| Foto tomada de Internet |
No he tenido la suerte de otros escritores y artistas de mi generación que llegaron a conocer a las figuras más prominentes de la cultura nacional, pero algunas sí pasaron por mi vida y de manera muy significativa. Una de esas figuras fue Enmanuel Tornés.
No siempre la profesión periodística, con su demanda de inmediatez, triunfa sobre la sensibilidad y la emocionalidad humanas, y me ha hecho falta tiempo para poder escribir sobre alguien a quién, si no puedo llamar exactamente mi amigo, porque nos faltó la cercanía, el estrecho interactuar que construyen una relación de amistad, sí fue una de las personas más importantes que se cruzó en mi camino, no solo por quién era, y era muchísimo, sino porque formó parte, junto con el poeta Carlos Esquivel, del jurado que me concedió el Premio Alejo Carpentier de cuento 2008 por mi libro Oil on canvas.
No será la primera vez que sostengo que aquel fue uno de los jurados más honestos, profesionales y con mayor sensibilidad y comprensión artística que ha tenido ese prestigioso concurso, sino porque otros jurados, unos cinco con anterioridad, no habían sido capaces de comprender el valor no solo de mi escritura, sino de otras escrituras y autores valiosos, a quienes se les descartó por priorizar a la hora del juicio criterios de moda que rechazaban obras por no ser de tema cubano, o por emplear un lenguaje de estilo realista, no coloquial o francamente alejado el canon de la lengua española. No, mi jurado andaba por unos territorios de la crítica literaria muy vastos y profundos, y esa fue la primera vez, luego de la entrega del premio en La Cabaña, que crucé palabra con Enmanuel, y me asombró su completud y hondura de análisis, sus vastos conocimientos de Historia, Antropología, Lingüística... Él me ayudó a confirmar algo que yo ya intuía: que el crítico literario que aspire a serlo de verdad, está obligado a ser lo más parecido posible a un humanista. Con menos que eso, un crítico es solo un rasguñador de la Cultura.
Desde aquel día nos escribimos con frecuencia, Enmanuel estuvo en la gira del Carpentier por provincias y fue quien presentó mi libro en Pinar del Río, donde también encontré uno de los públicos más receptivos e intuitivos que he tenido en mi carrera de escritora. Enmanuel también me invitó a participar en varias de sus antologías, pues era muy aficionado a ofrecer panorámicas que dieran a conocer al mundo a los escritores cubanos y latinoamericanos.
Él se procuró una sólida formación académica, que incluyó una Licenciatura en Educación en Español por el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona y una Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de La Habana. Su trayectoria profesional estuvo indisolublemente ligada al Instituto de Literatura y Lingüística, donde se desempeñó como investigador, y a la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en su condición de Profesor Titular. Desde esos espacios formó a numerosas generaciones de estudiantes y especialistas, y contribuyó significativamente al desarrollo de los estudios literarios en el país. También fue miembro de la UNEAC, del Ateneo de Teoría y Crítica del Instituto Cubano del Libro y de la Sociedad Económica de Amigos del País. Fue prolífico investigador, escribió más de una treintena de ensayos y artículos, publicados en Cuba y el extranjero. Sin embargo, siempre se preocupó de que todo su trabajo fuera accesible tanto a especialistas como al público lector. Recibió el Premio Pinos Nuevos en Ensayo, el Premio Razón de Ser de Investigación, el Premio de Investigaciones Literarias de la Academia de Ciencias de Cuba y el Premio Alejo Carpentier 2025, en el género de Ensayo. Su trayectoria como educador fue reconocida con la distinción de Educador Destacado del Siglo XX por la Asociación de Pedagogos de Cuba.
Sin embargo, a pesar de todos estos laudos y del legado que no puedo creer que no fuera consciente de dejar a las letras cubanas e hispanoamericanas, Enmanuel era un hombre de una sencillez que sorprendía. No tenía arrogancia, no tenía soberbia, no estaba infatuado, no era elitista ni un intelectual de círculo cerrado ni de trinchera, sino iun divulgador de la cultura. Le complacía prodigar sus conocimientos y los éxitos ajenos, por eso fue un maestro. Era un hombre de pensamiento libre y espíritu bondadoso, un hombre de estudio, siempre vestido con máxima sencillez, amable, educado, aunque a veces, cuando algo le molestaba o le indignaba, enrojecía de pronto y sus ojos claros despedían un brillo cortante, pero nunca lo vi dar salida a tanto y tan apasionado fuego bajo la forma de una expresión impropia, una palabra dura. Si tuviera que definirlo con una sola palabra, lo llamaría un hombre justo.
Repasando a todas las personas que he conocido y tratado dentro del mundo literario cubano, solo encuentro con tales dones, además de Enmanuel, a Beatriz Maggi, Fernando Pérez, Rufo Caballero y a Carlos Esquivel, nunca envidiosos de la obra ajena, nunca temerosos de la sombra que otro talento pudiera arrojar sobre el suyo, y siempre abiertos a ayudar a quienes se acercaran en busca del agua bendita del conocimiento.
Beatriz se fue tras una larga vida, dejando también un legado áureo para la cultura cubana e internacional que desgraciadamente en su tierra nunca le fue suficientemente reconocido; Rufo murió lamentablemente muy joven, tras una carrera tan brillante como inolvidable. Enmanuel lleva solo unos días fuera de este mundo, y no tengo noticias de Esquivel desde hace mucho.
Un creador verdadero no dispone de mucho tiempo para hacer vida social; como bien dijo García Márquez, el oficio de escritor es el más solitario del mundo, pero siempre uno tiene un lugar en sus afectos para esas personas escasas y raras que brillan como pequeños astros entre la masa amorfa de la homogeneidad, la mediocridad y la notoria necedad, y que aún después de muertos dejan una estela luminosa que ya nunca se apaga.
Enmanuel partió, y yo solo puedo dedicar este humilde homenaje a su memoria, e insistir en que él fue uno de esos grandes a quienes muchos de nosotros -y de las generaciones venideras que aún consideren la lectura como algo útil para la vida-, deberemos estar agradecidos para todos los tiempos.