Para la cenaguera Nemesia Rodríguez Montano, la eterna niña de los zapaticos blancos que inmortalizó Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí, en su Elegía, las heridas laten como el primer día.
En plena primavera, hace 15 años, en su casa de Soplillar,
en la Ciénaga de Zapata, ella una vez más contó la historia, cuya vigencia
trasciende el tiempo.
Debajo de un soplillo
Juliana Montano, estrenaba 40 años de edad, estaba feliz,
sus hijos iban a la escuela y desde hacía unos días la cooperativa daba la
posibilidad de adquirir productos nunca antes vistos en aquella zona intrincada
de la geografía de Cuba. Atrás quedaron los días de la “guagüita de línea”
sobre agua y fango en tiempos de “llenante” de la ciénaga. Juliana pensaba
aquella mañana, que a pesar de la pobreza y humildad en la que vivían, nunca
antes la familia había sentido tanta dicha.
Mientras se ocupaba de los quehaceres matutinos, el olor a
leña ardiente inundaba su espacio. Ahora por el saco de carbón pagaban buen
precio, la Revolución se ocupaba de llevar maestros y médicos al sitio, donde,
hasta hacía apenas unos meses se morían como bestias, seres humanos.
Estaba tan ocupada en su faena que no advirtió el ruido inusual de la mañana. De pronto le llegó más de cerca las voces de su esposo e hijo mayor, instando a “apurarse que hay que irse, hay un desembarco por Girón, paracaídas y aviones…”
Juliana recogió lo que pudo, su hija Nemesia guardaba la
mejor ropa y los zapatos blancos comprados recientemente en la tienda del
pueblo. Los únicos zapatos decentes que había tenido en sus 13 años de vida.
Al camión subieron con rumbo a Jagüey Grande, el hijo mayor
conducía apurado; su esposo y la suegra iban en la cabina; en la parte de atrás
Juliana y cinco niños. Nemesia era la mayor…
Por el camino sobrevolaba un avión con insignias de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba que repentinamente lanzó bombas sin
tener en cuenta los pasajeros del camión, ni las sábanas blancas que mostraban “en
son de paz”.
Juliana arropó a los niños, los agrupó en una esquina y se
levantó rauda a tocar en el techo de la cabina para que su hijo detuviera el
motor…
No hubo tiempo, en instantes la metralla la atrapó, tal vez miró a sus hijos y sonrió…
“Yo pensaba que podía salvar a mi mamá” contó entre sollozos Nemesia Rodríguez Montano 50 años después. “No quería irme el bombardeo le arrancó uno de los brazos; pero creí que era solo eso…mi padre, pálido, levantó la sábana que la cubría el tronco. ¡Yo vi a mi madre por dentro!”
Nemesia se agitaba, mientras sostenía en su mano una foto de Juliana. “Nunca he logrado sobreponerme a ese hecho que marcó nuestras vidas. Mis hermanos y yo, los que íbamos en el camión ese 17 de abril de 1961, cuando nos encontramos, lloramos.
“Los médicos me dicen que evite hacer la historia; pero, aunque me ponga mal, tengo que contar. Los más jóvenes necesitan saber…”
En Soplillar, pequeño asentamiento poblacional de la Ciénaga
de Zapata, conviven en perfecta armonía hornos de carbón junto a la biblioteca
comunitaria; obras instauradas allí por Alexis Leiva Kcho y la Brigada Martha
Machado, con la Cooperativa de Créditos y Servicios; cateyes y cotorras unidos
al consultorio médico…
Nemesia mira al tiempo. En la sala de su casa, sobria, la
fotografía de Juliana ocupa lugar privilegiado. Su rostro joven y hermoso es
denuncia perenne a la injusticia. Ella fue de las víctimas civiles de la invasión
mercenaria de Bahía de Cochinos, aviones simuladores segaron su vida.
Debajo de un árbol de soplillo, volvió sobre aquella mitad
de abril que abrió la herida sin cicatriz posible. Con la mirada fija en la
distancia pensó en voz alta:
“El milagro de mi vida fue la Revolución. Si existiera la
posibilidad de pedir otro milagro, quisiera retroceder y no ser yo, que no me
hubiera sucedido…vivir la Revolución con mi familia, disfrutar de los
beneficios que trajo para todos.
“Hoy escucho los pájaros cantar, le temo al viento, algo
que asumí de mi mamá. No hay quien me arranque de la Ciénaga. Cuando estoy muy
triste soy capaz de caminar muchos kilómetros, claro, despacio, por el monte…”
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(Bárbara Vasallo Vasallo – ACN)
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