La Habana colonial no se explica solo por sus murallas, fortalezas o conventos. Bajo la superficie de la ciudad latía un sistema invisible de aguas: aljibes, pozos y cisternas que sostuvieron la vida cotidiana y marcaron la relación de los habaneros con el tiempo, la higiene y la memoria.
Desde el siglo XVI, la escasez de agua dulce obligó a los
vecinos a excavar pozos en patios y solares. El agua se almacenaba en aljibes
de piedra, cubiertos con bóvedas, que se convirtieron en símbolos de prestigio
doméstico. Tener un aljibe amplio era signo de poder, tanto como poseer
esclavos o muebles importados.
Los conventos y hospitales también dependían de cisternas.
El Hospital de San Felipe y Santiago, por ejemplo, tenía un sistema de canales
que recogía agua de lluvia para alimentar sus depósitos. La vida religiosa se
vinculaba así a la administración del agua: las monjas y frailes eran
guardianes de un recurso vital.
La llegada del acueducto de Fernando VII en el siglo XIX
transformó la ciudad, pero no borró la memoria de los aljibes. Muchos
permanecieron ocultos bajo casas coloniales, convertidos en reliquias de un
tiempo en que el agua era ritual. Beber de un aljibe era beber de la historia.
Hoy, rescatar esa red invisible permite entender que La
Habana colonial no fue solo piedra y murallas, sino también agua y subsuelo.
Los aljibes son archivos líquidos de la ciudad, testigos de la sed, la
abundancia y la resistencia.
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Gina Picart
JCDT
