Los guardasemáforos: Los directores de Orquesta olvidados del caos habanero

Semaforo
Foto tomada de CubaSi

El cruce de Galiano y San Rafael, un mediodía de 1928, era una sinfonía desbocada de cláxones, chasquidos de látigos, relinchos y pregones. 

Entre el hormigón y el asfalto ya caliente, un tranvía chirriante intentaba abrirse paso entre una fila de automóviles Hudson y Essex de brillantes capotas, mientras carretones de reparto y algún que otro carruaje añejo completaban un cuadro de movilidad al borde del colapso.

 En el centro de ese torbellino, elevada sobre una plataforma de hierro y protegida por una pequeña garita de madera y cristales, la figura de un hombre uniformado operaba con serenidad militar una palanca metálica. Su mirada, escrutando cada flujo, era la única que parecía comprender el conjunto.

 Con un movimiento preciso, accionaba el mecanismo y, en la cúspide del poste, un disco de color rojo ardiente se transformaba en un verde esperanzador. 

Era el guardasemáforo, el piloto invisible, el director de esa orquesta urbana cuyo instrumento era el tráfico creciente de una Habana que se modernizaba a marchas forzadas. Su garita, una especie de faro terrestre, era el cerebro desde el que se gobernaba el ritmo cardíaco de la esquina.

La explosión del parque automotor en la década de 1920 había convertido las calles del centro en un campo de batalla. Los tranvías eléctricos de la Havana Electric Railway, con sus horarios fijos, se enfrentaban a la libertad errática de los automóviles, símbolo máximo de la prosperidad republicana. 

Los accidentes eran noticia cotidiana y la policía, desbordada, necesitaba una solución más ingenieril que punitiva.

 La respuesta vino de la tecnología importada: los semáforos, primero de tipo manual y luego automáticos, comenzaron a llegar desde Estados Unidos. 

Pero la máquina por sí sola era tonta; requería de un operario que interpretara el ritmo de la ciudad, que adaptara los intervalos a la hora del día, a la afluencia de compradores en los grandes almacenes como El Encanto o Fin de Siglo, o al éxodo vespertino hacia los barrios residenciales.

 Así nació este oficio singular, un híbrido entre un trabajador de la compañía eléctrica y un agente del orden público. Su reclutamiento buscaba hombres serenos, de reflejos rápidos y temple a prueba de gritos e improperios, capaces de soportar jornadas de ocho horas bajo el sol o la lluvia, encerrados en su cabina de cristal.

La vida del guardasemáforo transcurría en una burbuja de observación privilegiada. Desde su atalaya, conocía los hábitos de los choferes de taxi más audaces, el recorrido del panadero matutino, la hora exacta en que la modista de la esquina salía a almorzar.

 Establecía una relación peculiar con los vendedores ambulantes: un gesto de cabeza podía significar el momento seguro para cruzar con su caja de maní o sus periódicos. Los niños le miraban con fascinación, como si fuera el maquinista de un tren vertical. 

Su uniforme, a medio camino entre un técnico y un militar, le confería una autoridad técnica incuestionable. 

Las anécdotas se acumulaban: la vez que detuvo todo el tráfico para que una anciana con sus paquetes cruzara con calma, el día que su intervención rápida evitó un choque frontal entre un camión de cerveza y el coche fúnebre de una figura política, o los constantes piropos que coreografiaba hacia las secretarias que pasaban rumbo a las oficinas de la Manzana de Gómez. 

Su decisión era ley en esos metros cuadrados de confluencia; era el árbitro de un juego cuyas reglas escribía él mismo, minuto a minuto, con el movimiento de su palanca. Sin embargo, el progreso que lo había creado terminaría por borrarlo del paisaje. 

A finales de los años 30 y principios de los 40, los sistemas de semáforos automáticos, con sus intervalos de tiempo preestablecidos, se volvieron más confiables y económicos. 

La garita del guardasemáforo empezó a verse como un relicto, un elemento estático en una ciudad que quería fluir sin pausas humanas.

 Su desaparición no fue abrupta, sino un lento desvanecimiento. Algunos fueron reabsorbidos por las compañías de servicios eléctricos, otros simplemente quedaron sin oficio. 

La figura que los sustituyó en el control directo del tráfico fue, irónicamente, mucho más humana y visible: el policía de tráfico, el famoso “Pepe”, con su silbato y sus ademanes coreográficos, ocupó el centro de la intersección.

 El “Pepe” representaba la autoridad del Estado, no la eficiencia técnica. Las garitas, vacías y oxidadas, fueron desmontadas una a una, vendidas como chatarra o simplemente olvidadas, hasta que el imaginario colectivo las perdió por completo.

Hoy, atrapados en los eternos tapones del Vedado o del Malecón, bajo el hipnótico parpadeo de luces automatizadas que a menudo ignoran nuestro desespero, uno puede echar de menos, románticamente, aquella figura anónima en su garita. 

Alguien que, con criterio y contexto, decidía cuándo dar paso, cuándo detener. 

El guardasemáforo fue la última expresión de un control artesanal sobre la mecanización incipiente, un puente entre el policía que gritaba órdenes y el chip de silicio que las ejecuta sin piedad. 

Su desaparición marca el momento en que la ciudad renunció a un ritmo interpretado para someterse a un ritmo programado.

Quizás, en el fondo, no extrañamos al hombre con su uniforme, sino a esa posibilidad de que alguien, en medio del caos, tuviera la capacidad y la humanidad de pulsar el botón de “pausa” aunque fuera por treinta segundos, para permitirnos a todos respirar. Su legado es invisible, como lo fue su oficio, pero quedó fundido en el metal de los postes que aún siguen, ciegos y sordos, dirigiendo nuestro pulso colectivo.

Por Gina Picart 

SST -JCDT 

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