El actor, profesor y director escénico Fernando Hechavarría recibió este sábado el Premio Nacional de Teatro en el escenario de la sala Trianón, sede de la compañía Teatro El Público.
La ceremonia coincidió con el
examen final de estudiantes del último año de la Escuela Nacional de Teatro
Corina Mestre, alumnos de Fernando. Asistieron el vicejefe del Departamento
Ideológico del Comité Central del Partido Elier Ramírez Cañedo, el ministro de
Cultura Alpidio Alonso, la presidenta de la Uneac Marta Bonet, entre otros
directivos y una amplia representación
de artistas de escena de varias generaciones. El espectáculo fue dirigido por
el también Premio Nacional de Teatro Carlos Díaz.
Reproducimos las palabras de elogio al actor, escritas por el periodista Yuris Nórido y leídas en escena por jóvenes actores de su compañía:
No hay mejor escenario, querido Fernando, para que recibas
este tan merecido Premio Nacional de Teatro, que tu teatro, tu escenario, tu
compañía. Aquí te has consagrado en personajes, en interpretaciones que hace
tiempo integran la historia esencial de la escena cubana. Eres un actor de amplísimo
espectro, has dominado todos los medios de expresión. Quizás tu popularidad
mayor se la debas a la televisión, a tus roles en tantas telenovelas y tantas
series. Para muchos seguirás siendo, por ejemplo, el Nacho Capitán de Tierra
brava.
Pero sin desdorar ese desempeño, podemos decirlo con
certeza: Fernando Hechavarría es, primero que todo, un hombre del teatro. Aquí
ha alcanzado su definición mayor. Aquí ha cristalizado su talento
extraordinario. Aquí ha sentado cátedra de rigor y ética profesional. Porque
Fernando Hechavarría, en la más luminosa acepción del término, es un maestro.
Este galardón reconoce una trayectoria excepcional que
tiene dos hitos incontestables: Teatro Escambray y Teatro El Público, compañías
a las que has dedicado buena parte de tu vida creativa. No son simples
afiliaciones en una hoja de servicios: son territorios éticos y estéticos que
te han moldeado y a los que tú también has marcado con tu impronta.
La primera constituye quizás la referencia más sólida en
Cuba del teatro en la comunidad, para la comunidad y por la comunidad. Allí el
arte se volvió herramienta de diálogo social, espejo de realidades rurales,
espacio de reflexión compartida. En ese contexto aprendiste —y enseñaste— que
el teatro no es ornamento, sino necesidad.
La segunda ha sido celebración del gran espectáculo de sala,
laboratorio de riesgo, irreverencia y belleza. En ella has bebido del acervo
universal y de las raíces de nuestras fiestas y nuestros dramas. Has transitado
por clásicos y contemporáneos, por el drama y la farsa, por la provocación y la
poesía, siempre con la entrega absoluta de quien entiende que cada función es
irrepetible.
Has estado a la altura de ambos cometidos. Con sobradas credenciales has sido lo mismo un joven estudiante en una escuela en el campo que un poblador anónimo entre lomas; lo mismo un emperador romano cegado por el poder que una diseñadora de modas asediada por sus demonios. Esa versatilidad te distingue entre tus contemporáneos y confirma tu rara capacidad de transformación.
Para ti, el género, la edad, la procedencia o las circunstancias
de tus personajes nunca han sido barreras infranqueables. Todo tiene que ver
con una verdad —tu verdad— sobre el escenario. La manera en que estudias cada
rol, el trabajo de investigación que antecede a los montajes, el diálogo franco
y exigente con los directores, han dado como resultado caracterizaciones que
trascienden la máscara y el vestuario.
Baste recordar tu Petra von Kant en la inolvidable puesta
de Carlos Díaz para El Público. En algunas funciones llevabas barba y bigote, y
sin embargo el público no veía a un hombre travestido: veía y sentía a una
mujer poderosa, herida, compleja, afirmada más allá del maquillaje. Esa es la
magia del teatro que has sabido encarnar, la suspensión de toda frontera cuando
la verdad escénica se impone.
Sobra el talento en ti, Fernando, pero sabes que el genio
sin pautas es caballo desbocado. Honras el rigor como forma suprema de respeto
a la escena, al proceso y al público. Has asumido una ética profesional que te
ha guiado durante décadas y que intentas legar, con paciencia y severidad amorosa,
a las nuevas generaciones.
Porque eres maestro, insistimos no solo por el dominio pleno de tu arte y el ejemplo de constancia, sino también en el aula y en el salón de ensayos. Tu labor en la Escuela Nacional de Teatro Corina Mestre ha sido puntal en la formación de actores que hoy reconocen en ti a un referente imprescindible.
Junto a Carlos, junto a tus compañeros, aquí en el Trianón,
defiendes cada día la utilidad y la belleza del arte, aun en tiempos de
carencias y éxodos.
Hace apenas unas semanas presentabas con tus estudiantes un montaje a partir de textos de Shakespeare; en la más reciente puesta de El Público, Réquiem por Yarini, te cubrías con los velos de una dama enigmática. Ahora recibirás otra ovación. Y aunque parezca un lugar común, ese es el reconocimiento mayor para ti. Un actor se hace y se curte en el intercambio con la gente. Lo demás son luces y lentejuelas. Aunque a ti, por supuesto, tampoco te molestan las lentejuelas.
Felicidades, querido Fernando. Todavía podemos y tenemos
que hacer mucho.
Video - Granma
(Fuente: CubaSí)
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