El abastecimiento de agua potable fue uno de los desafíos más persistentes que enfrentó la ciudad de San Cristóbal de La Habana desde su fundación definitiva en 1519. La ubicación de la villa en la zona occidental de la bahía respondió, en buena medida, a la necesidad de contar con agua dulce, pero los recursos disponibles resultaron pronto insuficientes y de calidad dudosa para una población en constante crecimiento. Durante más de tres siglos, los habitantes de la capital cubana dependieron de un precario sistema de fuentes que, aunque ingeniado y ampliado con el tiempo, nunca logró satisfacer plenamente las necesidades de la ciudad.
En los primeros tiempos del asentamiento, los vecinos se
abastecían de pozos y jagüeyes naturales. Uno de los más nombrados fue el pozo
de La Anoria, explotado desde 1559, cuyas aguas, a unos ochocientos metros del
puerto, eran abundantes y de buena calidad. También se aprovecharon las aguas
del río Luyanó, que desembocaba en la bahía, aunque su caudal era escaso,
dependiente de las lluvias y con una composición rica en sales que la hacía
poco adecuada para el consumo humano. Otra fuente temprana fueron las aguas del
río La Chorrera, el actual Almendares, que se tomaban del Pozo de la Madama y
se transportaban en toneles por pequeñas embarcaciones que bordeaban el
litoral, o mediante tinajas y botijas a lomo de mulos que recorrían un camino
de difícil tránsito.
Sin embargo, la solución de mayor envergadura llegó en 1592
con la culminación de la Zanja Real, el primer acueducto construido en Cuba.
Esta obra, iniciada en 1566 por el maestro mayor de la fortaleza Francisco de
Calona y terminada por el ingeniero Juan Bautista Antonelli, tuvo una longitud
de dos leguas (unos diez kilómetros) y un costo de 35.000 pesos. Tomaba sus
aguas del río Almendares y las conducía hasta un boquerón abierto en un muro en
el antiguo estero que ocupaba lo que hoy es la Plaza de la Catedral. Allí se
conserva aún una lápida que reza: "Esta agua trazo el Maesse de Campo Iván
de Texeda, anno de 1592". Durante 243 años, desde 1592 hasta 1835, la
Zanja Real fue el único acueducto que abasteció a la ciudad.
Pero el agua de la Zanja Real distaba mucho de ser ideal para el consumo humano. El propio ingeniero Francisco de Albear y Lara, quien décadas después diseñaría el acueducto que llevaría su nombre, afirmó que si el agua de la Zanja era "excelente para riegos y muy útil para los trabajos del arsenal", resultaba "un pésimo medio de conducción de aguas potables: las suyas son generalmente impuras, sucias, repugnantes y malsanas". Ante esta realidad, los habaneros recurrieron a pozos y aljibes construidos tanto en casas particulares como en edificios públicos y del Estado, un recurso que "del rico siempre insuficiente y escasísimo y hasta nulo en las grandes secas". La falta de agua potable de calidad era, pues, un problema que afectaba a todos los estratos sociales, aunque los más pudientes podían costearse pozos propios.
El crecimiento demográfico de La Habana y las limitaciones
de la Zanja Real impulsaron al capitán general Francisco Dionisio Vives y al
superintendente de Hacienda, conde de Villanueva, a recomendar la construcción
de un nuevo acueducto. Así nació el Acueducto de Fernando VII, cuyas obras
comenzaron en 1831 y se terminaron en 1835, con un costo de 977.100 pesos. Este
nuevo sistema, que tomaba el agua del río Almendares en el Husillo y la
conducía por cañería de hierro, vino a aliviar parcialmente la crisis, aunque
pronto resultó también insuficiente para una población que seguía aumentando.
Hacia mediados del siglo XIX, La Habana recibía el agua de estas dos fuentes
primordiales: la antigua Zanja Real y el Acueducto de Fernando VII, pero
ninguna de ellas satisfacía ya los requerimientos de la ciudad.
Las fuentes de agua en la Habana colonial, desde los
primitivos pozos y jagüeyes hasta la Zanja Real y el Acueducto de Fernando VII,
cumplieron funciones vitales que iban más allá del simple consumo doméstico. El
agua era necesaria para el riego de huertos y jardines, para los trabajos del
arsenal y la construcción naval, para el funcionamiento de molinos y talleres
artesanales, y por supuesto para la higiene personal y el aseo de la ciudad.
Las fuentes públicas, que comenzaron a aparecer desde el siglo XVI, se
convirtieron en puntos de encuentro y abastecimiento para quienes no podían
costearse un pozo privado. No fue hasta 1858, cuando se aprobó el proyecto
presentado por Francisco de Albear y Lara para conducir las aguas de los
manantiales de Vento hasta la ciudad, que se inició la obra que finalmente
resolvería, al menos en parte, el ancestral problema del agua en La Habana. El
Acueducto de Albear, cuya construcción se prolongó hasta 1893, sería
considerado una obra maestra de la ingeniería y recibiría la Medalla de Oro en
la Exposición Universal de París de 1878, pero esa es ya otra historia, la del
fin de una larga y penosa travesía por el agua.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/07/el-inframundo-olvidado-de-la-habana.html
Gina
Picart Baluja
JCDT

