La Danza de los Millones: Cuando Cuba se bañó en champán y despertó en la miseria

Foto tomada de Internet

Hubo un tiempo, entre 1920 y 1921, en que Cuba fue el país más alegre y más estúpido del mundo. Un país donde el azúcar valía oro, donde los ricos se volvieron multimillonarios de la noche a la mañana, donde los pobres —por una vez— también alcanzaron a probar las migajas del festín. Fue un espejismo. Una borrachera colectiva. Y como toda borrachera, terminó en resaca, en ruina y en vergüenza.

Fue la Danza de los Millones.

Todo empezó con la Primera Guerra Mundial. Los campos de remolacha europeos, devastados por el conflicto, dejaron de producir azúcar. El mundo necesitaba endulzar su café, y Cuba tenía la caña. Los precios, que antes rondaban los dos centavos la libra, empezaron a subir como la espuma. En 1918 llegaron a 7.5 centavos. En 1919, a 9. En mayo de 1920 alcanzaron la cifra más alta jamás vista: 11.95 centavos la libra.

Los ingenios trabajaban día y noche. El humo de las chimeneas no cesaba. Se sembró caña hasta en los jardines de las casas, hasta en los patios de los ingenios, hasta en tierras que nunca debieron sembrarse. Y el dinero empezó a fluir como la miel.

Las cifras marean. En 1920, las exportaciones cubanas alcanzaron los 794 millones de dólares. Las importaciones, los 557 millones. Números jamás vistos en la isla, ni antes ni después. El problema —y era un problema enorme— es que 237 millones de dólares de esa riqueza nunca entraron a Cuba. Se quedaron en el bolsillo de los dueños extranjeros de los ingenios, en las cuentas bancarias de Wall Street, en las arcas de las corporaciones norteamericanas que habían comprado tierra cubana a precio de ganga durante la Intervención.

Pero nadie quería verlo. La fiesta era demasiado buena.

La Habana se volvió una ciudad de pesadilla y de ensueño. Los que habían hecho dinero —y habían hecho dinero hasta los dependientes de comercio, hasta los chóferes, hasta los proxenetas— lo gastaban como si no hubiera un mañana.

Se construyeron palacios en El Vedado y en Miramar. Se importaron automóviles Packard y Cadillac por docenas. Las mujeres de la alta sociedad lucían pieles en pleno agosto y diamantes que habían pertenecido a archiduquesas austriacas arruinadas por la guerra. En los hoteles Nacional y Sevilla, el champán corría por las escaleras. No metafóricamente: hubo noches en que los ricos, simplemente por divertirse, abrían botas de Dom Pérignon y las vaciaban sobre las cabezas de los que bailaban en los salones.

"Fue una orgía de gastos", escribiría después Leland Jenks en su estudio clásico Our Cuban Colony. "Se construyeron ferrocarriles que no llevaban a ninguna parte, urbanizaciones donde nadie quería vivir, hoteles donde nadie podía pagar una habitación." 

Los bancos prestaban dinero sin preguntar. ¿Que querías comprar un ingenio? Toma los millones. ¿Que querías montar una casa de trading? Aquí tienes los créditos. Los intereses eran bajos, las garantías, inexistentes, y el futuro, luminoso. El azúcar nunca bajaría. El azúcar era para siempre.

Pero mientras La Habana se bañaba en champán, ¿qué pasaba con los demás? ¿Qué pasaba con los negros y mulatos que habían peleado en la Guerra de Independencia y ahora vivían en solares de Centro Habana? ¿Qué pasaba con los guajiros del interior, con los colonos que sembraban la caña y veían cómo el dinero se lo llevaban otros?

Ellos también bailaron, pero otra danza. La danza del hambre disfrazada de caridad.

Porque el dinero de la Danza de los Millones no llegó a todos por igual. Llegó en forma de salarios más altos para los obreros de los ingenios, sí. Llegó en forma de propinas generosas para los mozos y las prostitutas, también. Pero la riqueza de verdad, la que construía palacios y compraba yates, esa viajaba en barco hacia el Norte. Los 237 millones de dólares de diferencia entre exportaciones e importaciones eran la prueba más brutal de que Cuba era un país que producía riqueza pero no la retenía.

Jenks lo explicó con una claridad que duele: "Durante el período de auge, la parte de los ingresos que salía de la Isla era pequeña; cuando llegó la crisis, resultó evidente que una porción enorme del poder adquisitivo generado por la prosperidad de la industria azucarera nunca entró en Cuba, sino que permaneció en manos de los propietarios extranjeros."

Dicho de otro modo: los cubanos trabajaban, los cubanos sudaban, los cubanos se mataban en los cañaverales, pero el dinero se iba a Nueva York. Y cuando la fiesta terminó, los cubanos se quedaron con los platos rotos y la resaca fiscal, mientras los dueños extranjeros ya habían puesto su dinero a salvo.

El golpe llegó en 1921. Y llegó como llegan siempre estas cosas: de repente y sin aviso, aunque todos deberían haberlo visto venir.

Los países europeos, recuperados de la guerra, volvieron a plantar remolacha. La producción mundial de azúcar se disparó. Y los precios, que habían tocado el cielo, empezaron a caer en picada. De los 11.95 centavos de mayo de 1920, se pasó a 3.10 centavos en diciembre de ese mismo año. Una hecatombe.

Los bancos quebraron. Los ingenios cerraron. Los prestamistas llamaron a las puertas y ya no había nadie para pagarles. Los que habían comprado tierras a crédito las perdieron. Los que habían hipotecado sus casas para comprar acciones de ingenios se quedaron sin casa y sin acciones. El desempleo se extendió por la isla como una plaga.

Y entonces ocurrió lo que siempre ocurre en Cuba cuando hay una crisis: los norteamericanos compraron lo que quedaba.

Jenks lo documenta con una frialdad pasmosa: "La actual preponderancia económica estadounidense en Cuba ha llegado directamente como resultado de las crisis de 1920-22. En liquidación de la 'danza de los millones', partes importantes de la propiedad cubana pasaron a manos estadounidenses, y finalmente al control de un grupo de grandes corporaciones con sede en Wall Street."

Antes de la guerra, los ingenios norteamericanos producían alrededor del 35% del azúcar cubano. En 1920, ya producían el 48.4%. Después de la crisis, el porcentaje siguió creciendo. Las compañías quebradas fueron absorbidas por sus acreedores. Los cubanos que habían bailado la danza despertaron sin nada, o peor: con deudas

La Danza de los Millones no fue solo una crisis económica. Fue una crisis moral. Una demostración de que Cuba no era dueña de su destino, de que su riqueza dependía de un solo producto, de que ese producto estaba controlado desde fuera, de que los cubanos ricos y pobres— eran comparsas en su propia fiesta.

Los historiadores discuten todavía por qué, después del desplome de 1920, los productores cubanos respondieron aumentando la producción en lugar de reducirla. En 1922 exportaron más que nunca. En 1925, volvieron a batir récords. Fue una estrategia suicida, que aceleró la caída de los precios y profundizó la crisis. Pero quizás no tenían otra opción. Cuando eres pequeño y dependes de un solo comprador, cuando tu deuda está en dólares y tu única manera de pagarla es vendiendo más, vendes más aunque eso te mate. Es la lógica del ahogado.

Y mientras los dueños de los ingenios se debatían entre la quiebra y la venta, los trabajadores —los que habían visto pasar la riqueza sin tocarla— pagaban el pato. Los salarios cayeron. El hambre volvió a los campos. Y los cañaverales, esos mismos que habían alimentado la fiesta, empezaron a arder.

Las quemas de caña de 1921 y 1922, que los dueños atribuían a la malicia de los trabajadores, eran, en realidad, el síntoma más claro de que algo se había roto para siempre. "Las condiciones económicas llevaron a trabajadores desesperados a incendiar los campos de caña con frecuencia creciente", explica un estudio reciente. "Los incendios de caña de 1921 y 1922 reflejaban tensiones más amplias en el sistema político, social y económico cubano." 

Los trabajadores quemaban lo que no podían comer. Quemaban lo que les había prometido riqueza y les había dado miseria. Quemaban, quizás, la ilusión de que el azúcar fuera alguna vez el camino de la prosperidad para todos.

Cuando uno pasea hoy por El Vedado y ve esas mansiones de los años veinte —algunas restauradas, la mayoría derrumbándose— debería recordar la Danza de los Millones. No como una curiosidad histórica, sino como una advertencia.

Porque la danza se repite. Se repite cada vez que Cuba depende de un solo producto, cada vez que los precios suben y la isla cree que esta vez será diferente, cada vez que el dinero fácil nos hace olvidar que la riqueza, cuando no está bien plantada, se la lleva el viento.

La Danza de los Millones duró dos años. Dos años de champán y Cadillacs. Dos años de bancos prestando sin preguntar y de ricos que se creían intocables. Luego vino el desplome, y luego vinieron los años treinta, y luego vino Machado, y luego vino Batista...

Los que bailaron la danza, los que se emborracharon con el azúcar, los que construyeron palacios sobre arena, terminaron como terminan siempre estas historias: unos en el exilio, otros en la ruina, los más en el olvido.

Y los que no bailaron, los que vieron la fiesta desde fuera, los que quemaron los cañaverales cuando ya no quedaba nada que comer, esos siguieron haciendo lo que siempre habían hecho: sobrevivir.

La danza terminó. La resaca, no.

Por Gina Picart 

SST- JCDT 

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