El rostro como lienzo de belleza en La Habana colonial


En el esplendor de la Cuba colonial, la elegancia no era un simple adorno, sino un lenguaje. Para las mujeres criollas de los siglos XVIII y XIX, el maquillaje era un complejo ritual que hablaba de posición social, de modas importadas y de ingenio local, un puente entre el rigor de la metrópoli y la exuberancia caribeña. Este artefacto de belleza, sin embargo, estaba sujeto a los vaivenes de la moda. Hasta alrededor de 1830, pintarse el rostro era una práctica habitual y visible. 

Con la llegada del Romanticismo, que ensalzaba la palidez etérea y la melancolía, muchas mujeres optaron por una apariencia más natural, aunque esto solo significó el perfeccionamiento de técnicas para lograr esa "ausencia" de color de manera artificial, ya que sabemos por muchos cronistas y viajeros que un leve tinte oliváceo era muy común en la piel de las criollas, no solo entre las mujeres de clases inferiores, sino también en las damas de la alta sociedad, lo cual tiene su explicación y no es solo por el sol del trópico, pero no es tema para este artículo. La palidez se convirtió en el lienzo más deseado, y para lograrla se recurría a productos que, hoy sabemos, eran peligrosos.

Este blanqueamiento, que en otras etapas y culturas se lograba básicamente con el uso del albayalde o blanco de plomo, no me consta que fuera el más usado por las criollas habaneras, porque es sabido las terribles lesiones que causa en la piel, además de síntomas orgánicos internos por envenenamiento debido a su altísima toxicidad -y como ejemplo baste mencionar a Isabel I de Inglaterra-, efectos sobre los que no he encontrado información en crónicas de La Habana colonial, tal vez porque la ciencia de entonces no podía relacionarlos con esos cosméticos. 

También resulta significativo otro aspecto de la preocupación de las criollas por su apariencia: su tendencia bastante común a las ojeras, así que cubrirlas fue una especie de orden silenciosa hasta 1830, cuando la tisis que recorrió Europa durante el romanticismo, más las novelas escritas en ese período, pusieron de moda la palidez ca- davérica y esas medias lunas de sombra bajo los párpados que, antes y después de esas décadas de suspiros, suicidios y muertes por amor, las mujeres siempre han combatido con ahínco.

Para añadir un toque de vida a las mejillas y los labios, se usaba el bermellón o cinabrio, un vibrante rojo extraído del sulfuro de mercurio, tan venenoso como el albayalde, y sirva de recordatorio que ambas sustancias fueron muy usadas en los scriptoria de abadías y monasterios medievales, donde trabajaban los monjes iluminadores de manuscritos, quienes sufrían a menudo por su causa de horrendas lesiones y enfermedades letales. 

Pero no todos los productos eran tan dañinos. El más popular y extendido entre todas las clases sociales era la cascarilla de huevo. Este polvo blanco, obtenido de moler finamente las cáscaras, era mucho más inocuo y accesible. Se usaba para empolvar no solo el rostro, sino también el escote y los hombros, otorgando una apariencia mate y pálida sin el peligro del plomo. También se utilizaban con profusión los polvos de arroz.

El cuidado de la piel era fundamental para sostener este arte del maquillaje. Aquí es donde entra en escena el cold cream, un producto cuya historia demuestra la sofisticación y antigüedad de estos rituales. Contrario a la creencia popular de que es una invención del siglo XX, el cold cream fue formulado por primera vez por el médico griego Galeno en el siglo II d.C. Su nombre en francés, "cerat de Galien", rinde homenaje a su creador.

Esta emulsión de agua de rosas, cera de abejas y aceite de almendras u oliva se usaba para limpiar e hidratar la piel, eliminando con suavidad las capas de maquillaje y protegiendo el cutis. En la Cuba colonial, este preparado era común en farmacias y recetarios domésticos, y su producción industrial y masificación a través de marcas como Pond's llegaría justo a finales del siglo XIX, consolidando un legado milenario.

Para las grandes ocasiones, como los saraos en las casonas habaneras o las funciones en el Teatro Tacón, las criollas recurrían a productos más elaborados y exclusivos. La estrella de estos eventos era la misteriosa pasta de rosas, un cosmético multitarea para dar color a labios y mejillas. 

Esta pasta era una maravilla de la cosmética artesanal. Su base la constituían emolientes como la manteca de cerdo, la cera de abejas o aceites vegetales, que aportaban textura untuosa. El color, un delicado rosa o un rojo suave, provenía de pigmentos naturales: el jugo concentrado de remolacha, el vino tinto, el almagre (un óxido de hierro terroso) o, en las versiones más lujosas, la cochinilla, un insecto del que se extrae un potente carmín. El toque distintivo, y lo que le daba nombre, era el aroma: pétalos de rosa triturados o macerados en el aceite base, o unas gotas de preciada agua o aceite esencial de rosas. Se aplicaba cuidadosamente con los dedos o un pincel pequeño. No se conservaba mucho tiempo, por lo que se preparaba en pequeñas cantidades.

El universo de la cosmética colonial se completaba con una variedad de productos que muestran una preocupación integral por la apariencia. Las aguas de Colonia, los perfumes en forma de pomadas (con aromas como "Tubereuse" o "Jaunquille"), y los aceites perfumados completaban el ritual de nuestras bellas. Con manteca de cacao, cera de abeja y esencias de jazmín, rosa, ilán-ilán o azahar, los farmacéuticos del patio, las esclavas domésticas y las simples mujeres del pueblo elaboraban ungüentos que suavizaban la piel y dejaban un aroma delicado. 

En las boticas de La Habana del siglo XIX no solo se vendían productos cosméticos importados preferiblemente de París, sino también oreos de origen nacional. En la elaboración de estos últimos se usaban procedimientos e instrumentos alquímicos, como la destilación y el alambique, que aún pueden verse en el Museo de la Perfumería del Casco Histórico y en la perfumería Habana 1791.

Oler bien era imprescindible por los extremos del clima cubano, pero en ese entonces los perfumes no contenían fijador, y entre el calor y el sudor se evaporaban rápidamente. Las criollas idearon un modo de conservarlos durante más tiempo, por el simple procedimiento de usar aretes en forma de esferas que se abrían por la mitad y contenían espumitas o algodones embebidos en el aroma preferido por su dueña, que ella podía renovar siempre que deseara, ayudándose con un diminuto perfumador llevado en su pequeña bolsa de seda o colgando coquetamente de una cadena o de una pulsera. 

Para que el perfume se expandiera y las rodeara como un halo, simplemente aginaban la cabeza un par de veces, como si se rieran o les molestara el viento, y ya quedaban los pretendientes seducidos por tan sutil maniobra.

Para el cabello se usaba la mixtión de Mompelas, un tinte capilar comercial representativo de la creciente industria de la belleza del siglo XIX y cuya fórmula exacta no he logrado encontrar, y para conseguir los rizos y bucles tan de moda en la época se recurría a menudo a la baba de guásima, que tenía un efecto similar a la laca usada en las peluquerías del siglo XX. Para los dientes, polvos blanqueadores a menudo abrasivos. Las pomadas, como la de grasa de avestruz o la famosa "de Perkins", se utilizaban como tratamientos hidratantes nocturnos o para suavizar la piel.

Los rituales de belleza estaban profundamente marcados por la estratificación social. Mientras las damas de la alta burguesía y la aristocracia acudían a lujosas tiendas como La Elegancia Habanera o El Neceser en la calle O'Reilly para adquirir sus importaciones europeas, las mujeres de clases menos privilegiadas debían conformarse con versiones locales más sencillas o recurrir al conocimiento ancestral y a los recursos a su alcance. Se calcula que, a mediados del siglo XIX, existían en La Habana alrededor de dos mil establecimientos dedicados a la venta de cosméticos y perfumes, una cifra que revela la inmensa importancia económica y cultural de este sector.

El legado del maquillaje colonial cubano revela un fascinante sincretismo donde se mezclaban las fórmulas antiguas, como el cold cream de Galeno, con los pigmentos del Nuevo Mundo y el ingenio local para crear una cultura de belleza única. Fue el preludio de la explosión comercial del siglo XX, pero con la huella íntima y artesanal de un mundo donde la elegancia se mezclaba en morteros y se guardaba en pequeños frascos de cristal.

Por Gina Picart 

SST JCDT 

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