Hasta el hogar de Agustín Díaz Cartaya asaltante del
Cuartel Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo y compositor del Himno del 26 de
Julio llegaron jóvenes de la Unidad de Ceremonias del Estado Mayor General de
las FAR, y en diálogo ameno Cartaya compartió anécdotas de ese 26 de julio de
1953.
Cartaya, quien a sus 97 años mantiene una lucidez creadora
y una jovialidad casi infantil contó que: “Fuimos una tropa de 21 hombres
armados, dirigidos por Raúl Martínez Ararás, Antonio (Ñico) López, Gerardo
Pérez Puelles, Orlando Castro y Pedro Celestino Aguilera.
Tratamos de entrar sorpresivamente por detrás del cuartel,
pero las postas se percataron por el ruido. El factor sorpresa fracasó y no
pudimos enfrentar con efectividad el fuego de los militares.
“Se decidió el retiro; la mayoría de los atacantes salvamos
la vida por la ayuda audaz de los vecinos de Bayamo y de otras zonas.
Después del ataque al cuartel Carlos Manuel de Céspedes y
de los hechos del Moncada, logré llegar a La Habana.
Entonces me detuvieron y fui torturado por el Servicio de
Inteligencia Militar. Finalmente me enviaron a la cárcel de Boniato, junto a
los combatientes del Moncada”.
Cartaya, además de participar en el asalto, pasó a la
historia por componer el Himno del 26 de Julio, a solicitud del Comandante en
Jefe Fidel Castro Ruz.
“A través de mis compañeros del Movimiento 26 de Julio,
Fidel tenía conocimiento de que yo componía poemas y canciones; entonces me
pidió un himno para el Movimiento que dirigía.
“El desafío era bien comprometido. ¿Te imaginas a un negro
muerto de hambre convertido de pronto en el creador de un himno de un
movimiento revolucionario? ¿Te imaginas la emoción que debía sentir un don
nadie como yo?
“La idea rápidamente me llegó, el objetivo estaba claro.
Teníamos un ideal de libertad: ‘Marchando, vamos hacia un ideal’. La
inspiración era grande y en una noche surgió el himno. Tenía que salir a como
diera lugar: era una orden de vida o muerte”.
“Ya en el Presidio Modelo, me volví a encontrar con Fidel,
quien me pidió que hiciera cambios en las estrofas de la marcha, para que se
destacara “la sangre que en Cuba se derramó”, de esa manera se denunciaban los
crímenes de la dictadura.
Con las nuevas transformaciones comenzó a cantarse el himno en la propia cárcel de Boniato. Los combatientes se aprendieron, la letra y la melodía, muy diáfana”.
Narró Cartaya a los combatientes de las FAR que El “Himno
del 26 de Julio” se convirtió en un arma de combate, y que se cantó
colectivamente ante el público en la Causa 37 de 1953, en el Tribunal de
Urgencia de Santiago de Cuba.
La segunda vez fue en el Presidio Modelo, durante una
visita de Fulgencio Batista. “La cantamos a toda voz, a muy pocos metros del
dictador, quien se quedó asombrado del atrevimiento. Después de esa experiencia,
ya convertido en himno, la marcha estuvo presente en la Sierra Maestra, en la
fundación de la emisora Radio Rebelde y en el triunfo de la Revolución el 1ro
de enero de 1959.
“Quiero declarar que Fidel me eligió como revolucionario y
como compositor del Himno del 26. Por eso creo, con sano orgullo, que fui
elegido doblemente y eso vive en mi alma muy hondo y solo morirá en mí cuando
yo muera”.
El homenaje a Agustín Díaz Cartaya, por la Unidad de
Ceremonia de las FAR, reafirma el compromiso de la juventud cubana con los
ideales de justicia, soberanía y dignidad que guiaron a los jóvenes del
Centenario.
Jóvenes combatientes de la Logística de la FAR
intercambiaron con Ramón Pérez Ferro, quien formó parte de la veintena de
revolucionarios que, bajo el mando de Abel Santamaría Cuadrado, tomaron el
Hospital Civil Saturnino Lora de Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953, en
apoyo al asalto al Cuartel Moncada.
Los combatientes de las FAR conocieron que Pez Ferro, con
solamente 19 años partió a cumplir su compromiso con la Patria. Fue el único
sobreviviente de los jóvenes revolucionarios participantes de aquella acción.
Recordó el combatiente moncadista que pudo salvar su vida
gracias al veterano de la Guerra de Independencia Tomás Sánchez, que se había
operado de una hernia, quien dijo que Pez Ferro era su nieto.
Fue así como, cuando llegaron los guardias buscando y
registrando por todas partes, no se fijaron en el muchacho artemiseño. Fue
cuando el viejo patriota llamó al jefe de la patrulla y le pidió que sacara a
su nieto de allí, que lo había cuidado durante la noche y ahora la mamá debía
estar muy preocupada. Y el militar le respondió que la familia de los veteranos
no tenía problemas, que él lo iba a sacar.
De forma casual, Ramón Pez Ferro supo el nombre de su
salvador. “En las camas de los hospitales las historias clínicas se ponían en
una tablilla en la cabecera. Al sentarme a su lado, leí su nombre, nunca lo
olvidé”, aseveró el único de los moncadistas que sobrevivió al asalto del
antiguo hospital civil Saturnino Lora.
(Carlos
Manuel Serpa – Tribuna de La Habana)
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