Cada 14 de junio Cuba se viste de celografía y bronce. En
una misma fecha coinciden dos natalicios que no son casualidad, sino fusión de
rebeldías: los 181 años de Antonio Maceo y Grajales, el Titán de Bronce, y los
98 del nacimiento de Ernesto Che Guevara, el Guerrillero Heroico.
Dos hombres separados por un siglo, pero unidos por una
sola pasión: la libertad absoluta de Cuba.
Maceo, el hijo de la provincia oriental que jamás aceptó
pactos sin dignidad. Su machete no solo cortaba cañas en la manigua, sino falsas
treguas. Alzó la voz en Baraguá con la misma fiereza con que cruzó la trocha
española. Su legado: la intransigencia revolucionaria como primera trinchera.
El Che, el argentino que adoptó la Sierra Maestra como
cordillera propia. Ministro, guerrillero, internacionalista. Su ejemplo no es
una estatua, sino una bala disparada contra la injusticia. Sus frases no se
recitan, se viven: "Hasta la victoria siempre", "Ser como el
Che", no es un eslogan, es un examen diario de coherencia.
Ambos murieron con las botas puestas. Maceo en San Pedro
(1896), el Che en La Higuera (1967). Pero ni el plomo español ni el de la CIA
lograron envejecerlos.
Hoy, cuando algunos intentan desdibujar el ejemplo, sus
rostros —el bigote eslavo del Titán y la boina estrellada del Che siguen
guiando. No como fósiles de museo, sino como faros en la noche.
Honramos su firmeza, su entrega sin condiciones. Porque
mientras haya un cubano que se niegue a doblar la rodilla, Maceo seguirá
cargando su fusil. Y mientras un pueblo luche por su soberanía, el Che
encenderá la mecha.
14 de junio: dos natalicios, una sola bandera.
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(Tribuna
de La Habana)
JCDT
