Antes de que existieran los supermercados y los repartidores a domicilio, antes de que el teléfono acortara las distancias, La Habana vivía al ritmo de la voz humana.
La ciudad despertaba con las campanas de la Catedral, sí, pero también con el primer pregón, ese que venía de la calle y se colaba por las persianas de cedro: "Aguacerooo... lecheraaaaa...".
Era el grito del lechero, que llegaba con su vaca de la mano, la ordeñaba en la misma esquina delante del cliente, y llenaba el jarro de peltre con una espuma blanca que todavía temblaba de calor animal.
Los aguadores fueron los primeros en organizar la sed de la ciudad. Con sus pipas de madera al hombro y sus vasijas de barro, subían y bajaban las lomas de La Habana pregonando el agua que no llegaba a todas las casas. "¡Aguaaa... agüita fresca como la nieve!", cantaban, aunque nunca hubieran visto nieve en su vida. Y la gente salía con su jícara o su lata, porque el agua del aljibe a veces sabía a tierra, y la del aguador, que la traían de manantiales o de la Zanja Real, era otro cantar.
Los carboneros llegaban de Regla en lanchas, con sus sacos negros y sus carros de bueyes, y su pregón retumbaba en las mañanas de domingo: "¡Carbón de piña, candela segura!".
Las cocinas de leña y carbón eran el corazón de la casa, y el carbonero era quien alimentaba ese corazón. Los niños corrían detrás de su carreta, con la esperanza de que se cayera un pedazo, para llevárselo a la abuela y ganarse una moneda o una galleta.
Y luego estaba el afilador. No pregonaba, silbaba. Un silbido agudo, metálico, que se oía desde lejos y hacía que las amas de casa revisaran los cuchillos. Llegaba con su chiflo y su carretilla llena de piedras y herramientas, y se sentaba en la acera a afilar, a dar filo, a devolverle el brillo a lo que la cocina había gastado.
Era un hombre paciente, que entendía que hasta el metal más duro necesita de vez en cuando que lo pulan.
Los dulceros, esos eran los favoritos. El pregonero del coco, con su "coco, coco, agua de coco", que partía la fruta con un machete frente a tus ojos y te ofrecía la pulpa blanca para que la mordieras.
El del maní, con su carrito y su tostador, pregonando "maní tostao, calientico y sabroso". Y el de la raspadura, ese bloque moreno de dulce de caña que los niños mordían con los dientes manchados y la felicidad del azúcar recién hecha.
Las esquinas eran el teatro de todo esto. Cada barrio tenía la suya: la del farol, donde los hombres se reunían a fumar y a hablar de política; la del quiosco, donde se compraba el Diario de la Marina y se chismeaba sobre los vecinos; la de la bodega, con su olor a bacalao y a aceite, donde las madres mandaban a los hijos con la libreta y el encargo.
Los solares, esos grandes caserones donde vivían decenas de familias en un solo edificio, eran pequeñas ciudades dentro de la ciudad. Allí se cocinaba en fogones comunes, se lavaba en bateas compartidas, y se vivía la vida en comunidad, con sus peleas y sus reconciliaciones, sus guateques y sus velorios.
Cuando llegó el acueducto de Albear, los aguadores se fueron quedando sin trabajo. Cuando la electricidad alumbró las calles, el sereno dejó de encender faroles. Los pregones fueron callándose uno a uno, como músicos que abandonan la orquesta porque ya nadie los escucha.
Pero La Habana de hoy, la que camina apurada y con el celular en la mano, todavía guarda en algún rincón del alma esos ecos. En cada esquina del Cerro, en cada portal de Centro Habana, en cada solar que todavía resiste, hay un fantasma de voz que pregonó, de manos que afilaron, de pies que caminaron la ciudad entera para llevar una jarra de agua, un pedazo de carbón, un poco de dulzura.
Esa Habana ya no existe, pero cada vez que un cubano cuenta un cuento, la revive.
Por Gina Picart
SST- JCDT