Discurso pronunciado por Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, en la Audiencia Pública Parlamentaria, en el Capitolio Nacional, el 24 de febrero de 2026, “Año del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz”.
(Versiones Taquigráficas - Presidencia de la República)
Querido compañero Esteban Lazo Hernández, Presidente de la
Asamblea Nacional del Poder Popular y del Consejo de Estado;
Compañeras y compañeros:
Hoy, 24 de febrero, nos convoca una fecha que trasciende el
calendario. En la historia de Cuba este
día está cargado de significados profundos que se entrelazan como hilos de una
misma tela: la de nuestra soberanía.
El 24 de febrero de 1895 se reinició la guerra necesaria
con el grito de independencia o muerte, cumpliendo así el designio de Martí. Ese propio día, pero de 1899, entraba
victorioso a La Habana el Generalísimo Máximo Gómez, y en 1956 José Antonio
Echeverría fundaba el Directorio Revolucionario. Dos años después, en 1958, desde el corazón de la Sierra Maestra, comenzaban las
transmisiones de Radio Rebelde; y en 1976 nacía la primera Constitución
socialista del continente. En 2008 asumía
como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros el General de Ejército
Raúl Castro Ruz. Y en 2019 el pueblo
ratificaba en las urnas la nueva Constitución de la República.
Hace exactamente medio siglo, en este mismo día, nacieron
los Órganos Locales del Poder Popular.
Con ellos tomó forma concreta un principio esencial de la Revolución:
que el poder emana del pueblo, se ejerce en su nombre y se debe, antes que a
alguien, a sus necesidades y esperanzas.
Fue y es la expresión más auténtica de la democracia
socialista y de la voluntad de que sean los ciudadanos, desde sus comunidades,
quienes decidan los destinos de la patria.
Este es un día para mirar atrás con profundo sentimiento de
respeto, pero, sobre todo, para mirar hacia adelante con la claridad que exigen
estos tiempos, porque en las condiciones del mundo actual una celebración de 50
años no puede ser jamás un ejercicio de nostalgia, tiene que ser, ante todo, un
llamado a la acción.
La histórica decisión de 1976 no fue un acto aislado; fue
la continuidad orgánica de una tradición de lucha y de participación, que hunde
sus raíces en las gestas independentistas, en la resistencia frente a la
adversidad y en la convicción más profunda de que el destino de la nación se
construye con la voz y la acción del
pueblo. Es expresión concreta del
pensamiento político del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Los Órganos del Poder Popular nacieron para ser escuela de
ciudadanía, espacio de debate y de soluciones colectivas. Durante cinco décadas
esos Órganos han sido el vínculo directo entre las aspiraciones y demandas de
cada barrio y las políticas de Estado.
Hace medio siglo echamos a andar una idea profunda, la cual
consiste en que el poder, para ser legítimo, debe nacer del barrio, del Consejo
Popular, de la cuadra y la comunidad.
Nuestros órganos locales no son un simple diseño
administrativo de la forma de gobierno elegida.
Son nuestra respuesta a la pregunta esencial de cómo construir una
democracia donde el pueblo sea protagonista real e indiscutible de su destino.
Celebramos medio siglo.
¡Que tantos y tan esforzados años no sean un peso favorable a la inercia,
sino una motivación que nos impulse hacia el futuro que merecemos! Queremos un Poder Popular más ágil, más
participativo, más audaz, más inclusivo, más joven. Un Poder Popular que tenga la capacidad de
escuchar hasta el mínimo susurro de los ciudadanos, y sensibilidad suficiente para actuar con
agilidad en respuesta a sus legítimas demandas.
El pueblo no nos pide milagros. Nos pide honestidad, gestión y, sobre todo,
que no perdamos nunca su paso, que marchemos juntos, hombro con hombro en las
buenas y en las malas.
Vivimos un contexto nacional complejo, marcado por
dificultades económicas, en un escenario mundial convulso.
Hay dolores acumulados en nuestros barrios, inconformidades
legítimas, impaciencias lastradas por el peso del criminal bloqueo recrudecido
y la inclusión en una espuria y manipulada lista de países que supuestamente
apoyan el terrorismo; la máxima presión económica para asfixiarnos, la aplicación
de medidas coercitivas unilaterales, la agresiva presión del odio como
componente fundamental de la incesante guerra mediática que busca
desacreditarnos y desunirnos; el dictado de una genocida Orden Ejecutiva que
pretende privar de importantes suministros energéticos vitales al país, y,
junto a esa larga lista de ataques y amenazas, los errores e insuficiencias
propios que estamos obligados a reconocer y enmendar sin excusas, porque solo
se puede transformar lo que antes es mirado de frente y con total honestidad.
¡Lucharemos, pelearemos, resistiremos, transformaremos, y
sobre todas las adversidades y amenazas imperiales nos creceremos y
venceremos! (Aplausos.)
El aniversario que celebramos nos invita a reflexionar
sobre la vigencia de aquel proyecto de amor a la nación, basado en la
unidad. Nos recuerda que la democracia
no es un concepto abstracto, sino una práctica cotidiana que se fortalece con
la participación activa de todos y para el bien de todos, con transparencia en
la gestión y con responsabilidad compartida.
El Poder Popular es, en esencia, la certeza de que ningún
problema es demasiado grande si se enfrenta con unidad, solidaridad y confianza
en nuestras propias fuerzas.
Celebrar estos 50 años es también renovar el compromiso con
el futuro. Es reconocer que la Cuba que
soñamos se construye desde lo local, desde cada Consejo Popular, desde cada
delegado que escucha y actúa, desde cada ciudadano que aporta ideas y
esfuerzo. Es reafirmar que la justicia
social, la equidad y la dignidad son valores irrenunciables y guías
fundamentales en el camino hacia la prosperidad que merecemos.
En función de esa voluntad, esta Sesión Solemne está
llamada a trascender el merecido acto de recordación y homenaje. No puede ser una sucesión de consignas. Debe y tiene que ser, sobre todo, un ejercicio
de conciencia y compromiso.
Hoy toca rendir homenaje a los fundadores, a los delegados
y delegadas de estas cinco décadas, a quienes casi siempre sin recursos y sin
descanso han tocado puertas, han escuchado quejas, han dado la cara en
asambleas difíciles y han defendido, desde la modestia de su circunscripción,
la idea grande de que nadie puede quedar abandonado a su suerte en un Estado revolucionario
y socialista.
Y el mejor homenaje que podemos ofrecerles no es un diploma
ni un aplauso, es la voluntad de hacer mejor lo que a nosotros nos toca hacer
ahora.
¿Qué significan 50 años del Poder Popular en este minuto de
nuestra historia?
Primero: significa aquilatar la esencia de la cercanía.
En estos 50 años el delegado no ha sido solo un
representante, ha sido la voz de un pequeño entorno en las grandes estadísticas. En la Cuba de hoy esa función es más vital
que nunca. En el delegado el ciudadano
debe encontrar no a un tramitador de gestiones, sino al vecino líder de la
comunidad que encabeza con determinación y audacia el enfrentamiento a los
problemas comunes, desde las angustias por lo que no llega a la bodega, el
bache de la calle, la avería del transformador o las angustias por el joven que
no estudia ni trabaja y los ancianos sin apoyo familiar cercano. Nuestra fortaleza no está en las grandes
proclamas, sino en la capacidad de resolver la pequeña, pero enorme y siempre
desafiante cotidianidad.
Segundo: significa entender que la participación no es un
nombre más en la lista de asistentes a un acontecimiento. Es el motor del progreso colectivo.
Durante demasiado tiempo hemos confundido a veces el Poder
Popular con una correa de transmisión de decisiones ya tomadas. El Aniversario 50 nos exige dar un salto
cualitativo en esta interpretación estrecha de una obra genuina, cubanísima y más
grande que nosotros mismos.
Necesitamos que los municipios, los verdaderos garantes de
los derechos que nuestra Constitución consagra, ejerzan su autonomía. El país se salva desde lo local, desde la
capacidad de cada territorio de encontrar sus propias soluciones, de fomentar
sus emprendimientos, de gestionar su cultura y su economía con creatividad y
sin ataduras innecesarias.
Tercero: significa honestidad para el análisis y valentía
para la crítica.
No podemos mirar el camino recorrido sin cuestionar
nuestras sombras. Sufrimos mucho las
consecuencias del formalismo y de la improvisación que distorsiona y malogra
con mucha frecuencia la planificación estratégica. Y todavía nos frena demasiado el centralismo,
es decir, el exceso de la centralización que coarta la iniciativa creadora de
los individuos, los colectivos y los municipios. Reconocerlo no es debilitarnos; es fortalecernos. La verdadera revolución es la que vive criticándose
para no envejecer.
Cuarto: significa blindar la esperanza.
En medio de la hostilidad externa, del bloqueo que intenta
asfixiarnos, del ruido y la manipulación que busca debilitarnos, la obra del
Poder Popular es el antídoto más efectivo.
Porque cuando un delegado gestiona, cuando los vecinos participan,
cuando una comunidad se organiza para limpiar un solar o restaurar un círculo infantil estamos demostrando que
aquí hay un proyecto de justicia social capaz de renovarse constantemente con
sus propias fuerzas.
No somos una democracia para las vidrieras; somos una
democracia de trincheras, construida con enormes sacrificios, es cierto, pero
también con impresionante creatividad e insuperable dignidad en el fragor del
combate más difícil: el del día a día y hora a hora.
En este contexto el llamado es claro.
A las delegadas y delegados:
No basta con resultar electos, hay que ser elegidos todos
los días en el respeto y la confianza de los compatriotas que son nuestros
vecinos. Hay que estar más en la calle
que detrás del buró, más en la cola que en la reunión, más escuchando que
hablando. Hay que convertir cada queja
en una gestión concreta, cada crítica en una propuesta, cada problema en una
oportunidad para sumar voluntades y avanzar, avanzar sin cansarnos. No siempre tendremos recursos, pero siempre
podemos tener sensibilidad y voluntad para cambiar lo que debe ser
cambiado. Y la verdad, aun cuando duela,
siempre construye más que el silencio o la justificación automática.
A las administraciones locales:
El Poder Popular no es un trámite ni una firma al final de
una resolución. La gestión de Gobierno
tiene que articularse con las prioridades que emanan de los Órganos Locales, de
las asambleas municipales, de los consejos populares, del análisis directo con
la comunidad. No podemos permitir que la
burocracia, la rutina o la falta de control conviertan en letra muerta los
acuerdos que nacen de la voluntad popular.
Servir al pueblo es gobernar de cara al pueblo, rendir cuentas con datos
y con resultados, explicar cuando no se puede y rectificar cuando se ha hecho
mal.
A nuestro pueblo:
Hoy también corresponde mirarnos por dentro. La democracia participativa no se agota en ir
a votar cuando se instalan las urnas. Se
ejerce en la asamblea de rendición de cuentas, en el trabajo voluntario, en la
reunión de vecinos que se organizan para cuidar la tranquilidad del barrio y
que se movilizan para apoyar a los más vulnerables. La crítica es necesaria, pero es más poderosa
cuando viene acompañada de la disposición a involucrarse, a proponer y a
colaborar. El poder del pueblo no es un
concepto abstracto, se construye con nombres y apellidos, con rostros
concretos, con manos que se ponen a la obra, más valiosas mientras el escenario
sea más adverso.
Cincuenta años después podemos decir con orgullo que el
sistema del Poder Popular ha sido una creación genuinamente nuestra, fruto de
la experiencia y el pensamiento político que sostiene a la Revolución, del
legado martiano, de las ideas del Comandante en Jefe y del General de Ejército. Pero también debemos admitir, con humildad,
que es una obra inconclusa, que necesita perfeccionarse y adaptarse a los desafíos
de este tiempo: el envejecimiento poblacional, la migración, las nuevas
tecnologías, las nuevas formas de participar, las nuevas maneras en que los
grupos humanos forman sus opiniones y expectativas.
Los Órganos Locales del Poder Popular tienen que ser
capaces de dialogar con un país que no es el mismo de 1976, y de hacerlo sin
renunciar a sus principios fundacionales.
Que este Aniversario 50 sea entonces un punto de inflexión,
no la meta. Un momento para reafirmar
que no renunciaremos a la idea de que el pueblo decida, controle, exija y
participe. Un momento para decir, con
serenidad y con firmeza, que estamos dispuestos a cambiar todo lo que deba ser
cambiado en la manera de funcionar de las instituciones, siempre que se trate
de fortalecer la justicia social, la equidad y la participación consciente.
En nombre de todos los que han dedicado su vida al servicio
público desde una circunscripción, de todos los que han cargado sobre sus
hombros las preocupaciones de sus barrios, de los que han abierto sus puertas
de madrugada para atender una urgencia de otros, reafirmemos hoy un compromiso
sencillo y profundo:
No perder nunca el vínculo con el pueblo.
Asumir como propio el dolor ajeno.
No conformarnos con explicaciones que no resuelven. Insistir en resolver.
No renunciar al ideal de que, pese a las dificultades, en
Cuba el poder siga teniendo apellido de pueblo.
¡Honor a quienes iniciaron este camino hace cincuenta años!
Responsabilidad para quienes lo continuamos hoy.
Que la historia, dentro de otros 50 años, pueda mirar hacia
este momento y reconocer que estuvimos a la altura del reto.
Que este aniversario sea, entonces, un llamado a revitalizar
la participación, a defender la soberanía y a mantener viva la esperanza en un
mañana mejor.
El Poder Popular no es solo una estructura. Es la expresión de un pueblo que, con su
historia y su voluntad, sigue siendo protagonista de su destino.
Por esos 50 años de historia compartida; por el delegado
que a diario anda el barrio transformando espacios y mentalidades, sin cansarse
por más que pique el sol en las espaldas; por el pueblo que es único Soberano:
¡Viva el Poder Popular!
(Exclamaciones de: “¡Viva!”)
¡Vivan Fidel y Raú!
(Exclamaciones de: “¡Vivan!”)
Y para que así sea siempre, reafirmemos nuestra
inclaudicable convicción de:
¡Socialismo o Muerte!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos! (Aplausos.)
Autor: Miguel Díaz-Canel Bermúdez - Ganma
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