A lo largo de la década de 1920, mientras La Habana se transformaba físicamente con la construcción de su Capitolio y la apertura de lujosos hoteles como el Nacional, una batalla paralela y menos visible se libraba en sus calles y plazas. La ciudad republicana, nacida en 1902 bajo la tutela estadounidense y la sombra de la Enmienda Platt, era un escenario de profundas contradicciones. Por un lado, una élite económica y política consolidaba su poder, creando espacios de exclusividad como el reparto El Vedado. Por otro, amplios sectores de la sociedad —obreros, estudiantes, veteranos de la independencia y comunidades afrocubanas— veían en el espacio público el único foro donde sus voces podían ser escuchadas, donde podían reclamar los derechos prometidos por la República y que la realidad les negaba.
La lucha por el espacio público no era un fenómeno nuevo, pero alcanzó una intensidad y una dimensión política inédita en las décadas de 1920 y 1930. Esta batalla se libró en tres frentes entrelazados: el frente legal, donde el derecho de reunión y manifestación era constantemente desafiado por el poder; el frente simbólico, donde ocupar una plaza significaba reclamar pertenencia y ciudadanía; y el frente de la identidad, donde grupos históricamente marginados, como la población de color, utilizaban la visibilidad pública para forjar una nación más inclusiva.
Para entender esta lucha, es crucial visualizar el tablero de juego. La Habana republicana era una ciudad de contrastes brutales. La élite, compuesta por la antigua sacarocracia criolla enriquecida con el auge azucarero y nuevos potentados, abandonaba las casonas coloniales de La Habana Vieja para construir majestuosas villas en El Vedado, un área que literalmente había estado "vedada" al pueblo y que se convirtió en símbolo de la nueva segregación socio-espacial. Mientras, la mayoría de la población vivía en solares y barrios marginales, y una clase media urbana, junto a un incipiente pero pujante movimiento obrero, empezaba a organizarse.
La arquitectura misma narraba esta dualidad. Por un lado, el Capitolio Nacional (inaugurado en 1929), un edificio destinado a albergar la soberanía legislativa, fue construido bajo la dictadura de Gerardo Machado, financiado con fondos públicos cuestionables, y adornado con un lujo que contrastaba con la pobreza circundante. Por otro lado, lugares como el Parque Central, la explanada del Capitolio, o el Prado, se convirtieron en los auditorios naturales de la ciudadanía.
El otro gran actor, a menudo pasado por alto, fueron las sociedades de instrucción y recreo de afrocubanos. En una sociedad que transitaba lentamente "de una sociedad de castas a una de clases", donde el "blanqueamiento" fue una política demográfica consciente de las élites, estos clubes (como el famoso Club Atenas) fueron mucho más que centros sociales. Fueron espacios de resistencia cultural, de organización política y de afirmación de una ciudadanía plena para la población de color, cuya "lenta incorporación a la vida cívica y política" era una de las grandes tensiones no resueltas de la República.
Las luchas por el espacio se materializaron en episodios concretos que definieron la época:
Aunque anterior a nuestro período central, este evento fundacional marcó el modelo. El 2 de marzo de 1901, una manifestación de 15.000 cubanos recorrió las calles de La Habana (Prado, Neptuno, Galiano) para rechazar la injerencia estadounidense. Esta marcha, masiva y organizada, demostró que la calle podía ser un contrapoder a las decisiones tomadas en salones diplomáticos.
Las demandas por la jornada de 8 horas, salarios dignos y derechos laborales llevaron a constantes manifestaciones y concentraciones. La plaza o la puerta de la fábrica se convertían en el espacio donde el obrero, despojado de poder dentro de la estructura económica, recuperaba su agencia colectiva. La represión de estas protestas, especialmente durante la dictadura de Machado (1925-1933), hizo que los espacios públicos se transformaran en campos de confrontación directa con la policía.
El movimiento estudiantil universitario fue clave en la lucha contra Machado. Sus manifestaciones, que partían desde la escalinata universitaria, eran un desafío frontal al autoritarismo. La ocupación simbólica de plazas y avenidas por los jóvenes no solo exigía cambios políticos, sino que representaba la lucha por el futuro de la República frente a su corrupción y cerrazón.
Las sociedades afrocubanas también disputaban el espacio a su manera. Sus desfiles conmemorativos, comparsas (aunque estas a menudo reguladas y reprimidas) y actividades públicas en parques, eran una forma de afirmación. Ocupar el espacio con su cultura era una declaración: "Aquí estamos, somos parte fundamental de esta nación y no nos confinaremos a la invisibilidad".
El Estado y las élites no fueron espectadores pasivos. Su reacción tomó múltiples formas.
Se emitieron bandos y ordenanzas municipales para restringir el derecho de reunión, especialmente tras el auge del movimiento obrero y las protestas raciales posteriores a la Guerra de Independencia. Se criminalizaban las asambleas "sediciosas". La fuerza pública se usó sistemáticamente para dispersar manifestaciones. Episodios de violencia contra obreros y estudiantes mancharon de sangre plazas y avenidas, intentando infundir miedo y disuadir la protesta.
Algunas teorías sugieren que el diseño y la remodelación de ciertos espacios urbanos en la época tenían, entre otros objetivos, dificultar la concentración de grandes multitudes o facilitar el control militar. La construcción de avenidas amplias no solo respondía a un ideal modernizador, sino también a una lógica de vigilancia.
El poder también organizaba sus propias ocupaciones masivas del espacio, como los desfiles oficiales del 20 de mayo. Estos eventos buscaban monopolizar el simbolismo patriótico y presentar una imagen de consenso y unidad nacional desde arriba, en contraste con las protestas "fragmentarias" desde abajo.
La lucha por el espacio público en la Habana republicana de las décadas de 1920 y 1930 no fue un conflicto menor. Fue el síntoma más visible de las profundas fracturas de una República que no cumplió con las promesas de justicia e igualdad de su gestación independentista. Las calles y plazas se convirtieron en la verdadera arena política para quienes estaban excluidos de los salones del Capitolio.
Esta pugna dejó un legado imborrable. Primero, politizó la experiencia urbana cotidiana. Caminar por cierta avenida o reunirse en cierta plaza adquirió un significado político. Segundo, forjó una cultura de protesta y resistencia ciudadana que se reactivaría una y otra vez en la historia posterior de Cuba. Y tercero, demostró que la ciudadanía no se ejerce solo en el voto, sino también en la capacidad de reunirse, manifestarse y ocupar visiblemente el corazón de la polis.
La Habana que entró en la década de 1940 era, por tanto, una ciudad cuyo paisaje estaba marcado no solo por los edificios de su élite, sino por la memoria invisible de las miles de voces que, desde el asfalto, disputaron el derecho a definir qué era —y para quién era— la República. Fue en esas calles donde, mucho antes de los grandes discursos en la Plaza Cívica de la época revolucionaria, el pueblo cubano ensayó el arte complejo y riesgoso de hacer suya la ciudad.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/02/redes-invisibles-los-lazos-criollos-que.html
Gina Picard
SST - JCDT
