La Habana Vieja, con sus balcones de hierro forjado, sus plazas señoriales y el rumor incesante de la bahía, es un escenario que el viajero cree conocer. Pero bajo sus pies, oculto a la mirada distraída del turista y del propio habanero, se extiende un mundo paralelo: un inframundo de pasadizos sellados, cimientos olvidados y puertas que nadie ha abierto en más de un siglo. Mientras la luz del Caribe baña las fachadas coloniales, la ciudad guarda en sus entrañas los secretos de una geografía oculta que la arqueología apenas comienza a desentrañar.
El fenómeno de las casas tapiadas es uno de los misterios
más inquietantes del casco histórico. En calles como Obispo y Mercaderes,
puertas y ventanas aparecen selladas con ladrillos o piedras, pertenecientes a
viviendas en las que nadie ha podido entrar desde tiempos inmemoriales. La de
Mercaderes nº 115, por ejemplo, fue tapiada en 1867, tras un crimen pasional
que conmovió a toda la colonia. Estas fachadas ciegas son testigos mudos de
tragedias domésticas, epidemias y decisiones drásticas que la memoria oficial
ha preferido borrar. Cada muro sellado encierra una historia que nunca fue
contada.
Pero si las casas tapiadas son enigmas a la vista, los
túneles que corren bajo la ciudad son un universo de especulaciones y hallazgos
fragmentarios. En 2018, durante las excavaciones en la Plaza Vieja, los
arqueólogos sacaron a la luz un tramo de túnel de dos metros de altura, con
marcas de antorchas en las paredes. El análisis de carbón vegetal fechó su uso
entre 1650 y 1700. Lo más asombroso fue encontrar conchas marinas incrustadas
en la roca, lo que confirmaba que el pasadizo llegaba hasta la costa. ¿Era una
ruta de escape para los habitantes de la villa? ¿Un conducto para el
contrabando? Las preguntas se multiplican ante la ausencia de respuestas
definitivas.
Uno de los túneles más célebres conecta el Castillo de la Real Fuerza con el Palacio de los Capitanes Generales, un pasadizo que habría permitido a las autoridades coloniales moverse entre ambos edificios sin ser vistas. Pero el más sensacional de todos parece ser el de la Quinta de los Molinos, antigua residencia de verano de los Capitanes Generales, donde los georradares detectaron cavidades que desembocan en los acantilados del Malecón. La investigadora Marisol González, mientras trabajaba en el Castillo de la Real Fuerza, encontró evidencias documentales en el Archivo General de Indias: un informe de 1762 en el que el Gobernador de La Habana recomendaba «mantener en secreto los pasadizos B y C durante la toma inglesa». Estos debieron ser vitales para la defensa de la ciudad.
El convento de San Francisco de Asís también guarda sus secretos. En 2017, trabajadores de restauración hallaron una entrada oculta tras un muro del edificio. Uno de ellos contó bajo anonimato: «Solo alcanzamos a ver unos escalones que descendían en la oscuridad…». Horas después, la investigación se detuvo por falta de presupuesto. La historia de la Habana colonial, al parecer, se escribe tanto con lo que se descubre como con lo que se abandona.
Estos pasadizos no eran meras curiosidades arquitectónicas.
Cumplían funciones concretas: permitían el desplazamiento discreto de monjas y
sacerdotes, facilitaban la huida en caso de ataque pirata y, en más de una
ocasión, sirvieron como rutas de contrabando para burlar el férreo control
comercial del imperio español. La ciudad colonial, con su aparente orden de plazas
y calles trazadas a cordel, albergaba en su subsuelo una red de libertades
clandestinas que desafiaban el poder establecido.
El Callejón del Chorro, situado a un costado de la Plaza de
la Catedral, es otro de esos lugares donde lo visible apenas roza lo oculto.
Allí, una cabeza antropomorfa cuya boca es un surtidor es cuanto queda del
antiguo boquerón que servía de desagüe a la Zanja Real, el acueducto que desde
1592 canalizaba el agua desde el río Almendares hasta el corazón de la villa.
Los habitantes de La Habana colonial curaban su «agua gruesa y contaminada» en
vasijas de madera y barro que la hacían «fina y limpia». En torno a aquella
plazuela cenagosa, llamada después Plaza de la Catedral, se edificaron palacios
y se convirtió en escenario de fiestas deslumbrantes para la aristocracia
habanera. Pero el callejón recuerda que la belleza de la superficie se asienta
sobre cimientos de barro y esfuerzo.
Los arqueólogos han recuperado evidencias materiales que permiten reconstruir la vida cotidiana de quienes habitaron estos espacios. El análisis de fragmentos óseos, conchas y semillas carbonizadas extraídos de pozos de basura y letrinas del Centro Histórico revela no solo qué comían los habaneros, sino cómo vivían, comerciaban y se relacionaban. Cada hallazgo arqueológico es una página arrancada al olvido.
Sin embargo, el misterio persiste. ¿Cuántos túneles más
aguardan bajo las calles adoquinadas? ¿Qué historias encierran esas puertas
tapiadas que nadie se atreve a abrir? La Habana colonial, esa ciudad de luz y
sombra, de esplendor y miseria, sigue negándonos una parte de su memoria. Quizá
algún día, cuando la tecnología y la voluntad se pongan de acuerdo, podamos
descender a ese inframundo y escuchar, por fin, lo que los muros han callado
durante siglos.
Mientras tanto, el caminante desprevenido sigue recorriendo
las calles de La Habana Vieja sin sospechar que, bajo sus pies, un mundo
olvidado aguarda en la oscuridad. La ciudad colonial no es solo lo que vemos:
es también lo que oculta, lo que sella y lo que entierran los cimientos del
tiempo.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/07/las-aguas-ocultas-de-la-habana-colonial.html
Gina Picart Baluja
JCDT



