Cuando decidí investigar el barrio del Arco de Belén, en la calle Acosta, lo que encontré fue un milagro callado de trabajo, supervivencia y, sobre todo, de respeto mutuo con la tierra que los acogió.
La historia moderna de la comunidad judía en Cuba comienza a finales del siglo XIX y principios del XX.
Atraídos por el sueño de un nuevo comienzo y huyendo de la desintegración del Imperio Otomano y los pogromos de Europa del Este, llegaron oleadas de inmigrantes sefardíes y askenazíes.
No eran los judíos "marranos" o falsamente conversos al catolicismo que llegaron con Colón y los colonizadores españoles siglos atrás, sino una nueva generación de buscadores de fortuna, muchos de ellos pobres, que llegaban a la Isla con lo puesto, y maletas viejas que a veces amarraban con sogas para que no se desparraman sus escasas y modestísimas pertenencias.
La sociedad criolla los recibió con una actitud de tolerancia que no siempre tuvieron otros grupos inmigrantes, por lo que pudieron instalarse sin el estigma que en otras épocas los persiguió en diferentes continentes.
Nunca fue un grupo visto como amenaza por los habaneros, que los llamaban jovialmente polacos.
Para entender el fenómeno, quizá sea útil mirar brevemente a otros grupos. La masiva inmigración española a Cuba, que en los albores del siglo XX representaba la gran mayoría de los extranjeros, fue recibida con una mezcla de dependencia y recelo.Representaban al antiguo colonizador, y aunque muchos eran también campesinos pobres, su llegada masiva generó tensiones y una competencia laboral que a menudo desembocaba en un ambiente de enfrentamiento social.
En cuanto a los chinos, su experiencia fue radicalmente diferente y mucho más dura. Llegaron en condiciones de semiesclavitud, como "coolíes", para trabajar en los campos de caña.
Sufrieron una fuerte discriminación y prejuicios que llegaron a calar en el habla popular, siendo vistos como una casta inferior.
Aunque su lucha por la independencia de Cuba fue heroica (con el famoso monumento que reza "No hubo un solo chino traidor"), su integración fue un camino mucho más pedregoso.
En este contexto, la aceptación casi inmediata y el respeto ganado por los judíos adquieren una dimensión aún más impresionante.
Ellos, que no llegaron con la espada del conquistador ni con la cadena del esclavo, se ganaron un lugar en el corazón de La Habana con herramientas mucho más poderosas: su discreción, su humildad y su trabajo.
En su gran mayoría se instalaron en el barrio habanero de Belén, con su icónico arco de igual nombre, construido como parte del Convento de Nuestra Señora de Belén, obra del maestro de obras Pedro de Medina, y que desde entonces conecta la calle Acosta con un pasaje que desemboca en la calle Luz. y en el conjunto religioso se inauguró después un observatorio astronómico, geomagnético y meteorológico.
El nombre "Belén" no tiene relación con los judíos; alude directamente a la advocación mariana del convento, que a su vez bautizó al barrio donde hoy la memoria hebrea encuentra su espacio en las calles Acosta, Cuba, Merced, Luz, San Ignacio y Muralla.
Al principio, la vida era precaria, pero el esfuerzo sostenido transformó aquella economía modesta en un sector pujante que llegó a dominar la industria textil de la capital.
Los negocios que arrancaron con máquinas de coser en cuartos traseros pronto se convirtieron en almacenes y fábricas que dieron empleo a vecinos de toda la ciudad. Para 1924, la comunidad judía en Cuba ya superaba las 24.000 personas, una cifra que refleja la vitalidad de una inmigración que no se limitó a sobrevivir, sino que prosperó y se integró.
Sus calles (Acosta, Cuba, Merced, Muralla) se llenaron de pequeños comercios, y la vida comunitaria recordaba a sus pueblos de origen, un auténtico microcosmos de esperanza en el corazón de La Habana.
La comunidad crecía y, lejos de aislarse, comenzaba a integrarse con una velocidad admirable.
El primer gran hito de esta migración fue la fundación de la United Hebrew Congregation en 1906, cuando unos 11 judíos norteamericanos se unieron a los aproximadamente 100 que ya residían en la isla para establecer la primera organización hebrea formal.
La comunidad, que en su apogeo llegó a contar con unas 5 sinagogas, escuelas hebreas, teatros y todo un entramado de organizaciones de bienestar social, se convirtió en un pilar de la vida económica habanera.
Dominaron la industria textil y el comercio, enriqueciendo el tejido social y cultural de la capital. Su historia es la del inmigrante que, a base de esfuerzo, no solo prosperó, sino que floreció, creando una "isla dentro de una isla", una rica mezcla de tradición judía y vibrante cultura caribeña.
Muchos de sus nombres, como el del músico Erich Kleiber, el del pintor Sandú Darié y el escritor Miguel Collazo, entre otras figuras, se grabaron a fuego en la memoria cultural de la isla.
Durante la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933), varios militantes judíos participaron activamente en la oposición clandestina, que era en esa época, fundamentalmente, el movimiento Abecedario, más conocido como ABC, y, tras ser capturados, fueron torturados y asesinados por la policía.
Años después, en la etapa final del gobierno de Fulgencio Batista, decenas de jóvenes de origen hebreo se sumaron a las redes urbanas del Movimiento 26 de Julio y de otras organizaciones revolucionarias. Colaboraron en la recaudación de fondos, el transporte de armas, la propaganda y el establecimiento de casas seguras en los propios barrios donde vivían y trabajaban.
Su integración en el tejido habanero les permitió pasar desapercibidos ante las fuerzas represivas, lo que convirtió sus talleres y viviendas en puntos clave de la conspiración.
Salvaron, aún a riesgo de las suyas, muchas vidas de capitalinos que luchaban en la sombra contra la opresión.
Algunos nombres emergen del anonimato para mostrar esa herencia de compromiso.
En la fundación del primer Partido Comunista de Cuba, en 1925, cuatro judíos ashkenazi ocuparon un lugar destacado: Yoshke Grinberg, Yunger Simjovich (quien luego usaría los seudónimos Abraham Grobart y Abraham Simjovich), Felix Gurbich y el traductor Karol Vasserman. Más tarde, durante los años sesenta, jóvenes comunistas de origen judío continuaron esa tradición, formados en el ideario judeo-progresista y en el anhelo de construir una nueva sociedad en América Latina.
Hoy, al caminar bajo el Arco de Belén, el viajero común tal vez solo vea un monumento colonial.
Pero quien sabe mirar encuentra también las huellas de un barrio donde la historia judía de Cuba sigue viva, grabada en las paredes de las antiguas sederías y en los patios donde resonaron por igual el castellano, el ladino, el ídish y la solidaridad.
Aspirará olores del pasado, escuchará ecos de voces que desde hace mucho ya no tienen cuerpos, pero que siguen rezando, cantando y haciendo producir sus hoy invisibles talleres de costuras.
Es un rincón de La Habana lleno de presencias sugerentes que nos miran desde balcones bajos, entre tiestos de albahaca y tilo, como fantasmas buenos que forman parte del alma de la ciudad.
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Por Gina Picart
SST- JCDT
