El amor en La Habana Colonial

La habana Colonial
La Habana Colonial. Foto tomada de Internet 

El amor ha adoptado en todo el planeta muchas formas en todos los tiempos: libre, oculto, como ritual social de poderío e incluso como castigo y como mercancía.

La Habana colonial ofrece un interesante mosaico de amores para el investigador, algunos ritualizados en obras literarias, como la Cecilia Valdés del gran novelista cubano Cirilo Villaverde, o por vidas privadas que llegaron a ser conocidas por la fama y representatividad pública de sus protagonistas.

Cecilia Valdés es una muy buena muestra de los azares del amor en la sociedad cubana de su época, aunque no abarca todas las dinámicas a que ese sentimiento se vio sometido en la época.

Aunque el núcleo de su historia son las relaciones incestuosas entre el joven y rico Leonardo Gamboa y la mestiza pobre Cecilia, cuya hermosura que enloquece a los hombres se desplaza sobre los adoquines de las calles habaneras en chancleticas de palo, que ella hace repicar con coquetería, encontramos que no solo el incesto, tema muy propio del Romanticismo, enlaza a esta pareja.

Cecilia y Leonardo son hermanos de padre porque Cándido Gamboa, el español rico, progenitor de ambos, está casado con una cubana de familia adinerada, doña Rosa, pero tiene amores con la madre de Cecilia, quien le da una hija. Don Gamboa tiene, pues, dos familias: la oficial, probablemente un matrimonio de conveniencia entre un inmigrante emprendedor y una esposa criolla con fortuna, y la otra, oculta en una barriada miserable habitada por negros libertos y mulatos que sobreviven desempeñando oficios tales como carpintero, sastre, músico...

Sin duda don Gamboa amó a Charito, la madre de Cecilia, quien enloqueció tras el parto y se encuentra recluida en una institución de caridad, y aunque le han faltado agallas para reconocer a su hija, las mantiene a ella y a su anciana abuela, de cierta forma honorable se ocupa, pero a escondidas. A quien no amó fue a su esposa, mujer posesiva, celosa y dominante, como buena criolla empoderada.

Por otra parte, vecino de Cecilia es el apuesto y trabajador mulato José Dolores Pimienta, sastre, quien la pretende sin esperanza. Aun cuando Cecilia y Leonardo no hubieran sido hermanos, probablemente jamás hubieran podido casarse y su relación se hubiera mantenido siempre clandestina, pero Cecilia y José Dolores, de haberlo querido ella, no habrían tenido impedimento alguno para convertirse en marido y mujer ante el altar. Nunca hubiera faltado la petición de mano ante la abuela Charo, un intercambio de anillos y la bendición de un sacerdote, pero no se necesitaba más.

Pero hay otro prototipo de pareja muy bien retratada en la novela de Villaverde: Leonardo está comprometido por acuerdos familiares -pero sin gran desagrado de su parte- con la joven Isabel Ilincheta, heredera de haciendas y cafetales. Son buenos amigos desde la infancia porque sus familias mantienen relaciones, probablemente comerciales, y eso ha hecho que la idea de una boda fuera adoptada cuando aún ellos eran casi niños.

Este tipo de matrimonio era el predominante entre las clases altas de la sociedad cubana, donde las alianzas para unir fortunas y apellidos cobraban importancia vital. Pero no solo se trataba de dineros, también estaba la cuestión del linaje: un español inmigrante que hubiera hecho fortuna en el comercio o la trata de esclavos podía casar a su hija con un criollo que tuviera un título nobiliario; los más codiciados eran los títulos de Grandeza de España, en manos de unas pocas familias de la isla. O al revés: el criollo enriquecido como tratante o plantador casaba a su hija o a sí mismo con vástagos de españoles de la nobleza indiana.

Eso sí, había un requisito indispensable que la Iglesia solía exigir en este tipo de contratos matrimoniales: un certificado de limpieza de sangre, es decir, la prueba de que no había judíos entre los ancestros de los contrayentes, lo cual resulta muy risible tratándose de Cuba y América Latina, ya que no solo los conquistadores, sino los colonos españoles que cruzaban océanos para instalarse en el Nuevo Mundo eran judíos conversos que huían de la Inquisición. Adoptaban apellidos castellanos tras su conversión, pero no podían cambiar su ADN, aunque por entonces este detalle era desconocido y no constituía obstáculo.

Luego había otro tipo de noviazgo, este entre familias de clase media y clase media baja: el asedio a la ventana de la joven por el pretendiente, quien varias veces al día paseaba por esa calle lanzándole a su amada miradas ardientes y, en ocasiones, con la complicidad de una amiga e incluso de alguna esclava, le hacía llegar misivas llenas de palabras apasionadas mechadas con flores. 

Si era correspondido, el pretendiente debía visitar la casa de su adorada para una entrevista con el padre de ella. La madre podía estar o no presente, pero en cualquier caso su opinión no contaba. 

El padre sometía al joven a un interrogatorio severo para juzgar si era digno, decente, de buena familia y con economía capaz de mantener a su hija y un hogar. Si no pasaba la prueba, adiós amores. Luego venía la etapa del noviazgo “para conocerse”, que podía durar muchos años antes de la boda.

Y había, como es humano, amores imposibles. Entre ricos y pobres, entre blancos y no blancos, entre cristianos viejos y conversos recientes... Algunas parejas renunciaban bajo la presión familiar y social, otras escapaban, otras se casaban “por detrás de la iglesia”, ceremonia que podía ser oficiada muy en secreto por un sacerdote compadecido de los amantes, pero también por un encuentro de la pareja detrás del templo elegido, al que asistían algunos amigos como testigos del enlace. Los novios intercambiaban anillos o alguna joya, y los más pobres hasta un ramo de flores. 

Ellos se consideraban casados, pero la sociedad no pensaba lo mismo, y muchas veces tenían que encontrarse en apuradas citas clandestinas. Si la pareja era descubierta y la rica era la joven, iba para un convento, y al esposo pobre se le perseguía y podía terminar encarcelado o degollado en una esquina en sombras, sobre todo si, además de pobre, era no blanco. Si al revés, la doncella era recluida en alguna institución de caridad de donde no saldría ya nunca, y el matrimonio formalmente anulado por la Iglesia.

Hay que decir que muchas personas de clase baja, o mulatos y negros, buscaban emparejarse no solo por amor con individuos de más alta condición, sino, como la Nemesia de Villaverde, para ascender en la escala social y también para “adelantar la raza”, es decir, tener hijos de piel más clara y cabellos menos lacios que pudieran pasar por blancos, y aspirar así a una vida social menos dura que la de sus progenitores.

Un hecho terrible era lo que se hacía con los niños nacidos de estas uniones sin reconocimiento social. Se les enviaba a la Inclusa, mal llamada Beneficencia, donde eran colocados en un torno y terminaban en brazos de las monjas. Crecían como huérfanos y, por ley de la Corona, a todos estos bastardos se les daba el apellido Valdés.

Aun así, y aunque el amor no siempre triunfaba de los dictats de una sociedad tan rígida como la cubana, hubo amantes que huyeron a los montes, levantaron un bohío y procrearon, aunque nunca sabremos si alguno de los integrantes de la pareja se arrepintió de aquel paso.

Amarse en Cuba por encima de las leyes y tradiciones no era fácil, ni lo fue después, durante la República, pero ese es tema para otro artículo.

Por Gina Picart 

SST- JCDT 

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