Con pocos años de edad, cuando la vida todavía es promesa y
no certeza, Juan Almeida Bosque supo cantar el llamado de su tierra de vencer o
morir.
Fue temprano un soldado de la patria, y llegó a ella sobre
el yate insigne que fuera anunciación de libertad. Luego guerrillero temerario,
después estratega militar. No hubo dificultad que lo hiciera menguar, ni
responsabilidad que no asumiera con ejemplaridad e hidalguía.
En Almeida, el Comandante, también habitaba el arte. El
delicado sonar de sus canciones, la alegría de la música, el constante coqueteo
con la creación lo mostraron como uno de los revolucionarios más completos de
su tiempo.
Hoy, en su aniversario 99, la invitación es a recordarlo.
Pero no como quien hojea un álbum de fotografías antiguas, sino como quien
busca fuerzas para las misiones nuevas. Ejemplos como el suyo no perecen jamás.
Hay que pensarlo siempre que la tarea parezca demasiado
grande, cuando haya que reafirmarse en la fidelidad a esta obra que no deja
desamparado a nadie. Esa certeza le nació aquella noche inolvidable en que
Fidel ordenó detener el yate y arriesgarlo todo por la vida de un hombre. Allí
entendió Almeida que la causa eran los demás.
Cuando se requieran fuerzas, paradigmas, sueños para ir en
busca de otros, hay que recordar a Almeida. Cuando el camino se haga más difícil,
cuando el cansancio pretenda imponerse y un coro anexionista convoque al
desaliento; entonces, desde la Sierra, desde la historia, desde todas las
trincheras, resonará la voz viril de Almeida: «¡Aquí no se rinde nadie!».
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(Jorge Enrique Jerez Belisario – Granma)
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