El vómito negro y el cólera: así sobrevivía La Habana colonial a sus epidemias

Carlos J. Finlay. Foto: contraloria.gob.cu

La Habana colonial fue, durante más de tres siglos, un hervidero de enfermedades. El binomio formado por el hacinamiento, la falta de saneamiento y el constante tráfico de personas y mercancías convirtió a la ciudad en un caldo de cultivo perfecto para las epidemias. La fiebre amarilla, el cólera y la viruela diezmaron a la población en repetidas ocasiones, y la medicina colonial, con más voluntad que recursos, luchó contra enemigos invisibles que no lograba comprender.

La fiebre amarilla, conocida también como «vómito negro» por las hemorragias internas que tiñen de ese color el vómito y las heces, fue la epidemia más temida y persistente de la Colonia. Durante más de dos siglos (del XVII al XIX) asoló las zonas tropicales de América. Su llegada a La Habana se remonta a mediados del siglo XVII. En 1649, una epidemia desconocida acabó con cerca de la tercera parte de la población habanera. No era otra cosa que el vómito negro. En años posteriores, los brotes se repitieron con crudeza: 1652, 1654, 1658, y a lo largo de todo el siglo XIX se convirtió en una presencia endémica que solo en La Habana llegó a causar casi 7.000 muertes en una sola oleada.

En 1833, un nuevo azote golpeó la capital: el cólera, como parte de la segunda pandemia mundial. El primer caso se identificó en José Soler, un catalán recién llegado. El médico Manuel J. de Piedra fue el primero en diagnosticarlo, pero la población, aterrada, no le creyó. Fue apedreado en las calles y estuvo al borde de ser linchado. Sus vecinos le reprochaban no poder curar a los enfermos, y para protegerlo tuvo que contar con escolta policial.

La epidemia, que duró cincuenta y cuatro días, no distinguió entre clases sociales: afectó a negros y pobres, pero también a blancos y ricos. Entre las víctimas estuvieron monseñor Valera Jiménez, el pintor francés Vermay, el presidente de la Junta de Auxilios y el propio alcalde Carlos Pedroso y Pedroso. Se estima que el diez por ciento de la población habanera falleció por su causa. El médico Piedra, que inicialmente fuera repudiado, recibió luego un homenaje de desagravio. Cuando la epidemia lo amenazó a él, fue atendido por su colega Tomás Romay, y logró recuperarse.

Tomás Romay Chacón. Foto: Bohemia

La infraestructura sanitaria era precaria. El primer hospital de La Habana, llamado Hospital Viejo, se construyó en 1545 cerca del actual Palacio de los Capitanes Generales. Más tarde pasó a manos de la orden de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. Para los leprosos, entre 1663 y 1668 se construyó el Hospital de San Lázaro en la Caleta de San Lázaro. En 1744 se fundó el Hospital de San Ambrosio. Pero todos ellos, por falta de fondos, tenían pésimas condiciones, con charcos pestilentes, detritus por doquier y animales deambulando por los pasillos.

El Cabildo y la Iglesia administraban la salud. Los hospitales eran más centros de caridad y aislamiento que instituciones científicas. La medicina se sustentaba en autoridades clásicas como Hipócrates y Galeno, y se mezclaba con terapias aborígenes y africanas basadas en plantas. Los médicos más estables estaban asignados a las guarniciones militares, y no fue hasta bien entrado el siglo XVIII cuando la situación comenzó a cambiar.

En 1634 se fundó el Real Tribunal del Protomedicato de La Habana, la primera organización de salud pública no solo de Cuba, sino de toda la corona española. Este organismo, que se consolidó en 1711, controlaba el ejercicio legal de la medicina, la cirugía, la farmacia y hasta el oficio de comadronas. Examinaba y licenciaba a los profesionales. La llegada del cólera en 1833, sin embargo, evidenció la obsolescencia del Protomedicato, que fue cerrado y sustituido por nuevas juntas gubernativas de Medicina y Farmacia. Paralelamente, las Juntas de Sanidad se encargaron de las acciones epidemiológicas, y las Juntas de Beneficencia, de la atención hospitalaria.

A pesar de las carencias, la medicina cubana tuvo figuras notables. El primer médico que ejerció en Cuba fue Domingo de Arpartill en Santiago de Cuba en 1517. En La Habana, el barbero y cirujano Juan Gómez ejerció desde 1552. En el siglo XVII destacó el doctor Lázaro Flores y Serrano, autor del primer libro científico escrito en Cuba: Arte de navegar.

Pero la figura más relevante del periodo fue Tomás Romay Chacón (1764-1849). Considerado el primer higienista cubano, introdujo una visión científica de los problemas de la medicina e impulsó la campaña de vacunación antivariólica. En 1804, en plena epidemia de viruela, Romay practicó las primeras vacunaciones en La Habana.

Ya en el umbral del siglo XX, el médico cubano Carlos J. Finlay (1833-1915) dio el golpe definitivo a la fiebre amarilla. En 1881 presentó ante la Real Academia de La Habana su hipótesis: el agente transmisor era la hembra del mosquito Aedes aegypti. Sus investigaciones, inicialmente recibidas con escepticismo, condujeron a campañas de eliminación de criaderos que lograron erradicar la fiebre amarilla de La Habana entre 1902 y 1904.

La historia de las epidemias en La Habana colonial es la crónica de una ciudad que aprendió a vivir con la muerte. Durante siglos, la población convivió con el miedo al vómito negro y al cólera, con hospitales que eran más refugios de caridad que centros de curación, y con una medicina que avanzaba a trompicones entre la tradición clásica y los saberes populares. Pero también es la historia de los primeros pasos de la salud pública en América, del surgimiento de instituciones como el Protomedicato y, sobre todo, del genio de hombres como Romay y Finlay, que convirtieron a Cuba en un referente mundial en la lucha contra las enfermedades infecciosas. Un legado que, más de un siglo después, sigue siendo motivo de orgullo para la isla.

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Gina Picart Baluja

JCDT

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