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Los cabildos de nación y las sociedades de recreo representan dos capítulos cruciales, y radicalmente distintos, en la lucha por la identidad y el espacio de los africanos y sus descendientes en Cuba.
Mientras los primeros fueron trincheras de resistencia cultural en la colonia, los segundos fueron baluartes de ascenso social en la República.
Imagina las calles de La Habana colonial un 6 de enero, Día de Reyes. Entre el bullicio, se escucha un sonido diferente: el repique de tambores que no son europeos.
Es el desfile autorizado de un cabildo de nación, una de aquellas hermandades donde los esclavos y libertos de una misma etnia africana encontraban un refugio.
Ahora, transporta tu imaginación a 1920, a un elegante salón con arañas de cristal. Parejas de negros y mulatos elegantes bailan al son de una orquesta bien trajeada, y no guaguancó, sino son, danzón, valses.... Están en el Club Atenas, el espacio social más exclusivo de la élite de color de la época. Dos imágenes separadas por siglos, pero conectadas por un mismo hilo: la búsqueda de un lugar en el mundo.
En la dura realidad de la esclavitud, los cabildos fueron mucho más que un permiso para tocar tambores.
Fueron un acto de ingeniosa resistencia cultural. Las autoridades españolas los permitían para controlar y segregar a la población africana, agrupándola por su origen étnico: lucumí, congo, carabalí, arará...
Pero dentro de estas hermandades, sucedía algo profundo. Bajo la fachada de una cofradía católica dedicada a un santo, se veneraba en secreto a los orishas. Se conservaban las lenguas, los ritmos y las tradiciones. Era un gobierno interno propio.
Su función de ayuda mutua era vital. Todos aportaban a una "caja de ahorros" con un objetivo supremo: comprar la libertad de los esclavos de la hermandad.
El cabildo era, así, una especie de patria en miniatura, un espacio sagrado donde reconstruir el universo arrancado por la trata. De su seno nacerían expresiones culturales que definirían a Cuba, como la santería y la música de las futuras comparsas.
Con la abolición de la esclavitud en 1886 y el nacimiento de la República en 1902, el panorama social cambió. Surgió una clase media y alta de color: maestros, periodistas, artesanos prósperos, artistas y veteranos de la guerra de independencia.
Estos hombres y mujeres tenían educación, recursos y aspiraciones, pero las puertas de los lujosos clubes sociales de la élite blanca seguían cerradas para ellos.
La respuesta no fue integrarse a los viejos cabildos, cuya razón de ser étnica y religiosa perdía fuerza en la nueva sociedad. La respuesta fue inventar algo nuevo.
Así nacieron decenas de sociedades de instrucción y recreo. Para 1892, un Directorio Central agrupaba a 139 de estas asociaciones en toda la isla. Su objetivo ya no era preservar una herencia africana, sino forjar al ciudadano cubano moderno de piel negra.
Estos espacios, como el Liceo de La Habana o la Sociedad de Socorros Mutuos "Unión Fraternal", eran centros de progreso. En ellos se ofrecían clases nocturnas de literatura y música, tenían bibliotecas para el acceso al conocimiento., se impartían conferencias y debates sobre los derechos de la "raza de color", y se celebraban bailes de etiqueta y veladas culturales.
Eran, en esencia, "escuelas extra-murales" de civismo y cultura, que emulaban los modales y estructuras de los clubes blancos para demostrar que la capacidad y el refinamiento no tenían color.
La cumbre de este proyecto integrador fue el Club Atenas, fundado en 1917 en un majestuoso palacete de El Vedado. Este no era un espacio para las masas; era el club social más exclusivo de la élite intelectual y económica negra de Cuba.
Para ser miembro, no bastaba con tener dinero. Se necesitaba prestigio profesional, educación impecable y avales. Por sus salones desfilaron médicos como el Dr. Manuel Granados, músicos como Ernesto Lecuona en sus inicios, y políticos.
El Club Atenas era un símbolo poderoso: demostraba que la comunidad negra podía crear sus propias instituciones de lujo y alta cultura, exigiendo por mérito propio el lugar que la sociedad aún le negaba por prejuicio.
A simple vista, el cabildo colonial y el salón republicano no podían ser más diferentes. Uno, arraigado en la tradición africana y la religión; el otro, volcado hacia la cultura europea y el ascenso social. Uno, formado en la necesidad de resistencia; el otro, en el deseo de integración.
Sin embargo, ambos fueron respuestas estratégicas a un sistema excluyente. Los cabildos preservaron la identidad y la humanidad frente a la despersonalización de la esclavitud. Las sociedades de recreo lucharon por la dignidad y la igualdad frente a la discriminación de la República.
Juntas, estas dos instituciones cuentan la historia completa de una comunidad que, contra viento y marea, nunca dejó de crear espacio para sí misma: primero, para sobrevivir como africanos; después, para prosperar como cubanos. Es un legado de resistencia y adaptación que todavía resuena en la cultura de la isla.
Por Gina Picart _ Foto tomada en Internet
SST- JCDT