La Habana colonial, puerta de entrada al Nuevo Mundo y joya del imperio español en el Caribe, ofrecía a los viajeros una imagen de opulencia y civilización que deslumbraba a quienes arribaban a su puerto. Nicolás Tanco Armero describía la ciudad como un lugar de "ciento cincuenta mil habitantes, con un comercio tan grande y de tanto movimiento, donde hay un lujo tan desmedido, donde el dinero corre como el agua". Sin embargo, tras esa fachada de riqueza se escondía una realidad mucho más sombría: las calles de la urbe estaban plagadas de mendigos, pordioseros y desposeídos que sobrevivían a duras penas en los márgenes de una sociedad profundamente desigual. La mendicidad, lejos de ser un fenómeno marginal, fue una constante en la vida cotidiana de la capital cubana durante todo el período colonial, moldeada por las estructuras económicas, raciales y sociales que caracterizaban al régimen.
Las causas de la mendicidad en La Habana eran múltiples y
estaban íntimamente ligadas al sistema colonial. La esclavitud, pilar de la
economía azucarera, generaba una masa de población desarraigada que, al ser
liberada o al huir de sus amos, quedaba sin medios de subsistencia. Los
esclavos emancipados, los negros y mulatos libres, así como los blancos pobres,
conformaban un amplio sector de la población que carecía de acceso a la tierra,
al trabajo estable o a cualquier forma de protección social. La estructura de
la ciudad amurallada, que concentraba el comercio y la riqueza en el centro
mientras los barrios extramuros crecían de manera desordenada, acentuaba aún
más las diferencias entre las clases sociales. La afluencia de inmigrantes
rurales, expulsados de sus tierras por la expansión de los ingenios azucareros,
incrementaba constantemente el número de desposeídos que mendigaban en las
calles de la capital.
Los mendigos de La Habana eran un grupo heterogéneo, aunque
las autoridades coloniales solían agruparlos bajo los calificativos de
"delincuentes, vagos y ociosos". Entre ellos se encontraban ancianos
incapaces de trabajar, mujeres abandonadas con hijos a cuestas, enfermos y
lisiados que no podían valerse por sí mismos, así como individuos sanos pero
sin empleo que habían caído en la pobreza extrema. La mendicidad femenina era
particularmente visible: las mujeres reclusas por mendicidad en la Casa de
Beneficencia eran objeto de anuncios públicos que establecían el procedimiento
para que los particulares pudieran acogerlas bajo su amparo. Los niños
andrajosos, dedicados a la mendicidad desde temprana edad, también poblaban las
calles de la ciudad, convirtiéndose en un espectáculo habitual para los
transeúntes. Algunos mendigos, para sobrevivir, combinaban la petición de
limosna con pequeñas actividades económicas: la venta de objetos encontrados en
la basura, el trabajo ocasional en cocinas o la recogida de desechos para su
posterior reventa.
La respuesta de las autoridades coloniales ante la
mendicidad fue ambivalente. Por un lado, existía una preocupación genuina por
la caridad y la asistencia social, inspirada en la doctrina católica y en las
ideas ilustradas que llegaron a la isla a finales del siglo XVIII. La Real Casa
de Beneficencia de La Habana, fundada el 8 de diciembre de 1794, se convirtió
en la principal institución encargada de velar por la instrucción de los mendigos
y niños huérfanos. Más tarde, en 1857, se inauguró el Asilo de Mendigos San
José en la Calzada de Belascoaín, y en 1858 el Asilo de Mendigos creado sobre
el Convento de Recoletos. Estas instituciones, sin embargo, estaban desbordadas
por la magnitud del problema y no lograban erradicar la mendicidad, sino apenas
paliar sus efectos más visibles.
Por otro lado, la administración colonial veía la
mendicidad como una amenaza al orden público y a la productividad económica. La
ideología dominante, que equiparaba el trabajo con la virtud y la ociosidad con
el pecado, consideraba a los mendigos como individuos peligrosos que debían ser
controlados y, en última instancia, disciplinados. Durante el gobierno de
Miguel Tacón (1834-1838), se introdujeron disposiciones severas para reprimir
la criminalidad y la vagancia. Los mendigos eran identificados como posibles
delincuentes, y se establecieron mecanismos para regular su movilidad y
forzarlos a trabajar. La presentación de una licencia para ejercitar la mendicidad
se convirtió en un requisito para aquellos que, por su incapacidad física o su
edad, no podían trabajar. Quienes mendigaban sin permiso o reincidían en la
mendicidad eran castigados con penas que incluían el ingreso en instituciones
de reclusión y la asignación forzosa a labores de servicio, construcción o
limpieza de la ciudad.
La mendicidad en La Habana colonial no era, sin embargo, un
fenómeno exclusivamente laico. Las órdenes religiosas, especialmente los
mendicantes como los agustinos, que llegaron a la isla en 1588, desempeñaron un
papel importante en la atención a los pobres. La limosna, concebida como una
obra de caridad cristiana, era una práctica habitual entre los fieles, y los
mendigos a menudo se congregaban a las puertas de las iglesias y conventos en
busca de ayuda. La imagen del mendigo que, a cambio de una moneda, obtenía el
privilegio de besar una estampa religiosa, como describe la viajera Eliza
McHatton-Ripley, refleja la profunda imbricación entre religión y mendicidad en
la sociedad colonial.
A pesar de los esfuerzos de las instituciones benéficas y
de la represión estatal, la mendicidad siguió siendo un problema endémico en La
Habana durante todo el período colonial. Las guerras de independencia de
finales del siglo XIX, con su secuela de destrucción y desplazamiento de
población, agravaron aún más la situación. La política de reconcentración de
Weyler, que arrojó a cientos de miles de campesinos a las ciudades, convirtió a
La Habana en un inmenso escenario de miseria donde la mendicidad alcanzó
proporciones catastróficas. Los mendigos, que ya eran una presencia familiar en
las calles de la capital, se multiplicaron hasta convertirse en una masa
informe de desposeídos que deambulaban por la ciudad en busca de un pedazo de
pan.
La mendicidad en La Habana colonial fue, en definitiva, el rostro más visible de una sociedad profundamente desigual, donde el lujo desmedido de unos pocos contrastaba con la miseria extrema de la mayoría. Las instituciones benéficas, la represión policial y la caridad religiosa fueron respuestas insuficientes ante un problema estructural que solo podía ser resuelto mediante una transformación radical de las bases económicas y sociales del régimen colonial. Los mendigos de La Habana, con sus harapos y sus manos extendidas, fueron testigos silenciosos de las contradicciones de un imperio que, aun en su ocaso, se negaba a reconocer la deuda que tenía con los más pobres. Su historia, apenas esbozada en los documentos de la época, es un recordatorio de que la opulencia de las ciudades coloniales se edificó sobre el sufrimiento de quienes no tuvieron voz ni voto en el reparto de la riqueza.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/06/la-reconcentracion-de-weyler-en-la.html
Gina
Picart
JCDT