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La historia de La Habana puede leerse como un tejido complejo de permanencias y transformaciones, un lienzo donde los hilos del pasado colonial se entremezclan inextricablemente con las fibras de la modernidad republicana, creando una urdimbre urbana, social y cultural de una riqueza excepcional. Lejos de ser un corte radical, el paso del siglo XIX al XX representó para la ciudad una reconfiguración profunda, donde lo nuevo no siempre sustituyó a lo viejo, sino que se superpuso, dialogó y, en muchas ocasiones, simplemente convivió con las estructuras heredadas.
La colonia española, durante más de cuatro siglos, dejó una huella indeleble en la fisonomía y el espíritu de la ciudad. Las murallas, aunque parcialmente demolidas a finales del siglo XIX para permitir la expansión urbana, definieron durante generaciones el perímetro de la vida habanera y su derribo fue el primer gesto simbólico de apertura hacia la modernidad. Las imponentes fortalezas —el Castillo de la Real Fuerza, San Salvador de la Punta, el Morro y la Cabaña—, otrora baluartes defensivos contra piratas y potencias enemigas, dejaron de tener función militar para convertirse en testigos pétreos del pasado, mudos observadores de la nueva república. En el corazón de la ciudad, las plazas de Armas, la Catedral, San Francisco de Asís y Vieja, con sus conventos, palacios y portales, siguieron marcando el ritmo de un centro histórico que, aunque lentamente deteriorado por el abandono y la falta de inversión, conservaba su condición de corazón simbólico de la cubanidad.
Pero la herencia más pesada no era la de piedra, sino la social y económica. La estructura de jerarquías raciales y económicas, meticulosamente construida durante la colonia, demostró una asombrosa capacidad de resistencia. El latifundio, como sistema de tenencia de la tierra, no solo persistió sino que se reforzó con la llegada de grandes inversiones azucareras estadounidenses. La profunda desigualdad entre una minoría criolla-blanca y privilegiada y una mayoría popular —compuesta por negros, mulatos y blancos pobres— se mantuvo como el rasgo más distintivo y doloroso de la sociedad cubana, mostrando de manera brutal que la república, en sus primeras décadas, había heredado los vicios más profundos del sistema colonial que decía haber superado.
Sin embargo, sería un error leer esta historia solo en clave de continuidad. La república, con todas sus contradicciones, introdujo rupturas significativas que transformaron para siempre la identidad habanera. El eje del poder y la sociabilidad se desplazó. Del recogimiento colonial en torno a la Plaza de Armas y la Intramuros, la ciudad se volcó hacia el oeste. El Paseo del Prado, remodelado como un gran bulevar al estilo europeo, se convirtió en el nuevo salón de la ciudad, uniendo el antiguo centro con los nuevos espacios de expansión. Fue en este contexto donde la identidad colectiva se redefinió: del complejo mestizaje de castas del período colonial se fue pasando a la forja de un nacionalismo republicano que buscaba afanosamente sus propios símbolos. El Himno de Bayamo, con su llamado guerrero a las armas; la bandera de la estrella solitaria, concebida por Narciso López; y el escudo nacional, con su llave dorada simbolizando la posición estratégica de la isla, se convirtieron en emblemas sagrados de una nueva nación que intentaba imaginarse a sí misma, unificada y soberana.
La arquitectura, como siempre, fue el reflejo más visible de esta dualidad entre continuidad y ruptura. Los edificios coloniales, reconvertidos en muchos casos en viviendas multifamiliares o sedes de nuevas instituciones, convivían en tensión dialéctica con las obras de la modernidad republicana. El ejemplo paradigmático de esta ambición fue el Capitolio Nacional, inaugurado en 1929. Concebido como sede del Congreso de la República, su diseño imitaba descaradamente modelos estadounidenses —con una cúpula que evocaba la de Washington— y su construcción empleó los más avanzados materiales y técnicas de la época. Sin embargo, su función era proclamar la existencia de una república independiente y soberana; se erigía, en su misma contradicción, como un símbolo monumental de una nación que aspiraba a la modernidad mirándose en el espejo de su poderoso vecino del norte.
La memoria histórica jugó un papel clave en esta construcción simbólica. La república necesitaba legitimarse y para ello reinterpretó activamente los símbolos del pasado colonial. Las fortalezas, otrora instrumentos de dominación imperial, fueron resignificadas como patrimonio nacional, como lugares de memoria donde se depositaba la historia patria. Las antiguas plazas coloniales se convirtieron en escenarios privilegiados para las nuevas celebraciones cívicas: desfiles militares, conmemoraciones de las gestas independentistas y alocuciones políticas. Se configuró así una geografía simbólica dual: La Habana Vieja, aunque progresivamente deteriorada y habitada por sectores populares, seguía siendo venerada como el corazón histórico, el depósito de la esencia nacional; mientras que El Vedado y Miramar, con sus avenidas arboladas, sus mansiones y sus edificios de apartamentos, representaban el futuro, la pujanza y la aspiración cosmopolita de la república. La ciudad era, al mismo tiempo, museo de sí misma y laboratorio de lo nuevo.
Las tensiones entre continuidad y ruptura se manifestaron con crudeza en la vida social cotidiana. La esclavitud había sido formalmente abolida en 1886, pero su fantasma recorría las calles. La discriminación racial, lejos de desaparecer, se reconfiguró bajo nuevas formas. En el empleo, la educación y los espacios de ocio, las barreras informales mantuvieron a la población negra y mulata en una posición de subordinación, generando un profundo malestar que estallaría en movimientos como el del Partido Independiente de Color y su trágica represión en 1912. Las élites económicas y políticas, renovadas en parte con la incorporación de nuevos ricos del azúcar y la especulación, mantuvieron sus privilegios y su visión aristocratizante de la sociedad. Mientras tanto, los sectores populares, organizados en asociaciones de vecinos, sociedades de ayuda mutua y, más tarde, en sindicatos y partidos políticos, buscaban afanosamente abrirse espacios de participación y reconocimiento en una república que les había prometido igualdad pero les seguía negando derechos.
En definitiva, La Habana se constituyó en el escenario privilegiado de un diálogo constante, a menudo áspero y contradictorio, entre pasado y presente. La colonia legó un entramado de estructuras urbanas, jerarquías sociales y universos simbólicos que la república, a pesar de sus esfuerzos, no pudo ni quizás siempre quiso borrar del todo. La modernidad republicana introdujo cambios profundos en la arquitectura, la tecnología, la cultura y las formas de sociabilidad, pero estos cambios nunca se produjeron en el vacío, sino siempre en tensión dialéctica con esa herencia. La ciudad se convirtió así en un auténtico palimpsesto histórico: sobre las huellas aún visibles de la dominación colonial —las piedras de sus fortalezas, el trazado de sus plazas, la persistencia de la desigualdad— se escribieron una y otra vez las aspiraciones, los sueños y las contradicciones de la república. De esta superposición, de este roce continuo entre lo que fue y lo que anhelaba ser, surgió una identidad urbana compleja, híbrida, mestiza, y profundamente, ineludiblemente cubana. Una identidad que, como la propia ciudad, no podía entenderse sin mirar atrás, pero que tampoco podía dejar de proyectarse hacia el futuro.
Por Gina Picart
SST JCDT