Siempre me ha gustado pasear por La Habana Vieja. No aludo a esas caminatas apresuradas que a veces se ve uno obligado a dar, sino al paseo inteligente y demorado que nos lleva a imaginar la historia posible detrás de una fachada, detenernos ante la belleza y significación de un monumento, seguir las huellas de un personaje que, años ha, se vio obligado a hacer el mismo camino o reconstruir un incidente que tuvo lugar a la vuelta de una esquina. Nunca he podido olvidar, pese al paso de los años, aquel sábado por la tarde en que, mientras caminaba por Prado entre San Rafael y San Miguel, constaté que me hallaba en la famosa Acera del Louvre, de la que tanto había oído hablar.
Porque estos paseos empezaron muy temprano para el
escribidor; tanto, que hace más de 60 años. Se había publicado por aquellos
días, en tres volúmenes, un título medular de Emilio Roig, La Habana; apuntes
históricos, que ahora volvió a publicarse en una atractiva edición de casi 800
páginas en un solo volumen, profusamente ilustrado y con un penetrante prólogo
del doctor Michael González Sánchez. Entonces yo estudiaba bachillerato en el
Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, y con el libro en cuestión en la
mano, mi amigo Orestes Frías, compañero de estudios, y yo hacíamos la relación
de los sitios que despertaban nuestro interés para visitarlos en la tarde del
sábado siguiente. Así un sábado tras otro.
Mucho cambió La Habana Vieja desde entonces. La casona de
los condes de San Juan de Jaruco era, por aquellos días una casa de vecindad
que ponía espanto en el ánimo más templado, y en la Plaza Vieja se había
construido un parqueo soterrado de vehículos que, con los años, costó mucho
esfuerzo y dinero eliminar.
También en una cuartería se había convertido lo que fue el
hotel Florida, en Obispo y Aguiar, una de las llamadas esquinas de fraile, «de
las más frescas de la ciudad», como me diría años después el ilustre hispanista
José Ma. Chacón y Calvo.
Otro establecimiento, el hotel Ambos Mundos, famoso por las
estancias de Ernest Hemingway en el lugar, era en la época un albergue o casa
de visita del Ministerio de Educación, cuya sede central radicaba en el
edificio de enfrente, construido para oficinas y dar asiento a una terminal de
helicópteros que nunca fue. Llamaban mucho nuestra atención la casa de Juan
Gualberto Gómez en la calle Empedrado, y el monumento a Miguel de Cervantes en
el parque de San Juan de Dios, el caserón del periódico La Lucha, en la calle O’Reilly,
el edificio de La Metropolitana, en la misma calle, y, enfrente, la librería
Martí, el comercio de libros de relance más famoso de la ciudad, en cuyas vidrieras vi ediciones príncipes de
Góngora, Cervantes y Quevedo, que por aquellos días terminaría comprando, para
pagarlos a plazos, José Lezama Lima.
Abrían sus puertas, por supuesto, restaurantes muy
visitados —El Templete, La Bodeguita, Puerto de Sagua, Europa— y otros de más
bajo perfil, como Lafayette, célebre sin embargo por sus chorizos fritos y el
coctel Cubanito, que se creó allí. Pero lugares como esos estaban en la época
fuera de nuestro presupuesto.
Hechizo
habanero
Lo mejorcito de La Habana de los 60 era la Plaza de la
Catedral, el conjunto más armonioso de la ciudad colonial, la zona del primer
hechizo habanero.
Se le llamó antes Plaza de la Ciénaga, pero con la
construcción del templo —cuya fachada, decía Carpentier, es música convertida
en piedra— el antiguo desaguadero, corral y mercado de ganado y sitio de
reunión de pescadores, se convirtió en uno de los lugares más elegantes de la
capital, asiento de mansiones como la de los condes de Casa Bayona, los
marqueses de Aguas Claras, y los marqueses de Arcos, una verdadera joya
arquitectónica esta, el tipo más perfecto de casa colonial que nos queda,
típicamente habanera. Tiene dos fachadas; una que mira a la Plaza, y otra a la
calle Mercaderes que, no se explica el por qué el escribidor, siempre se ha
tenido como la más importante.
En los años 60, este palacio, también casa de vecindad, era
la sede del Taller de Gráfica, mientras que el del Conde de Casa Bayona, donde
radicó el importante periódico La Discusión y un museo de la prensa cubana,
acogía todavía, o estaba dejando de acoger, las oficinas centrales de la
licorera Arechabala, casa productora del ron más vendido en Cuba hasta 1959 y
después. El palacio de Aguas Claras dio espacio, a partir de 1965, al
restaurante El Patio, especializado en cocina internacional. En uno de los
apartamentos de los altos del edificio vivía Víctor Manuel, el pintor de Gitana
Tropical, obra que inauguró la pintura moderna en Cuba.
Tiene también dos fachadas el palacio de Lombillo, más una
puerta que se abre sobre la calle Empedrado, y sucede lo mismo que en el
palacio de Arcos. Pese su belleza, la que se asoma a la Plaza no es la más
importante.
Allí, en 1937 radicó el Ministerio de Defensa Nacional y
después el Departamento de Sanidad Municipal, entre otras dependencias del
Ayuntamiento habanero. Y también la Oficina del Historiador de La Habana, con
su Museo, el Archivo Histórico Municipal y la Biblioteca Histórica cubana y
americana. Varias veces, en aquellos años, visité el lugar. Nunca conseguí ver
personalmente a Emilio Roig, por más que lo procuré. Guardo, sí, el ejemplar de
uno de sus libros que me obsequiaron en una de mis visitas. Se titula Cuba no
debe su independencia a los Estados Unidos.
Cosas de la vida. En el mismo sitio donde no conocí a Roig,
pude conocer, ya en los años 70, a Eusebio Leal.
Tenían lugar entonces los llamados Sábados de la Plaza que
juntaban a artesanos, plásticos, periodistas, escritores y que, entre otras
cosas, servían para ver y para que nos vieran. Tenía Eusebio en ellas su
espacio. En un momento determinado de la tarde, seguido cada vez por un grupo
más numeroso de interesados, hacía un recorrido por el entorno de la Catedral
para detenerse ante palacios, templos, fortalezas y dar cuenta de sus
sucedidos… Hoy veo aquello como un antecedente de su programa televisivo Andar
La Habana.
Ir a
La Habana
Visité muchas veces, de niño, el Palacio de Aldama; más
exacto aun, el patio central de ese edificio, espacio al que abrían sus
puertas, y siempre con el nombre de Aldama, algunos establecimientos
comerciales.
Acompañaba a mi madre que solía salir de compra los sábados por la tarde, en los que «íbamos a La Habana» porque se podía vivir en Santo Suárez, El Vedado, Luyanó, Mantilla o en cualquier otro sitio de la ciudad, pero el habanero solo reconocía como La Habana el área de Centro Habana y La Habana Vieja. En días de mi infancia, ir de tiendas era ir a La Habana.
La Habana nuestra era la Calzada de Monte que en 1958
conservaba aún el «sabroso criollismo» que le vio Jorge Mañach en 1926, rasgo
que acentuaban los numerosos quioscos que se emplazaban en las anchas aceras de
frente a la Plaza de la Fraternidad y en los que, de tan bien surtidos, el
cliente podía encontrar lo que buscara.
En la época, no era lo mismo comprar en Galiano que hacerlo
en Monte. En las tiendas de Galiano compraban los de mayores posibilidades
económicas, reales o supuestas, y las de Monte quedaban para los de menos
recursos. En las primeras, la categoría de la zona estaba incluida en el precio
de la mercancía y hasta sus dependientes eran distintos con sus camisas de
manga larga y la ineludible corbata, mientras que en Monte era común verlos de
manga corta, aunque en una y otra calle las vendedoras vestían invariablemente
de blanco, en verano, y de negro en invierno.
Los sábados por la tarde eran de tienda. De tanto público,
en los establecimientos de Monte no cabía un alfiler; tampoco en los de
Galiano. Las clientas, sin formar cola ni preguntar quién era el último, se
arrimaban al mostrador y la tendera las atendía, sin que hubiera protesta, por
el orden que establecía ella misma.
No faltaban los limosneros ni niños en las afueras de las
cafeterías pidiendo de favor algo con que matar el hambre o mirando embobecidos
la exhibición para ellos inalcanzable de una vidriera. Ni tampoco el sujeto
que, bien o mal, la emprendía con un número musical en un bar, un café o
incluso a bordo de una guagua y que a la voz de «ayude al artista cubano»
pasaba al final «el cepillo». Tampoco la fletera que trataba de «hacer» el día
o la noche quizás para llevar a los suyos un poco de comida.
La
gente me cuenta cosas
El tiempo ha pasado desee aquellos paseos de sábado por la
tarde de los años 60 y de antes, pero el escribidor no pierde la costumbre de
imaginar una historia detrás de una puerta, detenerse en la lectura de una
tarja o extasiarse ante la belleza y significación de un monumento. De escuchar
a alguien que se le acerca con una anécdota o para hacerle el recuento de su suceso.
Mi esposa dice que cuando anda de prisa, es preferible que yo me queda en casa.
Son vicios que no he podido ni quiero superar.
https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/05/roberton-artista-y-las-paredes-en-la.html
(Ciro
Bianchi, periodista, escritor e investigador – Juventud Rebelde)
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