Una increíble historia de solidaridad, dignidad y humanismo
ofreció Cuba al mundo, cuando el 29 de marzo de 1990, el Comandante en Jefe
Fidel Castro Ruz recibía en el aeropuerto internacional José Martí, de La
Habana, al primer grupo de 139 niños portadores de diferentes enfermedades onco-hematológicas,
afectados por la mayor catástrofe nuclear de la historia de la humanidad hasta
el presente, ocurrida cuatro años antes
en el reactor cuatro de la central electronuclear de Chernóbil, en la
entonces República Socialista Soviética de Ucrania.
Ese primer grupo fue atendido en el Instituto de Hematología de la capital y en
el Servicio de oncología del Hospital Pediátrico Docente Juan Manuel Márquez.
Los infantes de la nación euroasiática damnificados por la
catástrofe nuclear disfrutan de la playa de Tarará como parte de su
rehabilitación. Foto: Pedro Beruvides
Se iniciaba así el inédito Programa cubano de atención médica
integral a los niños afectados por ese desastre atómico, a pesar de que la
Mayor de las Antillas entraba en plena crisis económica a inicios de la década
de los años 90 del pasado siglo como resultado de la caída del otrora campo
socialista del este europeo, influjo del que no se pudo sustraer ni la propia
Unión Soviética, que se desintegró meses después, y del recrudecimiento
oportunistamente del criminal bloqueo económico, comercial y financiero del
gobierno de Estados Unidos contra el pueblo cubano.
Sin embargo, junto a la escalerilla del avión IL-62, se
anunció la disposición del Gobierno Revolucionario de recibir a no menos de 10
000 infantes para brindarles un tratamiento altamente especializado. (1)
Y es que la respuesta de Cuba no se hizo esperar ante la
solicitud de ayuda internacional del gobierno de la entonces Unión Soviética. A
principios de 1990 especialistas cubanos visitaron Ucrania, con el objetivo de
evaluar la envergadura del problema y el tipo de ayuda que se podría brindar.
El Programa cubano de atención médica integral a los niños dañados por ese grave accidente atómico recibió entre 1990 y 2016 a 26 mil 114 afectados, de ellos unos 23 mil niños. Foto: Fernando Lezcano
Por las autoridades médicas y políticas que acompañaban a
los expertos visitantes, se conoció la necesidad de brindar atención a más
pacientes y entonces se decide ampliar esta colaboración.
La sede del programa se estableció en el Hospital Pediátrico
de Tarará, ubicado en el reparto de Tarará, al este de La Habana, a 27 kilómetros
del centro de la capital.
Ese reparto tiene una extensión de 11 kilómetros cuadrados,
en los cuales se encuentran enclavadas 520 viviendas, instalaciones
hospitalarias y de aseguramiento administrativo. Dispone, además, de 850 metros
de playa de arenas blanquísimas, donde está, según el destacado escritor
norteamericano Ernest Hemingway, «el mejor embarcadero de La Habana» para
desarrollar la afición por la pesca.
En esa ciudad radicaba desde el año 1976 el Campamento Internacional de Pioneros José Martí, por donde pasaron más de tres millones de niños cubanos.
De forma voluntaria y con mucho entusiasmo el pueblo de la
capital participó en la reparación de todas esas casas. En junio de 1990 ya se
comenzó a recibir niños provenientes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania.
El 28 de noviembre de 1997, en un discurso pronunciado por
Fidel durante la clausura del VI Seminario Internacional de Atención Primaria,
dijo:
«Cuba sola ha atendido más niños de Chernóbil que todo el
resto de los países del mundo. Los
medios de divulgación masiva del Norte no hablan de eso. ¡Casi quince mil niños! También hemos adquirido alguna experiencia en
eso».
Se puso en auxilio de los enfermos lo más avanzado de la
ciencia médica cubana: doctores, sicólogos, enfermeras, asistentes, maestros,
instructores deportivos y otro personal, quienes se entregaron por entero al
cuidado de estos niños.
Cientos de vidas se salvaron, miles de personas encontraron
en suelo cubano alivio a su dolor, a su pesar. «El renacimiento de un hijo es
algo extraordinario, eso ha sucedido gracias a Cuba», conversaba con Granma
Internacional una madre ucraniana, Svieta Saulasky, 20 años después del
accidente. «Ningún país nos ha ayudado como Cuba», afirmaba en igual fecha, la
doctora ucraniana Elena Topka en el campamento de Tarará.
LOS SERVICIOS MÉDICOS DEL PROGRAMA INTEGRAL SE
ESTRUCTURARON EN TRES NIVELES DE ATENCIÓN MÉDICA:
— El nivel primario, atención médica integral ofrecida en
las propias viviendas de los pacientes por médicos y enfermeras de la familia,
tratamientos organizados en diferentes áreas clínicas, donde participaron además
sicólogos, traductores y otros especialistas médicos.
— El nivel secundario de atención en las instalaciones del
Hospital Pediátrico de Tarará, con sus áreas de hospitalización y de
tratamientos.
— El nivel terciario con los servicios que recibieron en
diferentes hospitales pediátricos de la capital, institutos y centros
especializados y de tecnología de punta, como son: el Instituto de Hematología
e Inmunología, el Cardiocentro del Hospital Pediátrico William Soler, el Centro
Internacional de Restauración Neurológica (CIREN) y el Centro de Histoterapia
Placentaria, entre otros.
El carácter intersectorial con la participación de
diferentes organismos e instituciones del Estado cubano permitió desarrollar
con éxito esta actividad.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/04/hospital-pediatrico-william-soler-luz.html
(Juan Diego Nusa Peñalver - Granma)
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