Hay quienes solo atraviesan el lugar para cortar camino y
quienes hacen del Prado un destino en sí mismo. Están quienes avanzan despacio,
descubriendo la ciudad; los vecinos observan sin prisas el desfile cotidiano, y
los enamorados encuentran, a la sombra de los árboles, el rincón perfecto para
desaparecer del resto del mundo. En una ciudad acostumbrada a mirar y ser
mirada, el Prado se vuelve una fotografía de la vida cotidiana.
Basta avanzar unos metros para descubrir la hilera de
árboles que levanta una cubierta natural capaz de proteger del sol y convertir
el paseo en un corredor fresco, un alivio durante los calurosos meses de
verano. La mayoría de sus copas terminan por encontrarse sobre el camino,
aunque algunos árboles, sin un compañero al otro lado, extienden sus ramas
hacia el vacío.
En medio del bullicio el sonido de las escobas implica que
han venido a recoger las hojas secas, los papeles. Los barrenderos intentan devolver
el orden a uno de los espacios más transitados de La Habana. En algunos tramos
del paseo la arena traída por el viento dificulta esa tarea.
Al levantar la vista aprecias como se suceden fachadas que
te cuentan la historia de esta ciudad. Conviven edificaciones de marcada
influencia colonial con otras que incorporan arcos, balcones y detalles
ornamentales inspirados en la arquitectura de Medio Oriente. Mientras que en
otras construcciones el propio paso del tiempo ha dejado sus huellas y solo queda
imaginar aquello que alguna vez fue.
El Paseo del Prado es mucho más que una avenida, es un
espacio que ha acompañado la vida de la ciudad, de su gente y visitantes
durante generaciones y que, por ello, forma parte de la memoria cotidiana de La
Habana.
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(Sheryl
Márquez Vega – Tribuna de La Habana)
