La Habana colonial, urbe de contrastes y esplendor arquitectónico, escondía tras sus fachadas barrocas un problema tan antiguo como la civilización: la gestión de las aguas residuales y los desechos humanos. Durante siglos, la ciudad careció de un sistema de alcantarillado eficiente. La infraestructura sanitaria de la capital cubana fue, en palabras de los historiadores, “desastrosa” durante el siglo XVIII, un lastre que se prolongó durante buena parte de la centuria siguiente. El olor a inmundicia y la constante amenaza de epidemias eran el precio que se pagaba por el crecimiento de una ciudad que no había resuelto su saneamiento básico.
En los primeros tiempos de la colonia, la solución para
deshacerse de los desechos era tan primitiva como funcional. Los arqueólogos
han recuperado en el Centro Histórico numerosos vestigios de lo que se conocía
como «letrinas»: simples huecos con cubierta construidos en el suelo de los
traspatios de las casas. Estos pozos negros, ubicados generalmente en la última
crujía de la vivienda, se convertían en vertederos de todo tipo de residuos,
desde excrementos hasta basura doméstica. Con el tiempo, estos espacios se
saturaban, y la única alternativa era excavar uno nuevo o contratar a los
llamados «negros de la limpieza» para que extrajeran manualmente su contenido,
una tarea tan necesaria como insalubre.
El abastecimiento de agua, por su parte, era otro frente
abierto. La Zanja Real, el primer acueducto construido en Cuba en 1592, fue
concebido para llevar agua potable a la ciudad. Sin embargo, con el crecimiento
demográfico y la falta de un sistema de alcantarillado, su uso se pervirtió.
Esta zanja, que funcionó durante 243 años, terminó siendo utilizada no solo
para el riego, sino también para la “eliminación de desechos de algunas
industrias”, convirtiéndose en un foco de contaminación. La misma zanja que
traía la vida se transformaba en un canal de muerte y enfermedad.
No fue hasta mediados del siglo XIX cuando se comenzaron a
gestar las primeras ideas para un sistema de alcantarillado moderno. El general
Miguel Tacón, capitán general de la isla entre 1835 y 1842, fue el precursor
que “dio los primeros pasos” para construir una red de cloacas. Sin embargo,
sus esfuerzos iniciales no cumplieron con los resultados esperados. La ciudad
seguía anegada en sus propios residuos. Los vecinos tenían prohibido arrojar
aguas sucias por los caños de las casas, pero la normativa chocaba con la
realidad de una urbe que carecía de infraestructura para canalizar esos
desechos.
La situación era insostenible. La Habana apestaba y las
enfermedades hacían estragos. No fue hasta finales de siglo cuando se dio el
gran salto. En 1899, La Habana se convertía en la segunda ciudad del continente
americano en poseer un sistema de alcantarillado. Obra del prestigioso
ingeniero Samuel Gray, fue concluida en 1902. La joya de la corona de este
sistema fue el famoso «Sifón bajo la bahía», construido a principios del siglo
XX, una obra de ingeniería que, con sus 375 metros de tubería bajo el mar,
lograba bombear las aguas albañales hasta la playa de El Chivo, 147 metros mar
adentro. Una solución colosal para un problema que había apestado a la ciudad
durante más de tres siglos.
Pero mientras la ciudad se debatía entre letrinas y
proyectos fallidos, un invento revolucionario llegaba para cambiar la vida
privada de los habaneros. Hablamos del inodoro. Su introducción en Cuba, sin
embargo, no está exenta de debate. La versión más difundida, y ciertamente la
más pintoresca, sitúa la llegada de los primeros inodoros en el año 1887. Fue
en el edificio que ocupaba entonces el Muy Ilustre Centro Asturiano de La
Habana. No se trataba de los artefactos de cerámica que conocemos hoy. Eran de
fabricación inglesa, confeccionados en hierro fundido y con una forma de
embudo. El agua se depositaba en una caja de madera forrada de zinc, situada en
lo alto y separada de la taza, que se accionaba mediante una cadenilla.
La anécdota que rodea a estos primeros inodoros es
inolvidable. Se cuenta que la directiva del Centro Asturiano invitó al propio
Capitán General a conocer tan prodigioso invento. El alto funcionario,
probablemente acostumbrado a los aromas de la ciudad, observó el artefacto
estupefacto y, tras examinarlo, solo atinó a murmurar: «Magnífico, pero se
extraña el olorcito». La frase, cargada de ironía, refleja la extrañeza de una
época en la que el olor a desecho era parte del paisaje urbano.
Sin embargo, otros especialistas sostienen que el inodoro
ya se anunciaba en la Guía de La Habana en 1884, tres años antes de la instalación
en el Centro Asturiano. Estos aparatos, anunciados en dos establecimientos, ya
eran de cerámica y correspondían a la última tecnología de la época, los
llamados “inodoros de arrastre”, que revolucionaron el mercado incluso en
países como Inglaterra. Fue también en esa época cuando comenzaron a azulejarse
las cocinas y los cuartos de baño en Cuba, señal de que la modernidad, aunque
con retraso, comenzaba a abrirse paso en los hogares de la isla.
La historia del saneamiento en la Habana colonial es la crónica
de una lucha constante contra la suciedad y la enfermedad. Desde las primitivas
letrinas en los traspatios hasta el colosal sifón bajo la bahía, pasando por la
fallida iniciativa de Tacón, la ciudad buscó sin descanso una solución para sus
aguas negras. Y en medio de esa búsqueda, llegó el inodoro, un invento que,
como bien dijo aquel Capitán General, eliminaba lo peor del problema, pero
dejaba un vacío, un «olorcito» perdido que marcaba el fin de una era y el
comienzo de otra, la del saneamiento moderno, que aún hoy, más de un siglo
después, sigue siendo un desafío para la capital cubana.
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