La muerte, en la sociedad colonial cubana, era un acontecimiento tan público y jerarquizado como la vida misma. Durante siglos, el lugar de sepultura de una persona no fue una cuestión meramente práctica o sanitaria, sino un reflejo exacto de su posición social, su raza, su estatus económico y, por supuesto, su adhesión a la fe católica. En la Habana colonial, las iglesias y conventos fueron los principales espacios funerarios, auténticos cementerios bajo cuyos suelos descansaban generaciones enteras de habaneros, pero no todos tenían el privilegio de ser enterrados en su interior.
La práctica de sepultar a los muertos dentro de los templos
era una tradición arraigada en la cultura hispánica, heredada de la Edad Media.
Las Partidas de Alfonso X ya en 1318 prohibían enterrar a los muertos dentro de
las iglesias, aunque permitían que algunas personas pudieran hacerlo. Esta
ambigüedad normativa perduró en la América colonial, donde la cercanía a los
altares y las reliquias de los santos se consideraba un privilegio que
aseguraba una muerte más cercana a Dios y una intercesión más eficaz por el
alma del difunto. En La Habana, las iglesias fueron divididas en tramos, y una
tumba en el primero, inmediato a las gradas del altar mayor, costaba sumas
considerablemente más altas que las ubicadas en la nave o en el atrio. La
ubicación de la sepultura dentro del templo era, por tanto, un marcador de
rango y poder.
¿Quiénes podían ser enterrados en el interior de las
iglesias? En primer lugar, los miembros del clero, los fundadores y patronos de
las iglesias, y las personas de elevada posición social y económica que podían
costear el privilegio. Los ricos hacendados, los altos funcionarios de la
corona, los militares de alto rango y los comerciantes acaudalados solían tener
reservado un lugar en la cripta o en la nave de su iglesia parroquial o de su
devoción. También las órdenes religiosas enterraban a sus miembros en los
conventos. Las capillas laterales, muchas de ellas propiedad de familias
adineradas, se convertían en panteones familiares donde se acumulaban los
restos de varias generaciones. Las cofradías y hermandades, por su parte,
ofrecían a sus miembros la posibilidad de un entierro digno en el templo de su
advocación.
Sin embargo, el acceso a este privilegio estaba severamente
restringido. En las iglesias solamente podían ser enterrados los bautizados.
Quedaban excluidos los excomulgados, los criminales, los suicidas, los herejes
o los paganos, que recibían sepultura en lugares apartados o en tierra no
consagrada. Pero la discriminación más sistemática y cotidiana era la que
operaba por razones de raza y condición social. Los esclavos, aunque bautizados
y miembros nominales de la Iglesia, rara vez eran enterrados dentro de los templos.
Sus cuerpos solían ser depositados en fosas comunes en los patios o atrios de
las iglesias, o directamente en los llamados "camposantos" anexos,
espacios abiertos y menos sagrados. Las personas de color libres, los mulatos y
los mestizos también enfrentaban enormes dificultades para obtener una
sepultura dentro del templo, a menos que contaran con el respaldo de un amo o
un patrón poderoso. Bajo el suelo de las iglesias más antiguas de Cuba existen
cementerios donde están enterradas personas de diferentes clases: esclavos,
españoles, criollos, pero la distribución de esos restos dentro del espacio
sagrado no era ni mucho menos equitativa.
La situación de los inmigrantes chinos fue particularmente
compleja. Cuando los primeros culíes chinos llegaron a La Habana en 1847, las
autoridades españolas no permitían sus entierros en las iglesias. Esta
exclusión, motivada tanto por el estatus de los chinos como trabajadores
semiesclavos como por su condición de no cristianos o de cristianos de dudosa
ortodoxia, creó un problema que las autoridades coloniales tardaron en
resolver. No fue hasta finales del siglo XIX, con la construcción del
Cementerio Chino en el Nuevo Vedado, cuyas obras comenzaron en 1893, que la
comunidad china pudo contar con un espacio propio para sus ritos funerarios.
Las crecientes preocupaciones sanitarias y el agotamiento de los espacios bajo las iglesias llevaron a una progresiva reforma de las prácticas funerarias. El obispo Juan José Díaz de Espada y Landa, una figura clave en la Ilustración cubana, impulsó la creación de cementerios públicos fuera de las ciudades. Así nació el Cementerio de Espada, inaugurado el 2 de febrero de 1806, considerado el primer cementerio público de toda América Latina, y que vino a aliviar la saturación de los templos. A lo largo del siglo XIX, se fueron abriendo otros camposantos en distintos barrios de La Habana: el de Jesús del Monte (1823), el del Cerro (1817), el de los Ingleses para los súbditos británicos (1832), el de los Molinos (1833), y finalmente el Cementerio de Colón, inaugurado en 1871, que se convertiría en la principal necrópolis de la ciudad. Estas nuevas fundaciones marcaron el fin de una era: la de los entierros en las iglesias, un mundo de jerarquías sagradas donde el lugar de la muerte era el último y más elocuente testimonio del lugar que uno había ocupado en la vida.
Gina
Picart Baluja
JCDT

