Santiago de Cuba vio nacer el 12 de julio de 1815 a una de las figuras femeninas más emblemáticas del independentismo cubano: Mariana Grajales Cuello, transgresora de los cánones que la sociedad impuso a las mujeres de su condición, víctima de la discriminación por el color de su piel, su sexo y origen humilde.
Como en los hombres de la familia, en ella también se
experimentó un proceso de formación y maduración patriótica, manifestados en su
complicidad en las actividades conspirativas de su esposo e hijos en la Junta
de Majaguabo.
Poco después de la clarinada de Carlos Manuel de Céspedes
el 10 de octubre de 1868 en gesto sublime hizo a sus hijos jurar ante Cristo:
“Libertar la Patria o morir por ella” acción que estimuló con su ejemplo
personal al marchar a la manigua redentora. La presencia de la familia Maceo
Grajales en la manigua constituyó un medio de resistencia, pues allí
continuaron desempeñando su papel aglutinador y afectivo como célula
fundamental de la sociedad, Mariana con su familia se establecían cerca de los
campamentos y realizaban diversas tareas para asegurar sus labores sanitarias
formaron una retaguardia de logística y atención a los combatientes y algo muy
importante: la educación de los niños viviendo en la intemperie, en cuevas,
antiguos refugios de cimarrones, intrincadas montañas, donde instaló hospitales
de sangre, expuesta al frío, la desnudez, la lluvia y hasta el embate de no
pocos huracanes y otros eventos climatológicos tropicales y el constante asecho
español que trataba de capturar a la familia de Antonio Maceo, siempre cerca de
las fuerzas mambisas, para actuar en el momento oportuno.
Su corazón sufrió el inmenso dolor por la caída del compañero
de la vida e ideales y lo más sagrado, varios de sus hijos; lejos de amilanarse
creció en toda su estatura moral para estimular al combate a los más pequeños,
pues “un hijo debe sustituir a otro”.
No obstante las dificultades, se mantuvo en la manigua
durante toda la Guerra de los Diez Años en permanente movimiento por el
territorio insurrecto en el Oriente cubano y parte de Camagüey, en campañas
como la invasión a Guantánamo entre 1871 y 1872, muy cerca de los sitios donde
sus hijos combatían, “haciendo las mismas jornadas del Ejército Libertador”, en
ocasiones acurrucada durante varias horas en un agujero de la tierra, “mientras
que a su alrededor se cruzaban por el pomo sables y machetes”, acosada por un
enemigo que se ensañaba en reprimir a mujeres y niños familiares de los
insurgentes. En estas circunstancias, creció en toda su estatura moral para ocupar
la dirección de la familia.
La situación imperante en Cuba la llevaron al exilio en
Kingston, Jamaica, durante la Tregua Fecunda, aquí nuevamente fue sometida a
prueba la voluntad de la patriota al enfrentarse a un idioma, costumbres,
cultura diferentes y no pocas dificultades económicas y recibió otros golpes,
sus hijos Felipe, José y Rafael, fueron apresados y conducidos a cárceles
españolas por su activa participación en la Guerra Chiquita, contra ellos se
ensañó el odio colonial hacia la heroica estirpe. Allí lejos de su tierra y los
suyos murió Rafael, pero no se amilanó además del sufrimiento de tener sus
hijos y demás familiares dispersos por el Caribe y Centroamérica, asediados por
sus ideas políticas, apoyó los pretendidos planes de incorporación de Antonio y
Marcos a la Guerra Chiquita y posteriores movimientos revolucionarios.
Con su avanzada edad tuvo fuerzas para estimular y acariciar
a quienes les hablaban de la Patria, entre ellos José Martí que la visitó el 12
de octubre de 1892 motivado por el prestigio que tenía debido a su actuación en
la Guerra de los Diez Años y por sus valores patrióticos. La imagen recibida
superó sus expectativas, así lo evidenció en las semblanzas “Mariana Maceo” y
“La Madre de los Maceo”, los retratos mejor logrados hasta hoy sobre la heroína
escritas al conocer su muerte el 27 de noviembre de 1893. Con gesto sublime
escribió:
“¿Que había en esa mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, que santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma ?...”
Casi treinta años después, el 23 de abril de 1923 sus restos fueron trasladados a su ciudad natal y en multitudinaria manifestación popular inhumada en el cementerio Santa Ifigenia, hoy descansan en el Altar de la Patria, muy cerca de tres personalidades cimeras de la revolución: Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, Nuestro Héroe Nacional José Martí que la llamó “Madre” y el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz que estimó mucho su “ejemplo de patriota cubana” y en su honor bautizó con su nombre el aguerrido pelotón femenino surgido en 1958 en la Sierra Maestra.
Esta insigne santiaguera se multiplicó en los numerosos
clubes formados en la emigración en el Partido Revolucionario Cubano, en las
que se desempeñaron como agentes, enfermeras y soldados de filas durante la
Guerra del 95, las que con posterioridad lucharon por el voto y otras
reivindicaciones para la mujer en la República, las que en la última etapa
libertaria combatieron contra la tiranía de Fulgencio Batista, quienes desde el
hogar, las aulas, la defensa, la producción, las ciencias preservan las
conquistas de la Revolución y el Socialismo, en sus descendientes que fieles a
su legado han sido consecuentes con sus principios y su tiempo.
A 211 años de su natalicio es justo recordar a Mariana
Grajales Cuello, símbolo de resistencia, firmeza, patriotismo, lealtad a los
principios de la revolución, su nombre es un canto al valor, entrega y coraje
de la mujer cubana de todos los tiempos y que hoy enfrenta las dificultades del
injusto y cruel bloqueo que nos impone el imperialismo.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/06/como-los-habaneros-tumbaron-gerardo.html
(Dra.
C. Damaris A. Torres Elers – Cubadebate)
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