Los medios audiovisuales han contribuido grandemente a una evolución acelerada en la manera de contar; revolucionan todo el tiempo y adiestran al público en el manejo de nuevas estructuras y formas, los hacen mucho más aguzados y atentos. Sin embargo, ¿por qué son tantos quienes plantean que no les gusta, entienden, o simplemente les aburre nuestra narrativa actual?
Audiovisual y
literatura son soportes con lenguajes diferentes, y eso invalida una
comparación de estricta equivalencia.
Los audiovisuales
están concebidos por igual para el disfrute grupal en el cine o la vivienda
familiar, y para el solitario encerrado en su cuarto, mientras que la
literatura es un producto de consumo individual.
La masividad
tiene una incidencia atendible sobre la formación del gusto estético de los
individuos porque, en el reino de la imagen, la percepción tiene lugar y se
modifica con más rapidez que en el reino de la palabra escrita.
La imagen
trasmite información de manera holística, mientras que el lenguaje lo hace de
manera lineal y, por tanto, más lentamente. Las personas más jóvenes han
crecido viendo programas con la estética del video clip, y el ritmo de sus
vidas es también más acelerado, pues la modernidad se caracteriza por eso
precisamente. Por ello, el tempo secuencial de la palabra escrita les parece
aburrido.
Además, hoy las
personas son adictas al audiovisual, en detrimento de la lectura. Cada día la
tecnología hace que haya menos lectores en el mundo, o al menos en Occidente.
Y no es tan
simple la cuestión como para asegurar que los audiovisuales creen un tipo
humano más aguzado y atento. En mi opinión, aceleran la atención a costa de
fragmentar la percepción y, sinceramente, yo no veo la ganancia.
Ahora, la
cuestión del aburrimiento de los cubanos ante nuestra narrativa actual no se
explica en modo alguno por cualquier razonamiento o causa relacionados con el
audiovisual, ya que, si este les gusta tanto y los mejora como receptores,
entonces debería entusiasmarlos una narrativa cada día más experimental que
cada día quiere parecerse más al audiovisual.
Todo pudiera
deberse a una razón mucho más simple: asumiendo que se valga generalizar con
fines operativos, yo digo que la narrativa cubana actual se está escribiendo y
publicando demasiado vertiginosamente, al menos la de las últimas promociones,
y abundan escritores apenas formados como tales y aún no se encuentran maduros
para publicar obras de auténtica valía; pero están publicando, están inundando
las editoriales con las obras con que obtienen premios en concursos de
provincias, una auténtica marea de sargazos.
Hay como una
fiebre que hace que miles de personas de repente quieran
ser escritores; habría que hacer una investigación sociológica para averiguar
qué está provocando esta súbita acreditación del gremio.
A esto se suma el
hecho de que las instituciones no dan muestras de poseer mecanismos de
selección adecuados, y el resultado es esa narrativa que suscita rechazo en los
lectores.
Otro factor que
quisiera mencionar es que los escritores de las últimas promociones provienen
en cifra importante de universidades y talleres literarios donde se atiborran
de teoría, que luego quieren llevar a su narrativa: confusión fatal.
Y hay aún otra
razón: la insularidad, la maldita circunstancia del agua por todas partes —como
diría Virgilio Piñera—, que nos mantiene al margen del flujo cultural mundial, lo
que ayuda considerablemente a aumentar la confusión que los escritores cubanos,
con su alma tan gregaria, se traspasan mutuamente, y de ello se deriva, desde
luego, un modelo autóctono de escritura.
Pero también se
han publicado excelentes novelas; ahora mismo estoy recordando La soledad del
tiempo, de Alberto Guerra; Ánima Fatua, de Anna Lidia Vega Serova; Desde los
blancos manicomios, de Margarita Mateo, que obtuvo el premio Carpentier y de la
Crítica, y Fake y Las potestades incorpóreas, de Alberto Garrandés. Pero no son
las únicas. (Gina Picart. Foto: La Jiribilla)
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