En un campamento apartado de la abrupta Sierra Maestra, donde las palmas se confunden con la niebla y los caminos se pierden sin dejar huellas, Carlos Manuel de Céspedes abrazó sus últimos días con la misma serenidad y estoicismo con que había proclamado la libertad de Cuba.
Para comprender la magnitud de su ecuanimidad, es preciso
despojarlo de la rigidez del bronce y ver al hombre de carne y hueso que lo
habitaba.
Precisamente, desde esa humanidad compleja, hecha de
convicciones profundas y también de pasiones terrenales, es que Céspedes, con
su aguda inteligencia, comenzó a vislumbrar las tormentas que se gestaban en su
contra.
Allí, en la soledad, escribiría: «Manifesté mi deseo de ver
pronto confirmar a mis esperanzas de que las circunstancias me permitan
abandonar este puesto que me han confiado por su benevolencia y que no quiero
permanecer, sino mientras sea útil o la voluntad del pueblo así lo disponga.
«Me temo que la ambición se ha despertado en el corazón de
los cubanos y que de ella proviene el germen de la discordia, que ha de
hundirnos en la ruina y el descrédito».
Con lucidez, ya advertía las maquinaciones: «quizás ahora
mismo la Cámara está tomando acuerdos en mi contra». Era la premonición de un
estadista que veía cómo las rivalidades empezaban a fracturar la unidad
revolucionaria.
Esos presagios se cumplirían el 27 de octubre de 1873, en
Bijagual, cerca de Jiguaní, cuando la Cámara de Representantes de la República
en Armas decidió destituirlo de su cargo de Presidente. Las tensiones, las
rivalidades y la desconfianza habían herido de muerte a la causa. Algunos lo
acusaban de ejercer su autoridad con demasiado rigor. Otros, simplemente
envidiaban ese señorío fundador que lo caracterizó.
El día siguiente confirma que esperaba tranquilamente su
deposición y que él, «obediente a la Constitución y las leyes, no sería causa
de que se derramara sangre cubana».
Céspedes escuchó la decisión sin protesta. No levantó la
voz ni buscó alianzas: «En nada consentiré que se perjudique la Patria solo por
vanas etiquetas».
Tras negarle el gobierno su permiso de salida al exterior
para reunirse con su familia, buscó refugio en la apartada comunidad de San
Lorenzo, en la Sierra Maestra.
SOLO, PERO NO VENCIDO
En aquella comarca agreste, su nueva morada era una choza
modesta, de tablas ásperas y techo de guano. Sin escoltas, servidores ni
opulencias.
¿Cómo encaja el rico hacendado, dueño de esclavos, abogado
de gente adinerada y aristócrata, dentro de esta filosofía de privación de
bienes materiales? El propio Céspedes nos adentra en esa atmósfera de pobreza
que vivió: «Hace días que todo mi alimento se reduce a un puré de bacán, de maíz
solo, por la mañana y otro por la tarde. Peor sería que no hubiera más que un
plato».
Cuando el temporal arrecia, describe: «(...) A ninguna hora
deja de llover. Todos los ranchos están inundados; en el mío reventó un
manantial que lo ha convertido en un pantano. Casi todo el día he tenido que
estar metido en la hamaca para liberarme de la lluvia, que con el viento
entraba por todos los lados de la salita de mi rancho».
Sin embargo, en medio de esa pobreza extrema, Céspedes se
resiste a desaparecer del todo para los suyos. En esos días aciagos, le acompañan
los retratos de los gemelos Carlos Manuel y Gloria de los Dolores, a los que no
conoció y a los cuales con paternal ternura envía algunos recuerdos:
«Mandé con el capitán Quintín Bandera que lleva a Vega de
Jamaica un paquetico que contiene pelos de mi cabeza y barba, para mis hijitos
que están en el extranjero, y tal vez sea lo único que vean de mi persona».
Las penurias de la guerra hacen mella en el físico de Céspedes:
«Yo estoy muy delgado, la barba casi blanca y el pelo no le va en zaga. Aunque
no fuertes, padezco frecuentes dolores de cabeza; en cambio, estoy libre de
llagas y calenturas. La ropa se lava sin almidón; de consiguiente, no se
plancha; no se hace más que estirarla para ponérsela».
En otra ocasión añade: «Cambié mis pantalones de casimir
que me acompañaban desde antes de la Revolución por otros nuevos de igual género
aunque ordinarios; ya de esas memorias no me queda más que una toalla de
Holanda bordada, así que todo va abandonándonos en este mundo, hasta que
nosotros mismos lo abandonamos todo».
Otra misiva reseña: «Te doy gracias por lo que me dices me
tienes preparado; pero de aquí en adelante no quiero que me mandes nada. Guárdalo
para ti y los chiquitos. Yo estoy satisfecho con lo que tengo. Vivo en una
choza a la intemperie. Como lo que me dan, aunque sean los reptiles más
inmundos. Ando vestido y calzado de una manera grotesca, pero honesta».
Nada subsiste ya de aquel dandy que regresó de Europa con
un baúl rebosante de botines y trajes a la última moda de París. Aquel que
paseaba con gracia por los salones de baile de Bayamo, que degustaba los
manjares más exquisitos y se envolvía en un mundo de lujo y confort.
Céspedes aprendió a vivir con lo mínimo: el agua del arroyo
cercano, la leña húmeda que crepitaba en las noches, la compañía fugaz de algún
campesino. Allí, lejos del bullicio, escribió cartas, meditó sobre la libertad
y sobre los hombres que lo habían traicionado.
Pero nunca, ni en sus pensamientos más amargos, se apartó
del deber. La ingratitud de quienes lo habían apartado, habría quebrado a
cualquiera, pero él encontraba consuelo en la idea de que ningún sacrificio
personal podía compararse con la redención de la Patria.
LA PRUEBA FINAL
El 27 de febrero de 1874, en la apartada prefectura de San
Lorenzo, Carlos Manuel de Céspedes cargaba un halo diferente, como si intuyera
su inminente encuentro con el destino.
Aquel hombre de 55 años, casi ciego, aislado por sus
propios compatriotas, vistió con una elegancia que desafiaba la rusticidad del
monte: «chaqué de paño negro, pantalón de casimir oscuro y un llamativo chaleco
de terciopelo a cuadros con rayas punzó».
Se encontraba en la casa de Panchita Rodríguez cuando la
voz de una niña anunció la presencia de tropas españolas.
Céspedes, sintió el frío del acero en la empuñadura de su
revólver. Abandonó la sombra protectora del hogar y se internó en el monte. La
manigua, su antigua cómplice, abrió sus brazos de espinas para recibirlo.
Detrás de él, una jauría de uniformes: un capitán, un
sargento y cinco soldados del batallón de Cazadores de San Quintín. Los
disparos surcan el aire. Céspedes responde a los tiros sin detenerse. Su revólver,
con voz ronca, se niega al silencio y al yugo.
Entonces, la selva contuvo el aliento. El sargento Felipe
González Ferrer, un nombre que la memoria escribe con tinta de sangre, le dio
alcance. Céspedes respondió con un disparo, pero el fusil del sargento, más
joven, más rápido, más implacable, habló primero a quemarropa. La bala, un beso
de plomo helado, encontró el corazón.
El cuerpo cayó entre los riscos. La tierra bebió su sangre
con avidez y lo acogió en su seno definitivo. Céspedes yacía inerte, pero su
corazón –que rompió cadenas, que inició las luchas por la independencia de
Cuba, que entregó riquezas a la vorágine de las llamas, fundó una República en
Armas y prefirió perder a un hijo antes que negociar la dignidad de su Patria–
empezaba a latir, más fuerte que nunca, en el pecho plural de la Patria.
EL LEGADO
A juicio del gran historiador Eusebio Leal Spengler, al
presentar el texto Los silencios quebrados de San Lorenzo, de Rafael Acosta de
Arriba, «el legado más importante de Céspedes ha sido considerarnos a todos
cubanos».
Céspedes murió solo, pero su causa sobrevivió a las
divisiones y al desánimo. En su vida se resumen las contradicciones más humanas
del héroe: fue líder y exiliado, presidente y proscrito, padre y mártir. Pero,
sobre todo, fue un hombre fiel a sí mismo, a su palabra, a Cuba.
Dicen que, cuando el amanecer recorre las lomas de San
Lorenzo, un rayo de sol, como una lanza de oro, se inclina para saludar al
hombre que no claudicó, al cubano que, aún traicionado y solo, eligió la
lealtad como forma de eternidad.
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(Anaisis Hidalgo Rodríguez - Granma)
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