El 12 de agosto de 1933, la dictadura de Gerardo Machado, uno de los regímenes más sangrientos de la historia cubana, llegó a su fin. No fue un golpe militar ni una intervención extranjera lo que derribó al tirano, sino la presión irresistible de las masas populares de La Habana, que con su fuerza y determinación lograron lo que parecía imposible. La caída de Machado fue el resultado de una huelga general revolucionaria que paralizó el país y demostró el poder de los trabajadores, los estudiantes y el pueblo organizado.
Machado había llegado al poder en mayo de 1925 con una
amplia popularidad y el apoyo de los principales partidos políticos. Durante
sus primeros años, impulsó obras públicas que perduran hasta hoy, como el
Capitolio de La Habana y la Carretera Central. Sin embargo, pronto reveló su
verdadera naturaleza autoritaria. Reformó la Constitución para perpetuarse en
el poder y desató una ola de represión contra todo aquel que se opusiera a su
gobierno. La tortura, los vejámenes y los asesinatos se convirtieron en parte
de la cotidianidad. Sus esbirros persiguieron, torturaron y asesinaron a
opositores y críticos desarmados con una saña inaudita.
El régimen machadista se caracterizó por su ferocidad
contra el movimiento obrero y estudiantil. Machado ilegalizó el Partido
Comunista de Cuba, fundado por Carlos Baliño y Julio Antonio Mella el 16 de
agosto de 1925. Clausuró la Universidad Popular José Martí y los gremios
sindicales. No contento con eso, planeó y envió sicarios a Ciudad de México
para asesinar al líder comunista y estudiantil Julio Antonio Mella, crimen
perpetrado el 10 de enero de 1929. También fueron asesinados el periodista
Armando André, los trabajadores canarios, falsamente acusados, y el líder
obrero Alfredo López, lanzado al mar con una barra de plomo estrangulando su
cuello. El cierre de la Universidad de La Habana, que se mantenía como faro de
acciones revolucionarias, fue otro de los golpes del tirano contra la educación
y el pensamiento libre.
El impacto del crac del 29 en Cuba sumió a la isla en una de las peores crisis económicas y de su historia. El desempleo se disparó, los precios del azúcar se hundieron y la miseria se extendió por todo el país. Las protestas y manifestaciones se volvieron cada vez más constantes y estridentes. El descontento popular creció ante la evidencia de que Machado, lejos de resolver la crisis, se aferraba al poder mediante el terror y la corrupción. La "política de terror, crímenes y saqueo del régimen proimperialista" había llevado a una situación insostenible que demandaba la salida del tirano.
El detonante final de la caída de Machado fue la huelga de
los trabajadores de ómnibus de La Habana, iniciada el 23 de julio de 1933 con
el auspicio de la Central Nacional Obrera de Cuba. Aquel paro fue como la
campanada que marcó el inicio de lo que también se llamaría la Revolución del
33. A la huelga de los choferes se sumaron otros sectores: trabajadores
portuarios, empleados públicos, obreros de la industria y el comercio. La
huelga se extendió rápidamente por toda la República, paralizando el
transporte, la industria y el comercio en todo el país.
La organización y dirección de la huelga general
revolucionaria estuvo a cargo de la Confederación Nacional Obrera de Cuba. El
principal artífice fue el prestigioso comunista Rubén Martínez Villena, quien
se había hecho cargo del movimiento obrero cubano tras el asesinato de Alfredo
López. Martínez Villena, sabiéndose ya incurable de la enfermedad que lo
aquejaba, regresó de un sanatorio en el Cáucaso soviético para consagrar sus
últimas energías a la huelga general que derrocaría a Machado. Su abnegación,
talento y coraje fueron decisivos para consolidar las organizaciones obreras en
aquellas convulsiones políticas y sociales.
El papel de los estudiantes universitarios fue igualmente
fundamental. El Directorio Estudiantil Universitario y el Ala Izquierda
Estudiantil se unieron a la lucha, sumando su energía y su idealismo a la causa
popular. Los estudiantes, herederos del legado de Mella, mantuvieron viva la
llama de la resistencia contra la dictadura. Junto a los trabajadores y los
comunistas, formaron el frente revolucionario que pondría fin al machadato. Las
manifestaciones estudiantiles y obreras se multiplicaron a pesar de la consigna
dada por Machado a sus fuerzas de orden público, las temibles
"brigadas" represivas.
El gobierno de Estados Unidos, alarmado por la situación,
decidió intervenir sin marines ni cañones, sino mediante la mediación del
embajador Benjamin Sumner Welles. Welles fue enviado con el fin de encontrar
una solución a la crisis, pero no contó con la combatividad de las
organizaciones revolucionarias. El 7 de agosto, Welles envió un cable alarmado
al secretario de Estado Cordell Hull: "La huelga general se ha extendido
ahora a toda la República. Todos los medios de transporte están paralizados. Los
empleados del Gobierno en los departamentos de Sanidad, Comunicaciones y
Hacienda se declaran en huelga". Washington comprendió la gravedad del
panorama y, ante la inminencia de la caída del régimen, instruyó a Welles para
que presentara un ultimátum a Machado.
La presión de las masas fue tan arrolladora que obligó al
imperialismo a exigir al ejército que desalojara de la presidencia a su antiguo
títere, ya inservible a los intereses de Washington. El dictador, acorralado,
no tuvo más remedio que huir. El 12 de agosto de 1933, Machado abandonó La
Habana en un avioncito con capacidad para seis personas y se exilió en Estados
Unidos. Su fuga precipitada puso fin a ocho años de dictadura, terror y
corrupción. La noticia de su caída desató el júbilo popular en las calles de La
Habana, pero también la violencia: el pueblo, celebrando el derrocamiento,
saqueó el palacio presidencial y quemó las casas de los colaboradores del
régimen.
La caída de Machado no fue, sin embargo, el final de la
lucha. Al día siguiente de la huida del tirano, dos buques de guerra
estadounidenses arribaron al puerto de La Habana para recordar la vigencia de
la Enmienda Platt. La Revolución del 33, que había comenzado con el
derrocamiento de Machado, continuaría su curso, aunque terminaría en
frustración. Pero el 12 de agosto de 1933 quedó grabado en la memoria histórica
de Cuba como una gran demostración de la fuerza de las masas, que determinó la
salida del poder de Machado y su gobierno. Los habaneros, con su huelga, sus
manifestaciones y su resistencia, habían tumbado a un tirano. Las ansias de
libertad y soberanía de los cubanos, sin embargo, tendrían que esperar hasta el
1 de enero de 1959 para fructificar plenamente.
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Gina Picart
JCDT


