Cuando el juego se achica y la ventaja peligra, el lanzador habanero Frank Herrera sube al montículo y, en la Liga Profesional de Béisbol de China, ha hecho del octavo inning un departamento de silencio para los bateadores oponnetes.
No es ese cerrador que recibe el último rugido del estadio
ni aquel que se queda con la fotografía definitiva después de una victoria,
pero antes de esa escena suele aparecer con una misión que no admite
distracciones: preservar la ventaja para entregársela intacta al hombre del
noveno.
En el béisbol moderno, esa faena tiene nombre propio: hold;
es una estadística sin el brillo popular del salvamento, aunque muchas veces
contiene la verdadera bisagra del triunfo.
El relevista entra con su equipo delante y sale sin que el
marcador se mueva en contra, y Herrera ha aprendido a habitar ese espacio de
tensión y a convertirlo en rutina.
Con los Dragones de Beijing, dirigidos por el cubano
Noelvis González y reforzados por otros siete peloteros de la isla, el derecho
habanero ha encontrado una nueva dimensión de ese oficio; en 11 entradas y dos
tercios no ha permitido carreras, limita a los rivales a un promedio ofensivo
de apenas 100 y suma cuatro holds, líder del torneo en esos departamentos.
No son números que hayan nacido de la casualidad ni de un
campeonato menor, como algunos se apresuraron a etiquetar desde lejos; Herrera
llegó a Asia luego de una buena experiencia en Italia, y de los Juegos
Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo, con confianza física, pero
también con la incertidumbre natural de quien debía descifrar bateadores
desconocidos, una cultura nueva y un cambio horario “brutal, bastante fuerte”.
La primera impresión no tardó en despejar cualquier
prejuicio: “Es una liga de muchísima calidad, generalmente de pitcheo y
defensa. Los bateadores son muy buenos conectando la recta”, explica el
serpentinero, quien cumplirá 34 años en octubre y ya carga siete Series
Nacionales con Industriales, tres temporadas en el béisbol italiano y la
cicatriz de una cirugía Tommy John que, lejos de apagarlo, afinó su comprensión
del montículo.
No se parece la Liga Profesional de Béisbol de China a una
travesía turística para los cubanos; en cuatro de sus seis equipos hay
exjugadores de Grandes Ligas y a buena parte de los latinoamericanos llegó
después de transitar por organizaciones del sistema de MLB, un dato que ayuda a
medir el reto de Herrera y sus compatriotas.
Los marcadores ajustados, muchos resueltos por una carrera,
revelan una competencia de pitchers con control y dominio de los envíos
secundarios, donde ningún bateador regala un turno ni una recta pasa
inadvertida.
Por eso el octavo inning adquiere allí el valor de un
puente suspendido; el abridor suele trabajar cinco capítulos y detrás aparece
una cadena de relevistas, uno por entrada, hasta el noveno; Noelvis González
tiene esa arquitectura bien definida en Beijing y Herrera ocupa una de sus
columnas centrales.
Su papel no consiste solamente en tirar strikes, pero
prefiere el ponche, incluso si ese impulso lo lleva a extender los conteos más
de lo aconsejable, porque su mentalidad, confiesa, suele inclinarse hacia la
eliminación absoluta.
“En esos finales de partidos un ponche siempre es bien
importante para mí”, sostiene; la lógica es sencilla y feroz: la pelota que no
entra en juego no encuentra guantes inseguros, rebotes caprichosos ni bases
extras; en la recta final de una victoria, el ponche puede ser la forma más
limpia de cerrar una puerta.
Esa serenidad no siempre estuvo en su arsenal, hubo un
tiempo en que una mala salida arrastraba la siguiente, cuando el recuerdo de un
batazo o de un inning torcido pesaba más que el próximo envío.
La madurez, el recorrido y las muchas jornadas repetidas
bajo presión cambiaron esa ecuación; ahora entiende que no todos los días la
velocidad responde igual, que en ocasiones deberá sobrevivir con rompimientos y
en otras con la bola rápida, pero que ninguna salida defectuosa tiene derecho a
definir la siguiente.
“Mi cuerpo es mi empresa, mi brazo es mi trabajo”, afirma
Herrera, consciente de que cada sesión de gimnasio, cada descanso y cada
alimento forman parte de un contrato íntimo consigo mismo y con su familia.
El precio de esa profesionalidad está lejos de ser
abstracto; Herrera ha pasado siete u ocho meses fuera de Cuba, llegó de Italia,
vio a su hijo apenas un día antes de viajar a República Dominicana y después
emprendió la ruta hacia el gigante asiático; se perdió el comienzo del primer
grado del niño, una ausencia que duele más que cualquier conteo adverso, pero
que asume como parte de la búsqueda de un futuro mejor para los suyos.
En Beijing, el béisbol no termina al caer el último out; la
organización incluye puntualidad rigurosa, conferencias de prensa, firmas de
autógrafos, encuentros para fotografías y una relación constante con los
patrocinadores; los jugadores participan en acciones promocionales que
convierten su rendimiento deportivo en imagen pública y valor comercial.
El diestro natural del municipio Plaza de la Revolución
observa esa maquinaria con ojos de pelotero y también de ciudadano de un
deporte que aspira a crecer.
Para él, profesionalidad no equivale solo al salario;
implica que nadie tendrá que recordarle al atleta la hora de levantarse,
entrenar, descansar o cuidar el cuerpo; la libertad de un contrato exige, al
mismo tiempo, disciplina individual.
“Si usted no va a su gimnasio, usted en el juego de pelota
no va a poder rendir”, resume.
La adaptación ha tenido su lado cotidiano; el inglés le
permite comunicarse con jugadores chinos, taiwaneses, japoneses y coreanos,
mientras tres traductoras apoyan al equipo en los momentos necesarios; la
comida, picante por tradición y por la creencia local de que atrae la buena
suerte, fue un desafío inicial para los cubanos, aunque el hotel de cinco
estrellas y la atención permanente han suavizado la distancia entre La Habana y
Beijing.
Mientras tanto, Industriales permanece en el horizonte; los
azules, campeones de la Liga Élite, elevaron la exigencia de una afición que no
suele conceder treguas.
Herrera habla de unidad, de un cuerpo de lanzadores
talentoso y de una generación que ha rondado el podio en Series Nacionales,
pero a la que ya solo le sirve el primer lugar; en La Habana, dice, el objetivo
no podría ser otro que pelear por el título nacional.
En China, sin embargo, el presente cabe en una entrada;
cuando el reloj del juego se acerca al noveno, Frank Herrera toma la pelota,
mira la ventaja como quien custodia una llama en medio del viento y se dispone
a hacer lo suyo: dejar el partido listo para que otro lo cierre, aunque todos
sepan que muchas victorias empiezan a asegurarse en sus manos.
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(Boris
Luis Cabrera - ACN)
JCDT –
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