Los gatos siempre han sido considerados por el hombre como animales enigmáticos, llenos de misterio, incomprensibles, herméticos e impredecibles. Ello explica que se les haya elegido para encarnar a algunas deidades, como es el caso de la diosa egipcia Bastet, o fueran reverenciados como representantes de ciertos dioses.
En Egipto, se les adoraba y hallaba en los templos,
bien alimentados, cubiertos de joyas y convertidos, ellos o sus esculturas, en
objetos de culto.
Luego, en la Edad Media, la suerte abandonó a los
gatos y comenzaron a disfrutar de una mala fama terrible, porque se les tomó
por “familiares” de las mujeres acusadas de brujería.
Para los inquisidores, en el cuerpo de los gatos, en
especial si eran negros, podían alojarse pequeños demonios que oficiaban como
secuaces de la bruja, amplificando con su energía oscura el poder de los
filtros y hechizos que sus dueñas elaboraban, supuestamente, para causar daño a
las personas honestas, por orden de Satanás, rey de sus almas corrompidas e
impuras.
Los gatos medievales, junto con otros animales, como
cerdos, cabras y asnos, fueron sometidos a juicios por brujería y torturados y
quemados, lo mismo que los humanos reos de tal abominación.
Pero en todas las épocas, lo mismo que ha habido
empedernidos amantes de los perros, los ha habido de los felinos domésticos, y
sería difícil definir cuál de estos dos bandos humanos, los perreros y los
gateros, ha demostrado mayor fervor en la devoción por sus mascotas.
Ha habido grandes personalidades de la ciencia, la
política y la cultura que han amado a sus gatitos con auténtica pasión.
La escritora francesa Sidonie-Gabrielle Colette no
solo tuvo muchos y los quiso como a sus hijos, sino que les dedicó varios de
sus libros y vivió rodeada de ellos hasta el fin de su vida.
Sin embargo, ni la divinidad endosada, ni la
malignidad inventada ni el amor profundo y abnegado que los gatos despiertan en
los seres humanos, a pesar de su proverbial frialdad e indiferencia afectivas,
bastarían para explicar por qué también se han convertido en iconos de los
placeres nocturnos combinados con la música, el espectáculo y el erotismo, es
decir, en fetiches de ese fenómeno imponderable llamado cabaret.
Se cree, sin embargo, que el fenómeno guarda
relación con la afición de la diosa Bastet por el canto y el baile.
Los egipcios solían festejar, en su honor, con
grandes festivales en los que los asistentes se entregaban a tremendas
borracheras.
Es posible que hayan existido numerosos bares,
clubes y cabarets en cuyos nombres aparezca la palabra gato, pero los más
famosos que han pasado a la Historia vieron la luz en el París y la Barcelona
decimonónicos: Le Chat Noir y Els Quatre Gatz. En La Habana, tenemos un
descendiente, y con no menos ilustre brillo: el Gato Tuerto. (Gina Picart
Baluja. Foto: Internet)
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