La huelga que derribó a un tirano: El movimiento cívico de 1933 contra Machado

Foto tomada de Internet 

A finales de julio de 1933, un silencio ensordecedor se apoderó de La Habana. Los tranvías permanecían inmóviles en sus rieles, los muelles del puerto estaban vacíos y las fábricas, con sus chimeneas apagadas, parecían gigantes dormidos. 

El bullicio habitual de la capital se había transformado en una quietud tensa y revolucionaria. Era la huelga general más poderosa que había vivido Cuba, una insurrección cívica que, en apenas tres semanas, logró hacer lo que años de balas y conspiraciones no habían conseguido: derrocar a la férrea dictadura de Gerardo Machado. Este movimiento, que trascendió a partidos y sindicatos para convertirse en un levantamiento popular espontáneo, demostró que cuando la sociedad civil encuentra su unidad, puede ser la fuerza más contundente frente a la tiranía.

Para entender la magnitud de este logro, hay que volver al contexto de terror en el que se gestó. Machado, inicialmente recibido como un "Presidente de la Prosperidad", había endurecido su régimen de forma brutal a partir de 1928. Su respuesta a cualquier disidencia era la violencia descarnada: la policía y su grupo paramilitar, "La Porra", secuestraban, torturaban y asesinaban a estudiantes, obreros e intelectuales. Los cuerpos de las víctimas aparecían mutilados o se lanzaban al mar con pesos atados, creando un clima de pánico generalizado. 

Machado creía haber estrangulado toda oposición organizada. Sin embargo, su propia brutalidad fue el detonante que unió a sectores de la sociedad que antes estaban divididos. La gota que colmó el vaso fue el asesinato del dirigente estudiantil Rafael Trejo en 1930 durante una manifestación. Su muerte galvanizó a una generación y señaló que la lucha ya no era solo política, sino moral y de supervivencia.

La chispa final que encendió la huelga no fue encendida por un líder único, sino por una coyuntura económica desastrosa. La Gran Depresión de 1929 había destrozado el precio del azúcar, el sustento de la isla. El desempleo masivo, la pobreza extrema y la corrupción gubernamental crearon un polvorín social. En este escenario, un grupo de organizaciones dispares comenzó a tejer una red de resistencia única. 

El Directorio Estudiantil Universitario (DEU), joven, valiente y radicalizado, se convirtió en la conciencia moral y en el principal agitador de la calle. Por otro lado, la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), de tendencia comunista, poseía la capacidad de paralizar el aparato productivo. Un elemento crucial y a menudo subestimado fue el papel de las asociaciones de profesionales y pequeños comerciantes (como la Asociación de Colonos o el Colegio de Abogados), hartos de la crisis y de la arbitrariedad del régimen. A pesar de sus profundas diferencias ideológicas, estos grupos encontraron un enemigo común y un objetivo mínimo compartido: "¡Abajo Machado!".

La huelga estalló de forma semi-espontánea el 4 de agosto de 1933, tras un llamado del DEU. No fue una huelga planificada al detalle, sino un estallido de rabia acumulada que se propagó como un reguero de pólvora. Los obreros azucareros, los ferroviarios, los conductores de tranvía y los estibadores del puerto fueron los primeros en plegarse. 

Pero el verdadero poder del movimiento radicó en que trascendió el ámbito obrero. Se sumaron empleados de comercio, telefonistas, periodistas de algunos diarios y hasta cocheros. La ciudad se paralizó. Machado respondió con más violencia, declarando la ley marcial y enviando tanques a las calles, pero era como intentar apagar un incendio forestal con un cubo de agua. La represión solo incrementaba la solidaridad y la determinación popular.

El factor decisivo, sin embargo, fue la pérdida de los pilares que sustentaban a la dictadura. Primero, la clase empresarial y los intereses azucareros estadounidenses, temerosos de que el caísmo total destruyera sus propiedades y sus inversiones, retiraron su apoyo a Machado y presionaron para una salida negociada. Segundo, y más crítico, el ejército comenzó a agrietarse. 

Los oficiales jóvenes y la tropa, que veían cómo los altos mandos se enriquecían con la corrupción del régimen mientras ellos reprimían a su propio pueblo, empezaron a negarse a disparar contra los huelguistas. La desobediencia militar fue la puntilla para el gobierno. Abandonado por la economía, por sus aliados internacionales y por su propia fuerza armada, Machado se encontró absolutamente solo. El 12 de agosto de 1933, huyó del país precipitadamente en un avión hacia las Bahamas.

La victoria de la Huelga de 1933 fue un triunfo histórico de la sociedad civil, pero su epílogo fue amargo y complejo. El vacío de poder fue inmediatamente llenado por una junta militar y, poco después, surgió la efímera y radical "Revolución del 33" liderada por Antonio Guiteras y el sargento Fulgencio Batista, quien finalmente emergería como el nuevo hombre fuerte. El movimiento cívico que derribó al tirano no pudo consolidar un proyecto político estable, demostrando que es más fácil unirse en contra de algo que a favor de un futuro común.

No obstante, el legado de agosto de 1933 quedó grabado a fuego en la memoria política cubana. Demostró que la unidad de acción entre estudiantes, obreros y sectores profesionales era invencible. Probó que una huelga general bien sostenida podía derrotar a un régimen aparentemente todopoderoso. Y, sobre todo, estableció un poderoso precedente: que en Cuba, el pueblo en las calles tiene la última palabra. Esta lección de poder ciudadano, aprendida en la lucha contra Machado, sería un referente fundamental para las generaciones de cubanos que, décadas después, volverían a tomar las plazas y a paralizar el país en busca de cambio.

    Por Gina Picart 

SST JCDT 

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