El próximo 5 de marzo volverá a girar la pelota en el Clásico Mundial de Béisbol y Cuba llegará sin la etiqueta de favorita en su grupo, pero con la ambición intacta.
La realidad, implacable como una recta alta que no perdona
titubeos, obliga a mirar de frente el desafío. No bastan los recuerdos ni las
viejas gestas; Colombia, Panamá, Canadá y Puerto Rico llegan con estructuras
profesionales superiores, ligas más robustas y sistemas de desarrollo que han
crecido durante décadas mientras la isla lidiaba con sus propias tormentas.
Esos rivales exhiben nóminas nutridas de peloteros que
pertenecen o pertenecieron a franquicias de las Grandes Ligas, brazos que
superan con holgura las velocidades medias del campeonato nacional cubano,
relevistas con oficio y ofensivas acostumbradas a descifrar reportes
minuciosos.
Cuba, en cambio, apenas cuenta hoy con dos jugadores
activos en la MLB: Yoan Moncada y Yariel Rodríguez. A ellos se suman dos
luminarias de la liga japonesa con nivel para habitar la Gran Carpa: Liván
Moinelo y Raidel Martínez. Cuatro nombres no construyen por sí solos una
muralla inexpugnable, pero sí representan un puente entre realidades distintas.
El resto del plantel resiste con dignidad, aunque sin la
musculatura económica de sus adversarios. Por eso clasificar entre los dos
primeros del grupo sería, sin ambages, un gran éxito.
Germán Mesa ha mantenido desde que asumió el timón un
discurso optimista, como debe ser, porque un líder no puede sembrar dudas en su
tropa, pero también sabe que el entusiasmo no sustituye la profundidad del
bullpen ni la potencia de una alineación. Jugará con las herramientas
disponibles, con las cartas que el contexto le ha entregado.
En torneos cortos, sin embargo, el béisbol se vuelve un
animal caprichoso porque sabemos que un lanzador en trance puede inclinar la
balanza de un partido y un swing oportuno puede desbaratar pronósticos escritos
con tinta de estadísticas. La unidad, la motivación, la química interna —intangibles
que no aparecen en las hojas de cálculo— pesan más de lo que muchos admiten.
Ahí radica una de las esperanzas y también uno de los
riesgos. Los equipos cubanos han mostrado históricamente un prearranque
dubitativo, una especie de combustión lenta que a veces encuentra su punto óptimo
cuando el reloj ya aprieta.
En eventos breves, esa característica puede convertirse en
arma afilada contra sí mismos. La adaptación —técnica y psicológica— debe ser
inmediata, porque no habrá margen para despertar tarde.
Otro golpe sufrido en certámenes pasados ha sido el
desconocimiento del contrario. En tiempos donde se afirma que los juegos se
ganan en la mesa, llegar sin información detallada equivale a entrar al cajón
de bateo con los ojos entrecerrados.
En ese sentido, la incorporación de Noelvis González como
coach de banca representa una bocanada de aire fresco. Estudioso del béisbol
contemporáneo, partidario de las formaciones especiales y del análisis
profundo, ya dejó señales alentadoras en la reciente Serie de las Américas,
donde se vio a un Cuba moviendo sus piezas defensivas según el perfil del
rival, y esto no es un detalle menor.
Nada de esto convierte mágicamente a la isla en favorita.
Sería irresponsable vestir de oro una armadura que aún se está forjando, pero
tampoco se puede ignorar que el béisbol cubano posee una memoria competitiva
que aflora en los momentos más ásperos. La presión, cuando se asume con
dignidad, puede transformarse en combustible.
El 5 de marzo no saldrá al terreno un gigante invencible,
sino un equipo consciente de sus límites y decidido a empujarlos. Saldrá una
escuadra que carga con la crítica y con la esperanza, con la comparación
constante y con la fe obstinada de su gente. Saldrá a jugar cada inning como si
fuera el último, porque en torneos así, cada out pesa como plomo.
Clasificar sería un golpe de autoridad; no hacerlo, si se
compite con honor, no borrará la identidad, porque este equipo no promete
milagros, pero sí entrega.
En un país donde el béisbol es latido, memoria y discusión
eterna en cada esquina, eso también cuenta. Cuba no es favorita, pero mientras
exista un montículo y una pelota blanca cruzando el aire, seguirá defendiendo
su nombre con la misma furia con que el oleaje insiste contra la roca, aun
sabiendo que esta no se mueve.
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(Boris Luis Cabrera - Prensa Latina)
JCDT – SST
