A mí, para hablar con franqueza, el fútbol no me gusta. Lenta (eso dicen), cada día con menos luces en nuestros estadios y pocas alegrías en los últimos tiempos, lo mío sigue siendo la pelota. Sin embargo, se me hace imposible quedarme fuera de la euforia, el arrebato, ese entusiasmo contagioso y cuasi fanático que despierta la Copa Mundial de Fútbol.
Mi hijo, ah bueno, esos son otros 20 pesos. Él es,
obviamente, más hijo de su tiempo que de sus padres y “ahora, mami, lo mejor es
el fútbol”. Por más que le he dicho que mi 10 es Omar Linares, él insiste, y
más vale que me ponga a la moda, por suerte, existe Diego, con su amor por
Cuba, su tatuaje en la pierna de golear y “la mano de Dios” que jamás le habría
tendido al fascista de Trump, por suerte, puedo nombrarle a Maradona y asegurarle
que D10s es uno solo.
“No es política, mami, es fútbol”. Mi adolescente me ha
salido sabio, así que lo acompañé a aplaudir el triplete de Messi frente a
Argelia, defendiendo la camiseta auriceleste de Diego, fue una hombrada a los
38 años y sí, disfruté el grito interminable de gooooooolllllllllllll, que
apagó hasta el tin de esto y de lo otro que suele animar mi solar de Centro
Habana, a pocas cuadras del Parque Central, donde, por estos días, las pasiones
no se encienden por Industriales y Santiago, sino por selecciones con nombres
casi impronunciables como Virgil van Dijk (Holanda) o raramente sonoros como
Kylian Mbappé (Francia).
Y es que, a pesar de que la selección nacional cubana no
asiste a una cita mundialista desde el lejano año 1938, las calles de la Isla
se transforman por completo durante la Copa en una suerte de "adopción
futbolística" masiva. Sin un equipo propio al cual alentar en la cancha,
el cubano se apropia de camisetas extranjeras con una lealtad inquebrantable.
Las banderas de Argentina, Brasil, España, Alemania o Portugal comienzan a
colgar junto a las sábanas blancas de los balcones habaneros, las rejas de
Santiago de Cuba, los triciclos eléctricos que proliferan en una isla sitiada,
acosada, justamente desde una de las sedes del Mundial: Estados Unidos.
¡Otra vez te fuiste del tema, mamá! Me diría mi hijo
probablemente, pero, cómo no hacerlo si el bloqueo no deja que la gente pueda
ver los partidos, entre la escasés de combustible, cortes eléctricos y mala
cobertura de Internet, provocada por los propios apagones, de nada sirve que
Telerebelde pague los costosos derechos de transmisión cuando en la mayoría de
las casas los televisores permanecen en silencio.
Ah, pero aquí la gente siempre encuentra atajos: los que
pueden, se reúnen en bares, cafeterías, centros culturales y recreativos con
autonomía energética, el vecino con Ecoflow monta un estadio en la sala de la
casa y “radio patio”, les transmite a los del dominó, que botan gordas mientras
discuten, traguito por medio, los destinos probables del fútbol mundial.
Todo el mundo tiene su equipo y, dice mi barcelonista
favorito que yo debería “hinchar por alguno”. Ya sé, le respondo: estoy con
Irán. Mamá, vas a perder en la primera fase. Bueno, será en el el campo de
juego, porque de lo demás… en fin… olvidemos la política… mira, ya sé, le voy a
México, se lo debo a ese mujerón que ha tenido más coraje que toda la
masculinidad futbolística reunida y no nos ha dejado solos en nuestros peores
momentos. No tienes remedio, mami…
Así vamos discutiendo y recorriendo banderas, capitales,
ideas sobre la justicia y hasta pinceladas de cultura universal, siento que es
lo mejor que le ha dejado el fútbol a sus más jóvenes seguidores en Cuba, una
conexión con el mundo y cierta avidez de investigar, aprender, que muchas veces
no consiguen en el ámbito docente.
Otra ventaja es el poder de hacerlos soltar el móvil,
porque un “futbolero” cubano que se respete, no se conforma con ver los
partidos o jugar en el Nintendo, se quita los zapatos o echa mano a los más
viejitos y juega en el área deportiva del barrio o en la calle, las porterías
pueden ser sillas o mesas rotas, un par de piedras marcando la distancia o lo
que tengan a mano. Esa es la escena recurrente de estos días, una que desafía
cualquier intento de apagarnos, con la luz, la alegría, la energía vital de una
isla que ha aprendido a flotar en medio de tanto.
Cuando llega el Mundial, Cuba demuestra que Diego estaba
claro al elegir como segundo hogar este país donde la pasión no entiende de
fronteras geográficas ni de clasificaciones oficiales; se trata de la pura
alegría del juego, vivida con esa algarabía caribeña tan única, capaz de
convertir un partido a miles de kilómetros de distancia en una fiesta popular.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/06/cuba-liga-elite-de-beisbol-definidos.html
(Giusette
León García – CubaSí)
JCDT
