El Malecón y la pesca artesanal: un puerto popular desde la colonia hasta la República

Foto: cubanstudies.history.ufl.edu
La Habana, urbe costera, ya nació como puerto de mar

Desde los primeros tiempos de la colonia, el mar no solo fue frontera y defensa, sino también la principal autopista comercial, fuente de alimentos y un espacio de trabajo vital. 

Los permisos otorgados por la Corona española para faenar en el Golfo de México, incluso en régimen compartido con pescadores de la Nueva España (entonces Virreinato de México), muestran que la pesca era reconocida como actividad económica sustancial, regulada por la Casa de Contratación y los cabildos, pero indispensable para la subsistencia de la población capitalina. 

Esa tradición se prolongó y transformó en la República, en especial entre las décadas de 1920 y 1950, cuando el Malecón se convirtió en un puerto menor, paralelo al gran puerto comercial de La Habana y la Bahía, donde cientos de botecitos artesanales daban vida a la ciudad y teñían de sal y color su fachada marítima.

En las décadas de 1930 a 1950, el Malecón habanero amanecía lleno de pequeñas embarcaciones. 

Algunas, como el precioso y verde Bernabela —quizás un yate de pesca algo más grande o un bote bien mantenido—, que encantaba a mi hijita de dos años, estaban en buen estado, cuidadas con esmero y a menudo pintadas de vivos colores; otras eran frágiles, destartaladas, construidas con maderas recuperadas y calafateadas con brea, pero igual se hacían a la mar desafiando las corrientes del Golfo. 

Sus dueños eran pescadores artesanales, hombres de barrios costeros como Regla, Guanabacoa, Casablanca, Centro Habana y el Vedado. 

No eran empresarios ni compañías: eran familias que heredaban el oficio, vecinos que dependían de la venta directa de pescado fresco para alimentar a sus hijos con la ganancia y el pescado mismo.

La rutina era clara y exigente: salir de madrugada, entre las tres y las cinco de la mañana, cuando el mar estaba más tranquilo y los peces se acercaban a la superficie para alimentarse. El regreso, al amanecer, era un espectáculo social. 

No solo traían cherna, pargo y emperador —especies abundantes en nuestras costas y en la plataforma insular, a pocas millas de la costa—, sino también historias de la mar, de encuentros con careyes o de la mar picada. 

El espectáculo era cotidiano: hombres descargando canastas de mimbre o cajas de madera, mujeres negociando precios con voz firme, niños correteando entre las tarimas improvisadas y las embarcaciones varadas en la arena o amarradas a las mismas rocas del Malecón.

Los pescadores usaban herramientas simples pero eficaces, heredadas de los indígenas taínos —como ciertas técnicas de pesca con nasas— y adaptadas por los colonizadores andaluces y canarios: Redes de enmalle (trasmallos) para capturar pargos y chernas, colocándolas estratégicamente cerca de los arrecifes coralinos. 

Nasas para peces de fondo y crustáceos como las langostas, cangrejos y camarones, construidas con varas de guayaba o alambre, que se dejaban reposar en zonas rocosas. Cordeles y palangres con múltiples anzuelos, que permitían capturas mayores en poco tiempo, calados al amanecer o al atardecer. Atarrayas lanzadas a mano, ideales para sardinas y especies pequeñas que servirían de carnada viva.

Cada arte respondía a una estrategia: la atarraya para proveer la carnada, el trasmallo para peces de arrecife, el palangre para especies de fondo como el mero o el cherna. 

Era un conocimiento transmitido de generación en generación, un saber práctico que vinculaba al hombre con el mar, sus ciclos, sus lunas y sus corrientes. 

No existían manuales; el aprendizaje se daba en la propia embarcación, desde niño, observando al padre o al abuelo.

La faena no terminaba en el Malecón. Desde allí, el pescado fresco iniciaba un periplo que terminaba en la mesa habanera. 

Parte de la captura se subastaba o vendía directamente en la misma orilla a marchantes y vecinos madrugadores. Sin embargo, el grueso llegaba a las plazas principales: la Plaza del Vapor (un mercado emblemático en la intersección de las calles Monte y Egido, destruido en 1940 para construir el Paseo de Martí), la Plaza de la Catedral —que en aquella época no era el enclave turístico de hoy, sino un activo mercado—, y otros mercados como el de la Plaza de Colón o la Plaza de la Zanja, donde se levantaban tarimas de madera y mesas de mármol. 

Algunos pescadores vendían directamente, pregonando su mercancía; otros la entregaban a intermediarios que distribuían en bodegas, fondas y restaurantes de la ciudad. 

La escritora Évora Tamayo, viuda del escritor Oscar Hurtado, me contó que su suegro vendía pescado desde el amanecer en una plaza céntrica, probablemente El Vapor, muy concurrida en la época y punto de encuentro de amas de casa, cocineros y curiosos, mientras el adolescente Oscar descamaba los peces con un cepillo de cerdas de alambre.

En los barrios periféricos, como Santos Suárez, El Cerro o La Víbora, los vendedores ambulantes —muchos de origen canario, conocidos popularmente como "guanches" por su procedencia de las Islas Canarias— recorrían las calles con grandes canastas [de mimbre forradas con hojas de plátano para mantener el fresco]. 

Tres veces por semana aparecía el “guanche apuesto” con su canasta sobre la cabeza y su pregón característico. Cargado de cherna, pargo y emperador, ofrecía lo mejor del mar a familias que lo esperaban como parte de la rutina doméstica. 

Mi abuela era una de esas amas de casa amables y sonrientes que lo esperaba, clienta fiel, mientras él le traía las mejores piezas que, sabía, le gustaban a la niña de la casa, que era yo. 

Era un vínculo humano y directo: el mar llegaba a la mesa sin intermediarios lejanos, envuelto en la confianza y la palabra del vendedor que conocía a sus clientes por el nombre. 

Mi abuela, gallega agradecida, le pagaba no solo con dinero, sino con una humeante y olorosa taza de café siempre lista para él.

Desde los tiempos de la colonia, figuras como los "pescadores de la costa" eran comunes en los registros parroquiales y notariales de la Habana del siglo XVIII y XIX. 

Esa continuidad histórica muestra que la pesca artesanal no era un accidente de la República, sino una tradición arraigada, parte de la identidad habanera y de su economía popular, que sobrevivió siglos a guerras y cambios de gobierno.

El Malecón, vitrina de modernidad y símbolo urbano de la creciente clase media y el turismo, era también un espacio de marcada fragilidad social. 

Los botecitos reflejaban la precariedad de la economía popular, y la venta directa mostraba la dependencia inmediata de la población de los ciclos del mar. 

Pero si fascinante era la pesca en nuestra costa norte habanera, aún más interesante me pareció cuando, de muy niña, mis padres me llevaron a una casa amiga en Batabanó -antes parte de La Habana y hoy de Mayabeque- donde esa noche, con muchas estrellas en el cielo limpio, en un barco pesquero de verdad, sucísimo en cubierta y también dentro y oloroso a restos pútridos, sobre una mesa de roble basto y bajo una bombilla negra de moscas, tuve la inolvidable experiencia de comer pargo asado al carbón, mientras el capitán, tocado con su manchada gorra blanca y de pie junto a mis padres, me preguntaba si me gustaba su pescado. 

Confieso que, casi setenta años después, aún lo recuerdo como el más sabroso que comí en mi vida.

Esa otra Habana, la del sur profundo y el Golfo de Batabanó, completaba el círculo. Mientras el Malecón norte era la vitrina, Batabanó era la despensa, el puerto de enlace con la Isla de Pinos y los bancos de esponjas que pescaban los inmigrantes mallorquines. Una misma cultura del mar, con dos orillas.

Uno de tantos domingos en que llevaba a mi hija al Malecón y a los pueblitos habaneros de Regla y Casablanca, Bernabela ya no flotaba sobre las aguas, y con el bote que ella tanto amaba, desaparecieron todos, los lindos y los rotosos, y nunca volvieron, como una inmensa bandada de gaviotas que voló tan lejos que perdió el camino de regreso a su nido. 

Se esfumaron la tradición de los botecitos del Malecón, la venta directa en plazas, el pregón callejero del vendedor ambulante que llegaba con su canasta a las casas. Y El Malecón, como espacio de trabajo vivo, se desvaneció para siempre. 

Los botes y sus pobres navegantes fueron sustituidos para siempre por gente sentada que miraba el mar abrazada a sus rodillas, o se daba largos besos de amor bajo el sol inclemente o la luna artificial de las farolas.

La historia republicana, con sus luces y sombras, es una triste canción que nos recuerda cómo la vitalidad de la pesca artesanal era parte del tejido urbano y humano de La Habana. 

Esa vitalidad, aún sigue resonando en la memoria de quienes la vivimos y en las imágenes que nos legaron los fotógrafos de la época, como fantasmas que regalaba el complaciente mar a la ciudad más consentida de El Caribe.

https://rciudadhabanaoficial.blogspot.com/2026/03/la-habana-republicana-modernidad.html

Por Gina Picart 

SST- JCDT 


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