Cuando los norteamericanos se fueron en 1902, después de esa primera intervención que olió a pólvora y a negocio, La Habana se quedó mirándose al espejo.
Era una ciudad hermosa, sí, con sus columnatas y sus callejones de piedra, pero con una mezcla de orfandad y esperanza que le cambiaba la luz. Y entonces, como si alguien hubiera dado la orden, los habaneros decidieron que había que vestirse de nuevos sueños.
Los ricos del azúcar, los que habían hecho plata rápida vendiendo dulzura al norte, empezaron a comprar terrenos en el Vedado. Y levantaron casas que eran pura fantasía. Un día amanecía un palazzo veneciano con columnas que nunca habían visto el canal grande, y al otro, una mansión con torreones de castillo francés, pero con persianas de cedro para que entrara la brisa del Caribe. Los arquitectos, que habían viajado o estudiado por correo, mezclaban todo sin vergüenza: un capitel corintio aquí, una vidriera con palmas reales allá. Era el eclecticismo, pero en criollo.
Las rejas de hierro forjado, esas que todavía pueden verse en algunas casonas de Línea, las dibujaban herreros gallegos que habían aprendido el oficio en Vigo y lo perfeccionaron en Centro Habana. Y la madera, ay, la madera: caoba, cedro, ácana, trabajada por manos que sabían que la humedad y el comején eran enemigos a vencer con barnices y paciencia.
Pero los años pasaron, y la ciudad se fue poniendo geométrica. Llegaron los locos años veinte, los treinta con su ritmo de rumba y bolsa, y La Habana descubrió el Art Decó.
De repente, las casas ya no querían parecer catedrales, querían parecer barcos, transatlánticos anclados en El Vedado.
Los edificios de apartamentos, esos que todavía hoy tienen ese aire de película en blanco y negro, se llenaron de líneas rectas, de zigzags que imitaban el sol, de ventanas en esquina que parecían ojos de vidrio.
Las rejas se volvieron más elegantes, más abstractas, como si el hierro aprendiera a bailar sin hacer ruido. Y no solo los ricos: la clase media, esa que crecía con el empleo público y el comercio, también quiso su pedazo de modernidad. Por cada mansión del Country Club, había diez edificios en Centro Habana o en Santos Suárez con detalles decó en las fachadas: un bajo relieve aquí, una puerta de granito allá, un vestíbulo con lámparas de bronce que todavía alumbran escaleras de granito.
Y entonces, justo cuando parecía que ya no podía haber más, llegó lo mejor. Los años cincuenta.
La Habana se volvió loca de verdad, pero de esa locura sabia que tienen los que saben que el tiempo se acaba. Los arquitectos jóvenes, los que habían visto a Le Corbusier y a Mies, pero que también habían crecido con el rumor de las palmas y el calor de la siesta, inventaron algo nuevo: el modernismo caribeño. Dejaron de copiar y empezaron a crear.
Max Borges levantó el Tropicana, sí, pero también hizo casas particulares donde las losas de hormigón volaban sobre el jardín como si quisieran flotar.
Los parasoles, esas celosías de cemento que tamizan la luz, se convirtieron en la firma de una generación. Las casas se abrieron al patio, a la piscina, a la ceiba centenaria que ya estaba antes de que pusieran la primera piedra. Las ventanas ya no eran agujeros en la pared, sino paredes enteras de cristal que borraban la frontera entre el adentro y el afuera. ¡Qué hermoso!
Hoy, cuando camino por El Vedado y veo esas casonas con los vitrales rotos y las columnas descascaradas, me pregunto quiénes vivieron allí. Qué fiestas vieron esos pisos de mosaico, qué amores se juraron bajo esas rejas, qué niños jugaron en esos patios donde ahora crecen yerbas.
La Habana republicana no fue solo política y mambises y políticos con sombrero. Fue un sueño de cemento y madera, de hierro y vidrio, de familias que querían vivir con belleza. Y aunque muchas de esas casas hoy son escuelas, oficinas o ruinas elegantes, todavía guardan, entre sus grietas, la memoria de un tiempo en que La Habana fue el laboratorio de un sueño: vivir en el trópico con la elegancia del mundo, pero con el alma cubanísima del que sabe que la mejor arquitectura es la que deja pasar la brisa.
Hoy, los municipios más interesantes donde la arquitectura debería reflejar mejor las mudas espirituales y temporales de la capital cubana, tienen más ruinas que inmuebles capaces de contar su historia.
Podríamos decir que todo está destruido, como alguien afirmó en un foro de internautas, y sería mentira, porque aún pueden verse construcciones bonitas, elegantes, graciosas, robustas... incluso donde el caminante menos espera hallarlas.
Pero si insistimos en afirmar que La Habana sigue siendo la reina coronada que siempre fue, estaríamos mintiendo también.
Hoy, La Habana es una reina sobre la que han pasado décadas de escasez, negligencia, desidia, abandono, erosiones climáticas y malas decisiones de gente que construyó o reformuló viviendas sin el concurso de arquitectos, siguiendo su propia inspiración o de acuerdo con los recursos a su alcance, como es el caso de la famosa Casa del Alemán, donde el Vedado elegante vio celebrarse las célebres juevinas de los hermanos Loynaz, que reunieron a lo mejor y más brillante de la intelectualidad de la época.
El resultado ha sido una serie de inmuebles de corta vida que han caído llenos de filtraciones, paredes rajadas, balcones en estática milagrosa, techos que se derrumban sobre sus moradores o un primer piso que nadie comprende cómo se sostiene todavía sobre un grupo de columnas con corazón de acero, mientras en el espacio que quedó vacío florecen vertederos llenos de moscas y roedores, y hay pintadas en los muros vecinos que hablan a los paseantes en un idioma que no dice nada y dice todo. No solo el rostro de la vieja reina exhibe costras y arrugas, sino que su corona cayó y se deshace en el polvo y el agua negra de los baches.
Por Gina Picart
SST- JCDT