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La Guerra Necesaria, en la que perdió su preciosa vida nuestro Apóstol José Martí, el Sol de Cuba, terminó en 1898, pero para los hombres del Ejército Libertador la pesadilla apenas comenzaba. Vestidos con el honor de haber librado a la patria del colonialismo español, los veteranos mambises se enfrentaron a un enemigo más implacable que las columnas españolas: el hambre.
En el centro de esta tragedia se yergue la figura del Mayor General Calixto García Íñiguez, hombre de acrisolada integridad cuya gestión, paradójicamente, desató una tormenta perfecta sobre las familias de sus soldados rasos y oficiales de menor rango.
Tras la firma de los tratados de paz, la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador, constituida en Santa Cruz del Sur en octubre de 1898, enfrentaba un problema logístico y humano de enormes proporciones: licenciar a un ejército de miles de hombres que llevaban años en campaña.
La comisión enviada a Washington, presidida por Calixto García e integrada por figuras como José Miguel Gómez y Manuel Sanguily, tenía una misión titánica: negociar con el gobierno del presidente norteamericano William McKinley los fondos necesarios para la reinserción de los soldados en la vida civil.
La historiografía recoge la cifra que García propuso inicialmente: 3 millones de dólares. Sin embargo, la comisión llevaba cálculos mucho más precisos y ajustados a la realidad. Los delegados cubanos presentaron al enviado especial de McKinley, Robert P. Porter, un presupuesto detallado que ascendía a 57,304,380 dólares. Esta cifra no era un capricho; se basaba en el tiempo de servicio y el grado militar, y pretendía saldar lo que la nación cubana en armas debía a sus libertadores. Porter consideró la cantidad "desproporcionada e irreal", incluso después de reducirla mediante cálculos mentales a unos 30 millones.
La comisión rechazó la oferta estadounidense de tres millones, calificándola como una simple "donación" que no cubría ni de lejos la deuda de honor contraídacon sus veteranos la república naciente. Manuel Sanguily, con la diplomacia que lo caracterizaba, advirtió a Porter que si la situación continuaba, era natural esperar "conflictos serios".
Más enérgico fue José Antonio González Lanuza, quien expuso una realidad ineludible: los hombres del ejército se encontraban en una "posición anómala", sin sustento y sin perspectivas, lo que los empujaría inevitablemente a usar sus armas, ya que no tenían medios de vida.
El Coronel José R. Villalón fue aún más lejos, pintando un escenario desolador: si no se satisfacían sus necesidades, los hombres volverían a la manigua, convirtiéndose en una fuente de "bandidaje y desorden" que costaría a Estados Unidos más vidas y millones de los que pretendían ahorrarse.
Las amenazas veladas no surtieron efecto. Pero el drama no fue solo político, fue profundamente humano y racial. La promesa de una nueva masculinidad y un liderazgo basado en el mérito militar forjado en la manigua, se desvaneció frente a la realidad de la posguerra. Los veteranos, que veían su servicio como la máxima prueba de honor y la credencial principal para acceder a una vida digna y a puestos de autoridad, fueron sistemáticamente marginados.
El "Hombre Nuevo" que debía emerger de las cenizas del Ejército Libertador resultó ser una figura de élite, blanca y con recursos económicos, como, por ejemplo, el General Loynaz del Castillo, casado con una heredera multimillonaria y padre de la escritora Dulce María Loynaz, o con importantes conexiones políticas, que había pasado la guerra en el exilio o en labores civiles, mientras los que peleaban en las trincheras veían cómo su heroísmo no se traducía en pan.
Esta brecha de clase, acentuada por un racismo estructural que pervivió en la república, condenó a los oficiales de menor rango y a la tropa, en gran número negros, mestizos y descendientes de inmigrantes españoles, a la mendicidad.
Los generales de la oligarquía azucarera podían permitirse renunciar a sus salarios, haciendo gala de una "integridad" que, en el contexto, era un lujo de ricos. Pero para el capitán José Manuel Picart de Olivet, ayuda de campo de García, por muy cerca que hubiera estado de su Jefe, renunciar a su paga equivalía a condenar a sus hijos a la muerte y a su esposa a la locura provocada por el hambre y la desesperación.
La situación de esta familia fue espantosa. Con cinco hijos infantes y unos gemelos recién nacidos, José Manuel, cuyas heridas de guerra le habían provocado un tumor creciente en el pecho, no podía trabajar para alimentar a los suyos, y tenía que sujetar la dolorosa protuberancia con su antebrazo medio inmóvil para poder barrer la casa cuando su esposa, la poeta matancera Clara Ruiz-Lavín, enloqueció tras la muerte de los niños.
Los hijos mayores, José Manuel y Virgilio, en harapos, arrastraban por las calles de Regla una carretilla repleta de mangos que vendían a precios irrisorios, o se les pudrían sin que algunas noches pudieran regresar a su casa con un centavo en las manos.
La hija más bella, Panchita, aún adolescente, se convirtió en prostituta de lujo y encontró la muerte, estrangulada en circunstancias nunca esclarecidas, durante una orgía en la casa de un político.
Mientras tanto, la prensa de la época reflejaba la percepción estadounidense, calificando las demandas cubanas de "absurdas" y pintando a Máximo Gómez como un caudillo insaciable que pedía fortunas incalculables. La muerte repentina de Calixto García por neumonía en Washington, el 11 de diciembre de 1898, selló el destino de la negociación Su fallecimiento dejó a la Comisión descabezada en un momento crítico, y aunque Gómez finalmente aceptaría los tres millones, la semilla del descontento ya estaba sembrada.
Calixto García murió con la conciencia tranquila, quizás creyendo que había hecho lo correcto al proponer una cifra "razonable" que no ofendiera a los estadounidenses. Pero su integridad, su decencia y su falta de perspicacia para medir la mezquindad del poder económico norteño, tuvieron consecuencias terribles. No fue un traidor, fue un hombre de otro tiempo que no supo negociar en el mundo de los buitres, una víctima, como Martí, Agramonte, Céspedes y tantos de nuestros Padres Fundadores, del exceso de virtud.
Mientras su cuerpo era velado en Washington cubierto con la bandera cubana, y luego trasladado a La Habana en el USS Nashville con las honras fúnebres debidas a un héroe, sus soldados, los que lo siguieron en las maniguas de Oriente, iniciaban su particular vía crucis por una república que aún no había nacido y ya les daba la espalda.
Fueron, como el capitán Picart de Olivet, los mendigos de la libertad, obligados a ver morir a sus hijos por un país que los olvidó. Clara se ahorcó en Mazorra. Nadie en la familia supo jamás los nombres de estas pequeñas almas inmoladas. No hubo tiempo de inscribirlos. No alcanzaron memoria.
Por Gina Picart
SST- JCDT