| Carnavales en La Habana Colonial y Republicana. Foto de Internet |
Los habaneros hoy solemos hablar de estas fiestas navideñas como el único evento de Fin y comienzo de año, pero esto, en realidad, es consecuencia de la memoria que el tiempo va borrando, pues también en estos días se celebraban los carnavales, que luego fueron movidos en el calendario.
Como consecuencia, solo los habaneros que ya cargamos años recordamos algo de aquella celebración que tanto gustaba en la ciudad y era tan llena de vida, música, alegría y colorido, no solo por el entusiasmo que siempre despiertan las máscaras y los disfraces, los paseos, los bailes, sino por un elemento siempre muy esperado por todas las razas que habitaban la ciudad: las comparsas.
Nacidas en la Habana colonial, tuvieron su origen en las mismas celebraciones cristianas, pero... solo para encubrir una verdad demasiado obvia y difícil de aceptar para la sociedad de entonces: eran la representación de los cabildos negros de la ciudad.
Los cabildos, llamados de nación porque cada uno agrupaba a africanos de algún reino o región del continente natal, tenían un rey y una reina, y la verdad es que las reinas eran más poderosas que los reyes, más respetadas, temidas y obedecidas. Por ejemplo, estaba el cabildo de Changó Teddum, el de los congos, carabalíes, lucumíes..., cada uno tributando a la divinidad de su zona de procedencia africana. Funcionaban en casas específicamente usadas para tal fin o hasta en domicilios particulares, y allí se preservaban las lenguas, las tradiciones las diferentes religiones de sus miembros y, un detalle interesante, también diversos estilos de cocina.
Si mal no recuerdo, en la gran novela cubana Cecilia Valdés, del habanero Cirilo Villaverde, José Dolores Pimienta, el mulato libre y eterno enamorado de Cecilia, pertenecía al cabildo de Changó Teddum.
Pero los cabildos de nación eran también asociaciones de ayuda, sus miembros se apoyaban, donaban para un fondo colectivo que beneficiaba no solo a las necesidades del cabildo, sino también a las de viudas, enfermos y, en no pocas ocasiones, ese fondo compró la libertad de hombres, niños y mujeres esclavos.
Podían pertenecer no solo libertos, sino también esclavos, y mulatos libres, aunque estos últimos eran mirados siempre con cierta reserva, debido a las relaciones de trabajo (José Dolores era un sastre y músico reputado), amistad o casamiento que solían sostener con los criollos y españoles.
En los carnavales habaneros, donde los esclavos tenían permitidas algunas de sus expresiones culturales nativas, había una figura muy singular que, recuerdo, asustaba no solo a los niños blancos, sino hasta a los adultos.
Era el célebre Diablito, icono de la misteriosa e intimidante secta ñáñiga oriunda de la región del Calabar, en Nigeria, con su máscara de arpillera que infundía espanto, y su baile violento y sorpresivo, absolutamente ajeno al lenguaje corporal de españoles y criollos blancos.
Cuando el Diablito saltaba cerca de las barreras que separaban la comparsa de la multitud y se acercaba demasiado al público, la gente retrocedía impactada y con sustico en el pecho. por la relación de trabajo, amistad o casamiento que solían sostener con los criollos y españoles.
También estaba siempre presente la figura de una anciana conga, quien abría el paso de la comparsa con un tocado generalmente amarillo o azul y un enorme tabaco en los labios.
Caminaba despacio, acompasadamente, exhalando el humo sobre la concurrencia con una sonrisa enigmática y en ocasiones burlona. Sobre su pecho relucían muchos collares de cuentas de colores y de oro y coral.
Cada cabildo llevaba su propio estandarte, sus enigmáticos tambores, atabales y cánticos, y vestían disfraces o elementos simbólicos y recreaban danzas de sus tierras de origen.
Hay que decir que existía rivalidad entre los cabildos, y en 1912 tuvo lugar una reyerta violentísima entre dos comparsas, lo que provocó represión por parte de las autoridades de la naciente república, pero en 1937, gracias en buena parte a la presión del reconocido y muy respetado etnólogo habanero don Fernando Ortiz, se eliminaron las restricciones impuestas y el esplendor africano volvió en toda su vitalidad a llenar las calles de los desfiles carnavalescos.
Décadas más tarde, el carnaval vio florecer en sus calles carrozas y comparsas no solo de linaje africano, sino de los chinos, yo recuerdo una con un espléndido dragón que movía su enorme cabezota y me hacía llorar de miedo, pero también recuerdo, ya a finales de los años 50, que formaban parte del desfile carrozas de instituciones y centros de trabajo.
Por ejemplo, eran bellísimas las de Tropicana, con sus mulatas de fuego que lanzaban confetis y serpentinas al público sin dejar de bailar con gran sensualidad, y la de la Terminal de Trenes, que llevaba una locomotora.
Mi madre trabajaba en la Terminal de Trenes, y me llevaba a ver cómo escogían a las jóvenes más bellas del ramo para que adornaran la carroza. Recuerdo también que vestían trusas con lentejuelas y tocados incrustados con pedrería brillante de cristal que centelleaba a la luz de las farolas de El Prado y El Malecón.
Un año la escogieron a ella también, pero mi papá se opuso terminantemente por lo diminuto del vestuario. Hubo una gran discusión en mi casa y algunas lágrimas.
El tema de los carnavales habaneros de la colonia y la república es muy rico, pero da para mucho. Solo me propongo iluminar un poco con mis recuerdos las sombras de olvido que caen sobre todo pasado en la Historia del mundo. Para eso trabajan el historiador y el cronista.
Por Gina Picart
SST- JCDT