Si la colonia nos dejó el encanto de lo antiguo, la República nos legó la ambición de lo nuevo. La Habana de las primeras décadas del siglo XX se desprendió de sus murallas para abrazar el progreso, el lujo y una modernidad que aún podemos palpar en sus edificios y avenidas.
El 20 de mayo de 1902, con la instauración de la República,
La Habana se enfrentó a un dilema: ¿cómo construir la capital de una nación
libre sobre el legado de una ciudad colonial? La respuesta se escribiría con
ladrillos, hormigón y un deseo feroz de modernidad. Los primeros años de la
República vieron nacer una nueva ciudad que, sin abandonar su corazón antiguo,
se expandió con una vitalidad arrolladora.
El epicentro de esta metamorfosis fue El Vedado. Lo que
antaño fuera una zona agreste y "vedada" se convirtió en el símbolo
del nuevo poder económico. Los potentados habaneros, buscando aire y espacio,
abandonaron las abarrotadas casonas de la Habana Vieja para construir suntuosas
mansiones en este nuevo reparto. Para 1903, ya se contaban más de mil viviendas
de políticos y "millonarios relámpago", como los llamó la escritora
Renée Méndez Capote. Esta área se convirtió en un espacio de distinción, vedado
para la miseria, donde el lujo y el buen gusto arquitectónico eran la norma.
Allí se levantaron majestuosas residencias como la mansión de los Marqueses de
Avilés o la sin par villa Baró-Lasa, que competían en ostentación para demostrar
el poder de sus dueños.
Pero si hay un edificio que condensa el espíritu de esa
era, ese es el Capitolio Nacional. Su construcción, iniciada el 1 de abril de
1926, fue una declaración de intenciones: Cuba se miraba en el espejo de las
grandes potencias. Inaugurado el 20 de mayo de 1929, su imponente cúpula y su
majestuosidad neoclásica no solo albergaban el poder legislativo, sino que
aspiraban a simbolizar la grandeza de una república que, en su afán de
progreso, a menudo olvidaba que la libertad también debía tener su propia
arquitectura, como había soñado José Martí.
La arquitectura de la República (1902-1958) fue un período
de efervescencia creativa sin precedentes. No solo se construyeron grandes
obras públicas, sino que la ciudad se llenó de elegantes edificios de
apartamentos, grandes hoteles y teatros que competían con los de Nueva York o
París. Fue una época en la que La Habana se convirtió en el principal centro de
ocio del Caribe, una ciudad que vivía de cara al mar y al futuro, donde el
progreso se medía por la altura de sus edificios y la amplitud de sus avenidas.
El Malecón, concebido como un paseo marítimo y un dique, se erigió en el
símbolo definitivo de esta nueva Habana: abierta, moderna y llena de promesas.
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Gina
Picart Baluja
JCDT
