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En los salones de El Vedado, al ritmo de un danzón, y en los calurosos solares de Centro Habana, la Habana republicana (1902-1959) latía con una energía moderna y contradictoria. La ciudad se abría al mundo, pero en el territorio íntimo del amor, los códigos sociales heredados del coloniaje mantenían una férrea vigencia.
El noviazgo, lejos de ser un asunto meramente personal, era un complejo ritual público donde se negociaba el honor familiar, se reproducían las jerarquías y, en ocasiones, se libraban batallas silenciosas que desafiaban el orden establecido.
Fue una época donde el progreso convivió con prejuicios ancestrales, y donde historias de amor como las de Dulce María Loynaz o María Calvo Nodarse, guajirita de Guanajay luego convertida en la famosa Macorina, célebre prostituta de lujo y la primera mujer que manejó un automóvil en la Isla, revelaron el coste humano de una sociedad obsesionada con la apariencia y el linaje.
Para la alta burguesía y la aristocracia habanera, el noviazgo era un asunto de Estado familiar, un mecanismo para consolidar fortunas y purificar linajes. Los jóvenes se conocían en espacios controlados: los té dansant del Hotel Nacional, los bailes de caridad del Centro Gallego o las veladas en las majestuosas casonas de El Vedado. La mirada vigilante de las madres y las damas de compañía era tan determinante como el interés del pretendiente.
El compromiso formal seguía un protocolo inmutable. Tras una discreta pero obligatoria "petición de mano" del novio a los padres de la novia, se anunciaba con una fiesta donde se entregaba un anillo, a menudo adquirido en joyerías de París.
Este acto se consagraba con una publicación en la sección social de Diario de la Marina, el gran portavoz público de la élite. La virginidad de la novia y la solvencia económica del novio eran los pilares intocables del contrato.
En este mundo, un amor que desafiara estos cánones no era solo una indiscreción; era una traición a la clase. Y las hubo, pues se conocen relatos de novios que la misma noche de bodas devolvieron la novia a su familia por no ser virgen, aunque él hubiera frecuentado todos los prostíbulos de La Habana e, incluso, tuviera amantes reconocidas.
La vida de Dulce María Loynaz, poetisa de exquisita sensibilidad y ganadora del Premio Cervantes, encarna este conflicto con dramática intensidad. Miembro de una familia ilustre —hija de un general del Ejército Libertador y una aristócrata—, su destino parecía escrito entre libros de poesía y salones de alta sociedad.
Sin embargo, a los diecisiete años, su corazón se inclinó por donde su estatus prohibía: Pablo Álvarez de Cañas, un paupérrimo y joven inmigrante canario que, según los relatos, llegó a vender carbón en alpargatas.
Este noviazgo, surgido en la adolescencia, fue considerado por la familia Loynaz como una afrenta inaceptable. La respuesta no se hizo esperar: aplicaron el método más drástico para cortar de raíz una relación desigual. Dulce María fue sometida a un celoso enclaustramiento en la casona familiar, primero en Centro Habana y luego en El Vedado, una reclusión que ya conocía por su estricta educación privada, pero que ahora se convertía en una cárcel para su amor.
La presión fue tan efectiva que la poetisa terminó casándose en 1937, no con Pablo, sino con un primo, Enrique de Quesada y Loynaz, en lo que parece haber sido un matrimonio de conveniencia o resignación. Sin embargo, la historia de Dulce María y Pablo tiene un epílogo singular que desafía el melodrama: tras divorciarse del primer esposo, y contra todo pronóstico, ella se casó con Pablo en 1946, cuando ambos rondaban ya la mediana edad.
El joven pobre había logrado hacerse nombre y fortuna como cronista social —oficio en el que, se dice, la propia Loynaz le ayudó—, demostrando una tenacidad que igualó a la de su amor. Este final, sin embargo, no borra la crudeza del inicio: durante casi dos décadas, el mandato social logró imponerse sobre el deseo, mutilando una parte de sus vidas.
En las clases populares —obreros, empleados, artesanos— el noviazgo se desenvolvía con una libertad aparente, pero dentro de unos márgenes igualmente rígidos. La escasez de espacio privado convertía la calle en el gran escenario del cortejo.
El Malecón era el confidente de miles de parejas, y los cines de barrio (el Actualidades, el Fausto) ofrecían la oscuridad propicia para el primer contacto. No había anillos de diamantes, pero sí promesas de esfuerzo compartido para alcanzar un cuarto propio, aunque fuera en un solar.
La vigilancia, sin embargo, era férrea y comunitaria. En los patios de vecindad, la vida privada era un asunto público. El novio debía "ganarse el respeto" de la familia, demostrando con su trabajo y conducta que era "un hombre serio". El compromiso se sellaba con una cena familiar, donde el novio llevaba un ramo de flores y quizás una botella de vino o ron.
La fidelidad era un valor supremo, aunque la realidad de las "familias paralelas" —un hombre con un hogar legítimo y otro mantenido en secreto— era un fenómeno extendido que hablaba de otras hipocresías.
La Habana republicana castigaba con especial saña los amores que cruzaban las fronteras sociales. Una historia que corrió como reguero de pólvora, mezcla de leyenda y crónica social, es la de María Calvo Nodarse, la célebre Macorina. Nacida en Guanajay, vino a La Habana traída por un novio que la abandonó a su suerte. Pero María, con su audacia y encanto, cautivó a un joven de la alta sociedad. Su noviazgo, un escándalo para la élite, se topó con una oposición familiar inflexible.
Ante la imposibilidad de vencer los prejuicios de clase, la versión popular narra que el joven, desesperado, optó por el suicidio. María, despojada de su amor y estigmatizada, habría visto cerradas todas las puertas de la sociedad respetable.
Su destino final, según esta trágica narrativa, fue el de convertirse en una cortesana de lujo, una figura oscura y fascinante en el nightclub de la ciudad y la primera mujer que manejó un automóvil en Cuba. Esta historia funciona como un perfecto ejemplo social: ilustra el abismo infranqueable entre clases y el destino fatal —locura, muerte o deshonra— que aguardaba a quienes pretendieran cruzarlo.
Mis propios padres fueron víctimas de esos rigores. Mi madre, huérfana recogida por su familia de buen pasar económico, conoció a mi padre en un baile en el Casino Español, a donde solía ser llevada con sus hermanastras por la chaperona Delfina, humilde gallega de gran corazón que les servía de dama de compañía.
Mi padre, en cambio, era un producto legítimo de Centro Habana, hijo de un periodista pobre con aspiraciones de poeta y una descendiente de españoles muy hermosa, pero también muy pobre, vecinos de una accesoria, y mi padre no era lo que se dice un portento de virtudes, pues era muy aficionado al billar y se ganaba unos centavos, junto con sus amigos, como guardianes en un prostíbulo. Se había negado a estudiar, porque su sueño era ser pelotero de las Grandes Ligas.
Mi madre, en cambio, había obtenido con sus excelentes notas una beca para estudios gratuitos de Derecho Diplomático en la Universidad de La Habana. La familia de mi madre le retiró todo apoyo, se casaron en una boda modestísima, casi sin asistentes, y se fueron a vivir en un cuartucho de La Habana Vieja. Una auténtica tragedia, hasta que los dos consiguieron crearse sus propias respetables posiciones sociales y mi madre, de nuevo, recibida como hija pródiga. Solo entonces pude nacer yo.
Los noviazgos interraciales sufrían una doble condena, social y legal. Una pareja formada por una joven blanca de buena familia y un hombre negro o mulato podía desencadenar una crisis familiar que terminaba con la mujer siendo enviada de inmediato a estudiar "fuera" (a Estados Unidos o Europa) o recluida en un convento. Para los hombres de color, el acoso y la violencia física eran riesgos reales.
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Estos amores solo florecían en la más absoluta clandestinidad, en citas furtivas en barrios periféricos o en espacios de relativa permisividad, como algunas academias de baile. Eran amores vividos a la sombra, condenados por una sociedad que predicaba modernidad pero practicaba la segregación.
En ciertos casos una historia semejante funcionaba de otro modo. Mi abuela y sus hermanos, como ya dije, eran descendientes de inmigrantes gallego y canaria, y muy pobres, pero un joven mulato habanero que se había labrado un porvenir brillante trabajando en Caracas para la petrolera ESSON, se enamoró de mi tía Aurora, rubia, ojos azules como mi abuela, con ese azul celta muy poco frecuente en Cuba.
Cipriano Varona no se arredró por la diferencia de razas, y apoyado por su posición económica y gran prestigio social (fue un hombre maravilloso, especialísimo, muy fino y lleno de bondad), logró casarse con su amada sin sufrir el mismo rechazo inicial que mi abuelito el periodista, catalán tan rubio y ojiazul como mi abuela y sus hermanas, pero sin un centavo. Varona fue mi padrino, a quien quise entrañablemente y adoro todavía pese a llevar décadas bajo tierra.
Los rituales del noviazgo en la Habana republicana revelan el pulso de una ciudad en tensión. Mientras la élite trataba de preservar, a través de matrimonios calculados, un orden social que se le escapaba de las manos, el pueblo forjaba sus propios códigos de honor y solidaridad. Y en medio, historias como la de Dulce María Loynaz —que logró, tras décadas, reescribir su final— o la Macorina del automóvil —consumida por la tragedia— servían como recordatorios dramáticos del poder opresivo de las convenciones.
La Habana de entonces, vibrante y contradictoria, bailaba al son de la modernidad, pero en el baile del cortejo, los pasos los marcaban, con rigor casi colonial, la clase, el dinero y el color de la piel. El amor, ese sentimiento que se presume universal y libre, demostró ser en la República el más fiel reflejo de sus jerarquías y la más dolorosa de sus prisiones.
Por Gina Picart
SST- JCDT