, la Escuela de Artes y Oficios dejó de ser un proyecto para convertirse en un pilar. Sus egresados fueron los técnicos que mantuvieron en marcha los ferrocarriles, los que levantaron los primeros edificios de concreto, los que forjaron los elaborados herrajes de las mansiones eclécticas del Vedado. Eran, en silencio, la columna vertebral material del nuevo país. Pero en 1915, un terremoto social sacudió los cimientos de la escuela: la creación de la Escuela de Arquitectura en la Universidad de La Habana.

De pronto, el desprecio de la burguesía hacia la formación "manual" se institucionalizó. Los arquitectos universitarios veían a los maestros de obras y albañiles formados en Artes y Oficios como competencia inferior. Este conflicto de clases, disfrazado de debate académico, llevó al gobierno a restarle apoyo a la escuela técnica. La respuesta del alumnado fue una muestra ejemplar de orgullo y unión: en 1918 fundaron la Federación de Alumnos y en 1927 crearon el "Artes y Oficios Sport Club", un espacio privado de resistencia y camaradería.

La lucha por el reconocimiento fue épica. En 1928, la escuela fue elevada a "Superior" y en su plan de estudios de 1929 ya figuraban los títulos de Técnico y de Ingeniero Industrial. Sin embargo, la presión de la Universidad y la Asociación Cubana de Ingenieros fue un muro infranqueable: nunca se le permitió otorgar el título de Ingeniero. Era la derrota de un ideal: la Cuba republicana, en su jerarquía social, no estaba lista para darle a un hijo de obrero el mismo estatus que a un universitario de clase alta.

El olvido fue llegando. El edificio original de la Diputación en Empedrado y Aguiar, aquella cocina donde todo empezó, fue demolido en abril de 1953, como borrando el origen. La Revolución de 1959 revisó el modelo y la escuela cerró brevemente en los 60, para renacer adaptada a los nuevos tiempos.

Hoy, en el mismo solar del edificio de Belascoaín, funciona el Instituto Politécnico de Informática "Fernando Aguado y Rico" (IPIFAR). Donde una vez sonaron martillos sobre yunque, ahora se escucha el teclear de computadoras. El espíritu, sin embargo, persiste: educación técnica pública y de calidad para los que se hacen a sí mismos con el esfuerzo de sus manos y su inteligencia. Y en el corazón de La Habana Vieja, la Escuela Taller "Gaspar Melchor de Jovellanos", fundada en 1992, mantiene viva la llama de los oficios tradicionales, restaurando el patrimonio con las mismas técnicas que se enseñaron un siglo atrás.

La Escuela de Artes y Oficios fue el sueño de una Cuba práctica, útil e integradora que chocó contra los muros de la jerarquía social. Su historia es la de un país que pudo ser y no fue, pero cuyo legado material –en el hierro de un balcón, en la madera de una puerta– y humano, sigue en pie, desafiando al tiempo. 

Por Gina Picart 

SST JCDT 

Publicar un comentario

Gracias por participar

Artículo Anterior Artículo Siguiente