Redes invisibles: Los lazos criollos que desafiaron la corona en la Habana colonial

Padre Félix Varela, pensador cubano. Foto: Invasor

En las postrimerías del siglo XVIII, mientras los cañones del Morro custodiaban la fidelidad de La Habana a la corona española, una trama de poder más sutil y profunda tejía sus hilos por debajo de la superficie institucional. La élite criolla habanera, conformada por terratenientes azucareros y comerciantes, no ejercía su influencia únicamente desde los cargos oficiales otorgados por Madrid. El verdadero mecanismo que sostenía su dominio y, en ocasiones, desafiaba al poder colonial, era una densa red de relaciones informales basadas en el parentesco, el compadrazgo y las hermandades religiosas. Este sistema paralelo de autoridad no solo controlaba la economía y la sociedad, sino que fue el caldo de cultivo que nutrió movimientos subversivos de gran alcance, como la emblemática Conspiración de Aponte de 1812, desvelando la compleja y frágil arquitectura del poder en la colonia.

Los cimientos de estas redes de poder informal se sustentaban en estrategias de cohesión social que trascendían lo económico. Los matrimonios entre familias criollas consolidaban fortunas y creaban alianzas inquebrantables. El compadrazgo, ese vínculo espiritual y social establecido a través del bautismo, funcionaba como un pacto de mutuo apoyo que unía a padrinos y ahijados en una relación casi filial, extendiendo la influencia de los patriarcas criollos más allá de su círculo sanguíneo. Igualmente cruciales eran los cabildos y hermandades religiosas, espacios donde la élite blanca, pero también los negros y mulatos libres, negociaban estatus, protegían intereses y forjaban una identidad común. Estas estructuras generaban una lealtad primaria a la red por encima de la lealtad a la distante corona, como señaló el pensador Félix Varela al criticar que en Cuba primaba el interés mercantil y de grupo sobre cualquier proyecto político unificado. Era un poder blando, pero omnipresente, que operaba desde las casas señoriales, los ingenios y las salas de los cabildos.

El caso más revelador de cómo estas redes podían canalizar el descontento y desafiar abiertamente el sistema fue la Conspiración de Aponte (1811-1812). José Antonio Aponte, un negro libre, ebanista, ex militar y líder de un cabildo, no actuó como un individuo aislado. Su movimiento, que buscaba la abolición de la esclavitud y posiblemente la independencia, se nutrió precisamente de las conexiones horizontales propias de la sociedad colonial. Los cabildos de nación, asociaciones de africanos y sus descendientes agrupados por su origen étnico, fueron el canal perfecto para la comunicación clandestina y el reclutamiento, extendiendo la conspiración desde La Habana hasta Camagüey, Bayamo y Holguín. Figuras como el dominicano Hilario Herrera actuaron como enlaces cruciales entre estas redes regionales. La misma estructura social de la plantación se volvió en su contra: la conspiración prendió con fuerza en ingenios específicos al este de La Habana, como Peñas Altas, donde los líderes esclavos Juan Barbier y Juan Bautista Lisundia movilizaron a sus dotaciones basándose en la solidaridad y la autoridad interna del barracón.

La reacción del poder colonial y de la élite criolla ante la conspiración desnudó sus peores temores y sus verdaderas alianzas. El pánico al "espectro de Haití" —la exitosa revolución de esclavos en la vecina isla— unió momentáneamente a españoles y criollos blancos en una represión brutal. El Capitán General ordenó ejecutar a Aponte y a ocho de sus seguidores, y su cabeza fue exhibida en una jaula de hierro en una esquina céntrica de La Habana como macabro escarmiento. Lo más significativo fue la actitud de la sacarocracia criolla: figuras como el influyente Francisco Arango y Parreño, normalmente crítico con las políticas restrictivas de Madrid, exigió junto a las autoridades un castigo rápido y ejemplar, saltándose incluso los procedimientos judiciales. Este episodio demostró que, cuando el desafío provenía de las clases subalternas y amenazaba el núcleo del sistema esclavista, las redes de poder criollas preferían cerrar filas con la corona para preservar el orden económico y social que las sustentaba, sacrificando cualquier veleidad reformista o independentista.

El legado de estas redes de poder informal y de la conspiración que lograron articular es paradójico y duradero. Por un lado, la conspiración de Aponte fracasó militarmente, pero sembró una semilla imborrable: fue la primera rebelión en Cuba que vinculó explícitamente el ideal independentista con el abolicionismo, creando un precedente para las luchas del siglo XIX. Por otro lado, las estrategias de la élite criolla para mantener el control —el nepotismo, el clientelismo y el gobierno a través de pactos informales— dejaron una huella profunda en la cultura política cubana. La Habana colonial, más que una simple provincia fiel a España, fue un laberinto de lealtades cruzadas donde el poder real a menudo residía no en los decretos del Rey, sino en los hilos invisibles que los criollos sabían manejar desde la sombra, un juego de influencias que definiría, en buena medida, los conflictos por venir en la naciente nación.

https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/02/los-rituales-del-corazon-y-el-acoso-de.html

Autoría: Gina Picard

SST - JCDT

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