Un recorrido por los siglos XVI al XIX revela que la capital cubana no se vistió solo de España, sino de sedas chinas, lienzos rusos, zarazas inglesas y algodones catalanes que llegaban por vías legales y, sobre todo, ilícitas.
La Habana colonial fue, ante todo, un puerto. Y como todo
puerto, fue también un mercado. Desde sus inicios como escala obligada de la
Carrera de Indias hasta su conversión en la gran capital azucarera del Caribe,
la ciudad dependió de un flujo constante de mercancías que cruzaban el
Atlántico para satisfacer el hambre de telas de una sociedad profundamente
estratificada.
Determinar de dónde importaba telas La Habana colonial
exige reconstruir una red comercial que desborda con creces los límites del
monopolio español. Los registros de comercio, los inventarios de mercancías y
las crónicas de viajeros dibujan un mapa de orígenes mucho más amplio: China,
Italia, Inglaterra, Francia, los Países Bajos, Rusia, México, Jamaica y, por supuesto,
la Península Ibérica.
Durante los siglos XVI y XVII, La Habana funcionó como un
centro de redistribución de mercancías europeas y asiáticas que llegaban a
bordo de las flotas procedentes de Sevilla y Cádiz. Como escala obligada en el
tornaviaje de las flotas, la ciudad recibía considerables importaciones de
seda, paño, damasco y tafetán provenientes de China, Italia e Inglaterra. Estas
telas no solo abastecían a la población local, sino que se reembarcaban hacia
otros destinos del imperio.
Sin embargo, el monopolio peninsular nunca fue hermético.
Desde temprano, el contrabando operó como una válvula de escape. Los
comerciantes habaneros adquirían mercancías europeas —textiles incluidos— a
través de los depósitos ingleses en Jamaica y de las colonias norteamericanas,
que introducían sus productos vía Florida. Esta circulación ilícita se
intensificó a medida que crecía la demanda interna y el sistema de flotas
mostraba sus limitaciones.
Un punto de inflexión en los hábitos de consumo y en las
rutas de importación fue la ocupación británica de La Habana, que se extendió
del 12 de agosto de 1762 al 8 de julio de 1763. Durante esos once meses, la
capital fue «abrumada» con artículos de origen inglés y europeo en general. Los
precios de los tejidos y la ropa experimentaron una ligera disminución, y
llegaron al mercado habanero nuevos géneros: lienzos de lino, cáñamo y algodón,
que transformaron radicalmente el vestir de los cubanos.
El impacto más duradero fue la introducción masiva de las zarazas o indianas —telas de algodón estampadas con motivos florales, zoomórficos y geométricos— que llegaron para quedarse. Un informe enviado a Madrid en 1766 señalaba que «después de idos los ingleses, La Habana quedó llena de zarazas que no han podido fenecer en tres años lo que dejaron, a pesar de su gran consumo». Estas telas desplazaron en gran medida a los tafetanes y otros tejidos de seda fabricados en España, y se convirtieron en el atuendo cotidiano de las clases populares, incluidos los pardos y morenos libres.
A lo largo del siglo XVIII y principios del XIX, las telas que arribaban a La Habana reflejaban una compleja división internacional del trabajo. El consumo no era homogéneo: cada clase social vestía con materiales distintos, procedentes de rincones específicos del mundo.
Para las élites: las damas de la oligarquía habanera mostraban una marcada preferencia por la moda francesa e inglesa, vistiendo con tejidos finos que llegaban, legal o ilegalmente, desde Francia e Inglaterra. Las sedas —muchas de origen chino o italiano— seguían ocupando un lugar preeminente entre los géneros suntuarios. Los registros de comercio de 1803-1807 muestran importaciones significativas de satén, tafetán y cintas de seda, cuyos valores en pesos reales experimentaron un crecimiento notable.
Para las clases medias y populares: los tejidos de hilo y algodón eran los más consumidos, especialmente por la población urbana, por su ligereza y adaptación al clima cálido. El algodón, de uso generalizado, era valorado por su resistencia y propiedades higiénicas.
Para los esclavos y la población más pobre: los tejidos más
económicos y de mayor consumo eran los listados de algodón, las telas toscas de
cañamazo y los lienzos gruesos y crudos de Rusia y de Brabante. Este último,
mal llamado «bramante» en el habla popular cubana, estaba hecho de hilos de
diferentes clases y colores. La presencia de lienzos rusos en el mercado
habanero revela hasta qué punto la ciudad se insertaba en circuitos comerciales
que alcanzaban el Báltico.
Nombres que delatan orígenes: la nomenclatura de los
tejidos coloniales es un mapa de procedencias. El carranclán debía su nombre a
un pueblo de la isla de Luzón, en Filipinas, de donde se exportaba el abacá con
cuyas fibras se tejía; también se conocía con este nombre un tejido corriente
de algodón mexicano. La tela de Mahón procedía originariamente de Nankín,
China, aunque su nombre derivara de Mahón, en Menorca. El coquillo, semejante al dril, era una tela
blanca de cuerpo fino usada principalmente para pantalones.
Con el despegue de la economía de plantación a finales del siglo XVIII y hasta 1820, el mercado de la moda en La Habana se amplió. Ya no solo la burguesía, sino también la clase media y los artesanos —muchos de ellos negros libertos— participaban del consumo de telas. El gasto en ropa representaba una proporción abrumadora de las importaciones: según cálculos españoles de 1752, los habaneros gastaban el 85% de sus importaciones en ropa, frente a un 5% en hierro y un 10% en caldos, frutos y loza.
Las principales líneas de importación textil en el siglo
XIX estuvieron dominadas por los algodones, presentes en todos los
establecimientos. Los fabricados en Cataluña se vendían por toda la Isla y
desplazaron paulatinamente a la lana que, desde los inicios de la colonia,
importaban los andaluces con participación de otras regiones españolas,
especialmente Castilla Los Estados
Unidos se convirtieron en otro abastecedor crucial, con exportaciones
significativas desde 1821 y el predominio en la confección de ropa para
esclavos —labor que desarrolló la firma A. Montgomery Ward desde 1872—.
Los datos de la balanza comercial de 1852 son elocuentes:
las importaciones para consumo doméstico incluían algodones por valor de
2.661.568 pesos, lencería por 2.431.564 y lanas por 359.060. Las cifras
confirman que el algodón se había convertido en el rey del mercado textil
habanero.
Un capítulo fundamental en la historia de las importaciones
textiles habaneras es el comercio con Nueva España. Desde el siglo XVII, y de
manera particular en el siglo XVIII, llegaban a La Habana tejidos y ropas
confeccionados por los amerindios mexicanos. Humboldt calculó que la
importación de Veracruz en géneros y ropas, a principios del siglo XIX y antes
de la revolución mexicana, alcanzaba los 9.200.000 duros, cantidad suficiente
para abastecer a las clases menos acomodadas de la población.
El contrabando, lejos de ser una anomalía, constituía un
pilar del abastecimiento. Las telas llegaban principalmente de Jamaica, y el
comercio ilegal con las colonias norteamericanas y Saint-Domingue (hoy República
Dominicana) era frecuente. La Florida servía como puente para la introducción
de textiles procedentes de las Trece Colonias. Esta realidad obligó a la Corona
a poner en practica reformas liberalizadoras, como el Reglamento de Comercio
Libre de 1778, que anuló el monopolio de Cádiz y Sevilla y abrió nuevos
apostaderos coloniales al tráfico peninsular, aunque sin autorizar el comercio
con buques extranjeros.
La diversidad de orígenes y calidades reflejaba una
sociedad profundamente estratificada. En una misma nave viajaban, según los
registros, «materias primas y sus derivados: aceitunas y aceite; telas y
camisas; tafetán y sombreros». Los precios marcaban las diferencias: una pieza
de ruan alcanzaba los 18 reales, mientras que otra de crea bajaba a menos de la
mitad, 8 reales la pieza. «Ambas tenían su sector de mercado en una Habana
diversa, clasista, donde había para todos los gustos y poderes adquisitivos».
Los inventarios de mercancías revelan la coexistencia de lo
suntuario y lo utilitario. Junto a las sedas importadas de la India o los
encajes holandeses, aparecen «cientos de variedades de mercancías» que incluían
desde las telas más finas hasta las lonas empleadas en las arboladuras de los
barcos. Las camisas y pares de medias se contaban por millares, pero también
las telas en piezas, desde las más refinadas hasta las más toscas.
La pregunta sobre de dónde importaba telas La Habana
colonial no admite una respuesta única. La ciudad se vistió con sedas chinas,
lienzos rusos, zarazas inglesas, algodones catalanes, paños castellanos,
tafetanes italianos, telas mexicanas y géneros norteamericanos. El monopolio
español fue la norma legal, pero el contrabando, las ocupaciones militares y
las necesidades de una sociedad en expansión tejieron una realidad mucho más
compleja.
La Habana colonial fue, en definitiva, un nodo de un
sistema atlántico de intercambios donde las telas no solo cubrían cuerpos, sino
que marcaban jerarquías, expresaban gustos, desafiaban prohibiciones y
conectaban la vida cotidiana de sus habitantes con talleres de Lancashire,
telares de Cataluña, plantaciones de algodón en el sur de Estados Unidos y
rutas comerciales que se extendían hasta el Báltico y el mar de la China.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2022/08/en-la-habana-el-reino-de-gina-picart.html
Gina
Picart Baluja
JCDT –
AQA


